La vecina del 4ºB Capítulo 28 Cuatro llaves
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Capítulo 28 Cuatro llaves

No toco la puerta.

Me aparto de la madera con los dedos fríos y marco el número de la tarjeta que Duarte me dio el domingo, el de su móvil, escrito a mano en el reverso. Contesta al tercer tono.

—Duarte.

—Soy Marta Ibáñez. —Hablo en un susurro que casi no reconozco—. Estoy en mi rellano. Hay alguien dentro del 4ºB. La cinta está intacta.

—¿Cómo lo sabes?

—Porque acabo de oír arrastrar una silla.

Un silencio corto, de los que no pierden tiempo.

—No entres. No te acerques a la puerta. Baja al portal y espera a Consuelo. Llego en diez minutos con un compañero.

—Consuelo está en la calle.

—Pues espera donde haya luz y gente. —Cuelga.

Obedezco a medias. Bajo un tramo y me siento en el escalón del tercero, con la espalda contra la pared y los ojos fijos en el hueco de la escalera.

Desde allí veo la puerta del 4ºB sin que ella me vea a mí.

Lucía está en casa de Sara, que se ofreció a darle de cenar sin que se lo pidiera, y es lo único de esta noche que me deja respirar.

No vuelve a sonar nada. Ni la silla, ni pasos, ni una tubería. El silencio de un edificio viejo, con su gota en un grifo y su madera que cede. Lo escucho durante once minutos, que cuento uno a uno en el reloj del móvil.

* * *

Duarte llega con un agente joven, alto, de uniforme, que sube las escaleras detrás de ella con la mano apoyada en el cinturón. Consuelo viene detrás, sin aliento, con el manojo de llaves colgando de dos dedos y la rebeca verde mal abrochada.

—¿Ha salido alguien? —pregunta Duarte.

—No he apartado los ojos.

—Bien. —Examina la cinta con una linterna pequeña, se agacha junto al marco—. Sellos intactos. No han forzado la puerta. —Mira a Consuelo—. ¿Cuántas llaves hay de este piso?

—La de la señora Sanz, que está en su bolso en el hospital. La mía, la del cajón. Y la del administrador.

—¿Y la que dio esta tarde?

Consuelo traga saliva.

—La devolvió el mismo señor. Se la di a las seis y media. A las siete menos diez estaba otra vez en mi mano. Está en el cajón, con su etiqueta.

—¿La ha comprobado?

—Hace un momento. Está.

Duarte asiente despacio. Hace una seña al agente, que se coloca a un lado de la puerta con la mano en la funda. Consuelo, con la cara blanca, introduce la llave. El cerrojo cede con el sonido seco de siempre.

Dentro huele a encierro y a gas viejo, un resto flojo que ya casi no es olor. La luz del rellano dibuja un rectángulo amarillo sobre el parqué. Duarte entra primera, seguida del agente, y las dos linternas barren el pasillo como dedos.

Yo me quedo en el umbral con Consuelo, sin pasar.

* * *

Tardan cuatro minutos en recorrerlo todo.

Cocina, salón, dormitorio de Pilar, baño, la despensa, el armario empotrado. Oigo abrirse puertas, correrse cortinas, el agente decir «despejado» tres veces. Duarte tarda más en la última habitación, la del fondo, la gruesa, y cuando por fin me llama lo hace con una voz que no usa para lo otro.

—Marta. Puedes entrar. Con cuidado. No toques nada.

El cuarto de Elena está como lo vi: la cama de colcha rosa, los dibujos con cinta amarillenta, la lámpara de tortuga apagada.

La ventana cerrada, con el pestillo echado por dentro.

Sobre el parqué, delante del cristal, la sillita de madera ha cambiado de sitio.

Antes miraba al patio. Ahora está girada hacia el interior de la habitación, de espaldas a la ventana, de cara al escritorio, como si alguien se hubiera sentado a esperar.

—¿Estaba así? —pregunta Duarte.

—No. Miraba hacia fuera.

