Capítulo 29 Fuencarral
Nerea no grita. Habría preferido que lo hiciera.
—Has entregado una llave a la policía sin consultarme —dice a las siete de la mañana, con la voz plana de quien cuenta hasta diez antes de cada frase—. La única que podía acreditar que no la hiciste tú.
—Era la verdad.
—Era la verdad y era tuya. Ya no. —Hace una pausa—.
Pero tengo que reconocerte una cosa: si la hubieras guardado y la hubieran encontrado, ahora estaríamos hablando de otro tipo de problema.
Lo que has hecho es temerario y es lo que haría una persona que no tiene nada que ocultar.
Mi trabajo es que el juez piense lo segundo.
—¿Qué hago ahora?
—Averiguar de dónde salen esas llaves. Antes que la policía, si puedes, pero sin cruzarte con ella. Y sin tocar nada que no sea tuyo.
Tengo en el bolso el papel donde copié el grabado la noche del viernes, doblado en cuatro. R·14. Lo saco en el rellano, a la luz de la bombilla, y lo miro como quien mira un número de teléfono de alguien que ya no vive.
* * *
Ferran está sentado en el tercer escalón de su piso, con una taza de café y un periódico del día anterior que no lee. Me ha oído bajar y no se mueve.
—¿Sabe usted algo de llaves? —pregunto.
—De llaves, de grifos y de goteras. —Levanta los ojos—. Cuarenta años en mantenimiento, hasta que me jubilé.
Le tiendo el papel. Lo sostiene lejos de la cara, como hacen los que no quieren admitir que necesitan gafas, y entrecierra los ojos.
—Eso no es de fábrica. Es un marcaje de tienda. —Pasa el pulgar por la R—. Las cadenas de copias graban en la cabeza el código de la máquina, o del local. La letra suele ser la inicial de la cadena o del cortador, y el número, el establecimiento.
—¿Y cuál es la cadena?
—Esa R me suena a Rápidas, las de las galerías. Pero también podría ser Ríos, o Ronda, o cualquiera. —Me devuelve el papel—. Mire, hay una manera. Esas máquinas dejan el código a un lado y un ticket en el cajón. Si va a la tienda con la llave, se lo dicen en medio minuto.
—No tengo la llave.
—Tiene una foto.
—No es lo mismo.
—Para ellos, sí. Miran el corte, no el metal. —Vuelve al periódico—. Y para qué lo quiere saber, no se lo pregunto.
—Gracias, Ferran.
—No hay de qué. Aquí es mejor decir las cosas que callárselas.
Es la tercera vez que me lo dice y la primera que me suena a algo más que a refrán.
* * *
La encuentro a la una del mediodía, después de cuatro tiendas equivocadas y de una hora sentada en un banco con el móvil, buscando cadenas de copias de llaves con establecimientos numerados.
Hay una que usa una R y un número en la cabeza de cada copia, Rápido Llaves, con locales en galerías y en bajos comerciales de media ciudad.
La número 14 está en la calle Fuencarral. A cinco minutos andando de mi oficina.
Me quedo parada delante del escaparate con la sensación de que alguien me ha dado un empujón muy suave por la espalda. Paso por esa acera cada mañana. Esa tienda, con su rótulo naranja y sus llaveros colgados en la puerta, ha estado once años a ocho metros del portal de la agencia. Nunca he entrado.
El dependiente es un chico de veintitantos, con un delantal de cuero y unos auriculares colgándole del cuello. Le enseño la foto del grabado en la pantalla del móvil, y la reconoce sin mirar el número.
—Esa es de aquí —dice—. Del cortador de la izquierda. Ese lo usamos para las llaves de seguridad y de buzón, las que llevan muesca.
—¿Se guarda registro de a quién se le cortan?
—Si es con carné de cliente, sí. Si es en mostrador, solo cuando el cliente quiere recibo. —Se encoge de hombros—. Pero el sistema guarda un log de cada corte, con fecha y hora, lo pidan o no.
—¿Podría mirarlo?
—Eso lo tendría que autorizar el encargado, y hoy no está.
—Es para la policía.
Ha sido una frase con una verdad a medias. Observo cómo le cambia la cara, cómo se endereza un poco, cómo se quita los auriculares del cuello y los guarda en el bolsillo.
