La vecina del 4ºB Capítulo 26 La hora exacta
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Capítulo 26 La hora exacta

Dejo sonar el teléfono cuatro veces. En la quinta activo la grabadora de llamadas, que Nerea me enseñó a configurar el martes, y contesto con la voz más baja y más lenta que encuentro.

—Hola, Álvaro.

—Marta. Gracias por cogerlo. —Suena preocupado, en el tono suave de siempre—. Necesito que hablemos con calma. Lucía me ha contado que esta mañana se despertó y no estabas.

—Lo sé. Me la encontré en el pasillo al volver.

—Esperándote.

—Sí.

—Sola. —Se detiene, para que lo oiga—. Marta, no te lo reprocho. Lo digo porque me importa. Estuvo desde las seis y veinte hasta pasadas las siete, casi cuarenta minutos, sentada en el suelo, sin saber dónde estabas.

Cojo aire, lo retengo, lo suelto.

Salí de casa a las seis y veintitrés. Lo sé porque el vídeo del sobre, el que grabé en el portal, marca 06:23 en la esquina. Lucía no sabe leer la hora con esa precisión. Y no ha hablado con él desde que desayunó conmigo.

Podría decírselo. Tengo la frase preparada, la oigo con la voz de Nerea: no confrontes, deja que hable.

—Fue un error mío —digo—. No volverá a pasar.

—Claro que no. —Respira, aliviado, o lo finge—. Yo solo quiero que estés bien. Y que, mientras lo estás, Lucía esté a salvo. Podría quedarse conmigo unos días. Sin trámites, sin abogados, solo hasta que todo se calme.

—Lo hablo con Nerea.

—Marta, no lo conviertas en una guerra.

—No lo es.

—Entonces dime que sí.

No contesto. Dejo que el silencio pese lo suficiente para que él mismo lo rompa.

—Hay algo más —dice al fin, con otra voz, más baja—. La señora de tu escalera, la del hospital. Me han dicho que anoche estabas allí. En su casa.

—Fui yo quien llamó al 112.

—Me alegro. De verdad. —Se aclara la garganta—. Pero no me parece bien que Lucía viva pegada a una puerta donde acaban de pasar esas cosas.

No le he dicho que Pilar estuviera en el hospital. No le he dicho que hubiera ambulancia. En el portal, anoche, no había nadie con su número. Y, hasta hace un minuto, él no sabía que yo había entrado en el piso.

—¿Quién te lo ha contado? —pregunto, despacio.

Un silencio. No largo, pero distinto.

—Lucía lo oyó. Y los vecinos hablan, Marta. Los edificios son así.

—Claro.

—Te llamo esta noche. Piénsalo.

Cuelga. Me quedo mirando la pantalla, con el icono de la grabación aún parpadeando y los dedos fríos.

Ha dicho tres cosas que no puede saber una persona que está fuera de este edificio: la hora exacta, la ambulancia y que yo entré. Cada una tiene su explicación a mano. La hora, mi ubicación compartida. La ambulancia, cualquier vecino. Mi entrada, Lucía, aunque no vio nada.

Tres explicaciones razonables y una sola persona que las necesita todas.

* * *

Mando el audio a Nerea y me quedo en el banco con las manos entre las rodillas. Contesta en veinte minutos, con un mensaje de voz de treinta segundos.

—Lo he escuchado. Primero, buen trabajo.

Segundo, no sirve como prueba de nada todavía, pero sí como mapa.

Lo de la hora lo explica la ubicación, y ya sabemos que la controla él.

Lo importante es la pregunta que no contestó: quién le habló del hospital.

Voy a pedir al juzgado que se acredite cómo obtuvo esa información.

—Hace una pausa—. Y Marta: no vuelvas hoy a hablarle de Pilar. Ni de nada. Ya tiene lo que necesitaba.

Ya tiene lo que necesitaba. No sé qué quiere decir. Lo guardo para más tarde, como todo.

* * *

Paso la tarde en la oficina sin leer una sola línea. Begoña me mira desde su mesa, y no dice nada, y se lo agradezco. Recojo a Lucía a las cuatro y media con la sonrisa que ya me sale sola. Subimos las escaleras en silencio, ella con la mochila, yo con la sensación de que cada rellano me observa.

En el cuarto piso, la puerta del 4ºB está cerrada, con una cinta de la policía cruzada de lado a lado.

Alguien ha dejado un ramo de flores en el felpudo, envuelto en papel de periódico. Lucía lo mira.

—¿Son para Pilar?

—Sí.

—Voy a dibujarle algo.

—Claro.

Se mete en casa corriendo. Yo me quedo un segundo más, con la llave en la mano, mirando la cinta. Debajo de la puerta se ve una línea de oscuridad perfecta, sin ningún resplandor, y pienso, sin querer, en la luz amarilla de esa misma rendija la noche en que todo esto empezó.

Escucho pasos en la escalera. Es Consuelo, que sube despacio con el bolso colgado del brazo, la cara gris y los ojos hinchados. Lleva la rebeca verde.

—Acaba de despertar —dice sin saludar—. Los médicos dicen que se recupera. Está lúcida.

—Me alegro muchísimo.

—Ha preguntado por usted.

Me quedo quieta.

—¿Por mí?

—Dice que tiene que decirle algo. Es sobre la llave. —Se frota los ojos con el dorso de la mano—. No me ha querido contar más. Ha dicho que se lo diga a usted y a nadie más, y que no se lo cuente al policía hasta que usted lo sepa.

—¿Qué llave?

—No me lo ha dicho. —Me mira con una gravedad nueva—. Pero ha dicho una cosa más, y se lo repito tal cual, porque no la he entendido y no quiero cambiarla. Que no es la que usted cree.