La vecina del 4ºB Capítulo 27 El sobre de estraza
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Capítulo 27 El sobre de estraza

El hospital huele a desinfectante y a café de máquina. En el mostrador de la cuarta planta me dicen lo que ya sabía: solo familiares. Consuelo, que ha subido conmigo con su bolso colgado del antebrazo, no duda ni un segundo.

—Es mi sobrina —dice con la voz de quien lleva veintidós años dando órdenes a escobas y a administradores—. Viene de Valencia.

La enfermera nos mira a las dos, mira el reloj y decide que es la hora de cenas y que hay batallas más importantes.

* * *

Pilar está incorporada en la cama, con una cánula en la nariz y el pelo blanco suelto sobre la almohada. Sin el jersey verde ni el delantal parece una niña vieja. Cuando me ve, intenta sonreír y le tiembla la barbilla.

—Has venido.

—Claro que he venido.

—Perdóname por todo. Por las llaves, por la silla, por… —Tose, y la tos le sacude el pecho—. Por hacerte pensar mal de mí.

—No tienes que pedirme perdón.

—Sí. Quiero hacerlo antes de que se me olvide lo que tengo que decirte. Con las pastillas se me escapan las cosas.

Le cojo la mano. Está fría y seca, y me aprieta con una fuerza que no esperaba.

—Dime.

—La llave que te di aquella noche. —Baja la voz, aunque Consuelo se ha quedado en el pasillo—. No era una copia mía. Yo no la hice. Me la dejaron a mí.

—¿Quién?

—No lo sé. Apareció dentro de mi buzón hace unas tres semanas, en un sobre pequeño, de papel de estraza. Dentro, la llave y una nota. —Cierra los ojos para ordenar la frase—. Decía: Guárdela por si Marta la necesita. No hace falta que se lo diga. Un vecino.

—¿Y no se lo dijiste a nadie?

—Pensé que era Ferran, o el administrador.

Alguien del edificio que se fiaba de mí.

—Le brillan los ojos—. Me hizo ilusión, ¿sabes?

Que alguien pensara que yo podía cuidar de ti.

Después, cuando me enseñaste que la llave era nueva, me dio vergüenza confesar que había callado.

Pensé que, si lo contaba, ibas a creer que mentía.

Es lo más doloroso que me ha dicho nunca, y lo dice sin dramatismo, como quien explica una receta.

—¿Cómo era la letra de la nota?

—Pequeñita. Muy cuidada. A lápiz. —Se queda un momento callada—. Me recordó a la tuya.

La palabra me cae encima como un cubo de agua. No digo nada.

—La nota la guardé en la caja de Elena —continúa—. En el escritorio, debajo del cuaderno de dibujos. Ahí guardo lo que no quiero perder.

* * *

Le pregunto por la noche del golpe, con toda la suavidad que me permite la prisa. Pilar tarda en responder.

—Estaba preparando una tila. No podía dormir. Llamaron a la puerta, muy bajito, y pensé que eras tú. —Frunce el ceño—. Abrí. No vi bien. Había poca luz.

—¿Quién era?

—Una voz que dijo mi nombre. «Tranquila, Pilar.» Como lo dices tú. Con esa manera de alargar la i. —Me mira con una confusión inmensa—. Pero no puede haber sido, ¿verdad? Tú no ibas en camisón.

—Yo estaba en mi casa, Pilar.

—Ya lo sé. Ya lo sé. —Se lleva la mano libre a la frente—. Es que lo recuerdo así, de golpe. Luego, una mano en la espalda, un olor dulce, como a lana mojada, y nada más. Me desperté aquí.

—¿Lana?

—O un jersey, qué sé yo. —Suspira—. Marta, no me hagas caso. A veces confundo las cosas. Dicen los médicos que el gas deja la cabeza rara.

No sé qué parte de lo que dice es verdad, cuál está contaminada por el miedo y cuál por mi propia voz.

Pero hay una cosa que vuelvo a oír con la claridad de un timbre: Tranquila, Pilar.

Esa frase puede ser mía y puede ser de alguien que me ha escuchado durante semanas, a través de una pared, de una tablet o de una cuenta compartida.

—Gracias, Pilar. Descansa.

—Prométeme que cogerás la nota.

—Te lo prometo.

* * *

En el pasillo, Consuelo me espera con el abrigo ya puesto. Camina a mi lado hasta el ascensor sin hacerme preguntas, y yo no se las hago a ella. No hasta la calle, bajo una farola, cuando por fin me atrevo a decir:

—Consuelo, necesito entrar en el 4ºB. Hay una cosa en el cuarto de Elena que quiero recoger.

La portera se detiene.

—Tiene la cinta de la policía.

—Lo sé. Usted tiene las llaves. Es solo coger una nota. No toco nada más. Delante de usted.

—No puedo, señora. —Lo dice con pena, y con firmeza—. Ahora no. Hasta que ellos lo levanten, la llave no sale de mi cajón.

—Entonces mañana.

—Mañana, si la policía lo autoriza. —Frunce el ceño—. Es que ya he tenido una visita hoy por lo mismo.

—¿Qué visita?

—Esta tarde, a las seis y media, cuando usted aún no había vuelto. —Se frota las manos—. Vino un señor del seguro. Muy educado. Con un papel firmado por el administrador, para hacer una peritación del daño por gas. Me pidió la llave del 4ºB para echar un vistazo y se la devolví a los veinte minutos.

El aire de la calle se me vuelve de cristal.

—¿Cómo era?

—Normal. Un abrigo oscuro. Muy correcto. —Se interrumpe, y sus ojos se abren despacio—. Un abrigo oscuro. Igual que el del piso vacío, el de las tres semanas. —Se lleva la mano a la boca—. Dios mío. Y yo le di las gracias dos veces.

No espero a que termine. Salgo corriendo hacia la boca del metro, sin despedirme, con el móvil ya en la mano y el nombre de Nerea resbalándome entre los dedos.

* * *

Llego al edificio a las nueve menos diez. Subo los cuatro pisos de dos en dos, con el costado ardiendo.

En el rellano del cuarto, la cinta de la policía sigue en su sitio, cruzada de lado a lado, con la misma etiqueta blanca en el centro. Intacta. La puerta, cerrada. Debajo, la línea de oscuridad perfecta.

No hay nada fuera de lugar.

Me acerco despacio, sin respirar, y pego la oreja a la madera.

Dentro de la casa de Pilar, muy lejos, al fondo del pasillo, se arrastra una silla pequeña sobre el parqué.