—Eso me temía.

En el escritorio hay una caja de cartón forrada de tela azul, con la tapa levantada.

Dentro, el cuaderno de dibujos, un lápiz roído, una cinta del pelo.

Debajo del cuaderno, donde Pilar dijo que había guardado una nota, no hay papel.

Hay el hueco limpio que deja un objeto retirado, y encima, en cambio, algo que no estaba.

Un llavero de alambre con tres llaves.

Cada una lleva una etiqueta de cartón atada con hilo. Las leo a la luz de la linterna de Duarte, con la letra de lápiz, pequeña y cuidadosa, que empiezo a conocer mejor que la mía:

PORTAL.

BUZÓN 4ºA.

4ºB.

Me tiemblan las rodillas.

—Son tres —dice Duarte, sin tocar nada—. Las tres con la misma cabeza redonda. Y las tres, fíjate, con un grabado en la cara lisa.

Se inclina. El agente le acerca la linterna.

—«R·14». —Se incorpora despacio—. ¿Te suena?

Podría mentir. Tengo medio segundo para decidirlo, y en ese medio segundo pasa por mi cabeza el rostro de Nerea diciendo no entregues nada sin que yo lo sepa, y la cara de Pilar en la almohada, y mi propia mano apretando el bolsillo con cremallera del bolso.

Abro el bolso. Saco la llave de latón, la que me dio Pilar aquella noche, y la dejo en la palma de Duarte.

—Esta me la dio ella —digo—. Dijo que era de su aparador. Hay otra marca igual en el reverso.

Duarte la gira. La compara con las tres del llavero, sin mover una sola. Cuatro cabezas redondas, cuatro grabados, un mismo código diminuto escrito por la misma punta de máquina.

—Todas del mismo cortador. —Habla despacio—. Todas hechas en la misma tanda.

—¿Funcionan?

—Lo vamos a saber ahora.

* * *

Bajamos al portal los cuatro, con las tres llaves envueltas en una bolsa de pruebas y el agente joven abriendo paso. Duarte se detiene delante de la puerta de cristal, mete la primera llave en la cerradura de abajo y gira.

Cede.

Con la segunda abre el buzón del 4ºA, esa portezuela que se atasca y que hay que levantar un poco. La llave entra limpia, sin esfuerzo, mejor de lo que entra la mía.

La tercera, la del 4ºB, la prueba arriba, y sirve.

Y la cuarta, la de latón que yo misma le he entregado, abre la puerta de mi propia casa, la del 4ºA, con el mismo giro suave. Cuatro llaves, cuatro cerraduras, ninguna forzada.

Nadie dice nada. Consuelo se ha apoyado en el mostrador de la portería con las dos manos abiertas, como si le faltara suelo.

—Esto explica el buzón —murmura Duarte al fin—. Nunca ha habido un sobre dejado por una rendija. Alguien lo abría, metía la foto y lo cerraba. Sin forzar nada, sin que Consuelo viera a nadie. Y con la llave del portal, a cualquier hora.

—¿Quién ha podido hacerlas?

—Eso es lo que hay que averiguar. —Me mira—. Y quién las tenía en la mano esta noche, en un piso sellado.

No termina la frase. No hace falta. Me conoce bastante para no insinuar nada, y bastante poco para no preguntarlo con los ojos: tú tenías una de las cuatro.

—Duarte —digo—, yo estaba en el metro. Pregunte a Consuelo. Volví a las nueve menos diez.

—Lo sé. —Guarda la bolsa—. No te lo digo por eso. Te lo digo porque alguien, esta noche, ha dejado estas tres llaves donde sabía que las encontraríamos. Y las ha dejado con un mensaje.

—¿Qué mensaje?

Levanta la bolsa a la luz del portal. Me señala la etiqueta de la segunda llave.

BUZÓN 4ºA.

Debajo de las letras, apenas visibles, en un trazo más fino, hay una inicial escrita con otra presión de lápiz, como si quien la puso hubiera dudado antes de dejarla.

M.