—Espere un momento.
* * *
El encargado, que no tarda en llegar por teléfono, accede a que el chico me enseñe la pantalla sin copiarla, sin fotografiarla y sin apuntar nada.
Lo dice con tanta seriedad que me dan ganas de reír.
Obedezco. El dependiente teclea el código del cortador, el rango de fechas que le pido, hasta seis meses atrás, y gira el monitor un cuarto de vuelta hacia mí.
Hay una lista de líneas verdes sobre fondo negro. Reconozco el formato por las películas: fecha, hora, código de operación, modelo de llave, cantidad. Busco la combinación que me ha dado Ferran para los bombines de portal y de buzón de ese tipo, hasta que una fila me detiene la respiración.
19/05 — 17:42 — R·14 — Bombín seg. / Buzón comunidad — 4 uds.
Cuatro unidades. Cuatro meses y medio atrás.
—¿Esa fecha es fiable? —pregunto.
—El sistema la pone solo.
—¿Y hay alguna observación?
El chico se inclina, pulsa un par de teclas. Aparece una columna más estrecha, a la derecha, con letras tan pequeñas que tengo que acercarme.
Cliente: M. Ibáñez. Tel.: ••••41.
Me quedo helada. Tarda en entrarme en el cuerpo como un frío que viene de dentro.
—¿Eso lo escribe usted o lo escribe el cliente?
—Lo escribe el cliente en una pantallita, al pagar. Es voluntario. Si quiere factura, pone el nombre.
—¿Y el teléfono?
—Para avisarle si hay algún fallo en la copia.
—¿Le atendió usted?
—Hace seis meses yo no estaba. —Hace una mueca de disculpa—. Pero el compañero que estaba ha cambiado de local. Se lo puedo preguntar.
—Se lo agradecería.
Me despido con una sonrisa que no siento. Cuando salgo a Fuencarral, el sol me da de lleno en la cara y noto cómo me tiembla el pulso en las sienes. Cuento hasta cuatro, retengo, suelto.
M. Ibáñez. Marta Ibáñez. Yo.
41.
* * *
Me siento en un banco de la acera, entre dos coches aparcados y un contenedor de papel.
Abro la agenda del móvil. Busco mi propio número, que termina en 08.
No es ese. Busco los teléfonos de Nerea, de Begoña, de Sara, de la psicóloga, de Consuelo, de Pilar, que es de tapa y acaba en 27. Ninguno acaba en 41.
Voy a la lista de llamadas, la desplazo hacia atrás con el pulgar. Semanas, meses, los números sin nombre del juzgado, el del colegio, los de las empresas de mudanzas. Me detengo en una fecha.
19/05. 14:08. Entrante. 6 min 12 s.
Es un número desconocido terminado en 41. No tiene nombre. No lo recuerdo.
El 19 de mayo firmé el contrato del 4ºA.
Lo sé sin mirar el calendario, porque es una de esas fechas que uno no olvida: fue el día en que dije en voz alta, delante de un agente inmobiliario, que me mudaba sola con mi hija. A las cinco de la tarde, según mi agenda, yo estaba en la inmobiliaria, entregando firmas y recibiendo las llaves.
El log dice que a las 17:42 alguien cortó cuatro copias de esas llaves en una tienda de Fuencarral.
En la agenda no hay nada anotado entre las 17:00 y las 19:30. Ni un gesto, ni una nota, ni una foto. Una pausa tan limpia que casi parece de otra persona.
Aprieto el móvil entre las manos y miro a la gente que pasa, hombres con prisa, una pareja con un perro, una mujer cargada de bolsas, como si alguno de ellos pudiera decirme dónde estaba yo hace cuatro meses y medio.
Intento recordar la tarde. Intento hasta que me duele la cabeza.
Recuerdo la firma, el bolígrafo azul, la mano del agente estrechando la mía. Recuerdo las llaves en un llavero de plástico transparente. Recuerdo a Álvaro diciéndome, en la puerta, con su voz suave: Dámelas un momento, que te hago una copia para Lucía.
Y después, nada. Una pared blanca, ordenada y sin grietas, donde debería estar la tarde entera.