La vecina del 4ºB Capítulo 25 Cuarenta minutos
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Capítulo 25 Cuarenta minutos

Subo los tres pisos con el sobre en la bolsa de congelación y el corazón dándome golpes en la garganta. Abro la puerta de casa, y en el pasillo, a oscuras, hay una figura pequeña de pie.

Lucía. Pijama de conejos, Coronel colgando de una mano, el pelo aplastado de un lado.

—Mamá, ¿dónde estabas?

Se me cae el mundo encima, y no es una imagen. Es una sensación física, como cuando fallas un escalón.

Anoche salí al rellano en camiseta. Subí con Pilar a la camilla, hablé con el agente, me quedé en la cocina sin dormir. Y esta mañana he bajado al portal a por pan que no necesitaba. En ningún momento, ni una vez, he pensado en mi hija durmiendo sola en un piso con la puerta abierta.

—He bajado un momento, cariño. A por una cosa.

—Me desperté y no estabas. —No llora. Lo dice con una calma que me parte—. Miré por todas partes. Luego me senté aquí a esperarte.

—Lo siento muchísimo.

La abrazo tan fuerte que Coronel se queda aplastado entre las dos. Ella me deja, quieta, y huele a sueño y a champú de manzana.

—¿Está mala Pilar? —murmura contra mi cuello—. He oído a la ambulancia.

—Se pondrá bien.

—¿Seguro?

—Seguro.

Es la primera mentira de la mañana que le digo con la certeza de que luego me pesará.

* * *

Llamo a Nerea a las siete y media, con Lucía desayunando en la cocina y la puerta del dormitorio cerrada.

Se lo cuento todo en dos minutos: el golpe, la rendija, el gas, la camilla, el agente, el sobre. Cuando termino, solo se oye su respiración.

—¿Has grabado la apertura?

—Sí.

—¿La foto está intacta?

—En una bolsa, con las pinzas.

—Vale. —Se oye cómo se levanta, cómo cierra una puerta—. Marta, dime una cosa y quiero que seas muy honesta. ¿Quieres denunciar?

—Sí.

—¿Por qué?

—Porque a las 23:51 Pilar estaba inconsciente y alguien fotografiaba. Eso no lo puede hacer ella. Y es la única prueba que tengo de que no estoy…

No termino. Nerea lo termina por mí, con una suavidad que me da rabia.

—De que no estás inventándolo.

—Sí.

—Entiendo. —Una pausa—. Te voy a explicar lo que me preocupa y luego decides tú.

Si denuncias hoy, a las cuarenta y ocho horas tu denuncia estará en el expediente de custodia.

La otra parte dirá que una mujer a la que acaban de evaluar psicológicamente acusa a un tercero desconocido de fotografiarla, justo después de acusar a una vecina que acaba de acabar en el hospital.

No lo dirán con crueldad, lo dirán con preocupación. Y el juez lo leerá con preocupación.

—¿Y si no denuncio?

—Entonces el escrito de Álvaro se queda sin contestar, y tu silencio también es una lectura.

—No hay salida.

—Hay una, y no es cómoda. —Baja la voz—.

Denuncia, pero denuncia bien. Con el vídeo del sobre, la grabación del buzón, el resguardo de la comisaría y una petición expresa de que se investigue el origen de las fotos y la manipulación de tu cuenta.

Que el perito entre antes de que lo haga la otra parte.

Y que sea yo quien presente el escrito, no tú.

No es lo mismo lo que dice una abogada que lo que dice una madre cansada.

—¿Cuándo?

—Esta tarde. Mientras tanto, no hables con nadie. Ni con Amparo, ni con el agente, ni con la señora de las lentejas cuando salga del hospital.

—Nerea.

—Dime.

—Anoche dejé a Lucía sola. Diez, quince minutos. Dormida.

Silencio. Es el silencio más largo de la conversación.

—Marta —dice por fin—. No se lo cuentes a nadie. Pero escríbelo tú, hoy, con la hora, en una nota. Lo que pasó, tal y como lo recuerdas. Si hay que contarlo, que no lo cuente otro por ti.

* * *

Dejo a Lucía en el colegio a las nueve menos cinco. En la puerta, Sara me hace un gesto con la mano desde el otro lado de la verja y yo se lo devuelvo sin atreverme a cruzar. No sé qué le diría. Perdona, ¿viste de verdad un jersey verde? No. Mejor no.

De camino a la comisaría me sorprendo mirando cada coche, cada sombra en una esquina. Es una sensación que ya no sé separar del hábito. Una mujer que se siente observada y una mujer observada se parecen tanto, por fuera, que ni ella misma las distingue.

La agente Duarte me recibe de pie, sin el mostrador de formica, en un despacho pequeño con una ventana a un patio. Tiene en la mesa mi resguardo del domingo y una carpeta nueva.

—Me han comentado lo de anoche. ¿Cómo está la señora Sanz?

—Estable. Cámara hiperbárica.

—Me alegro. —Se sienta—. Vienes a denunciar.

—A aportar. Y a pedir que se investigue.

Le tiendo la bolsa de plástico. Duarte la gira con las dos manos, con la misma atención del domingo, y asiente despacio al leer la hora de la esquina.

—23:51. —Lo anota—. Esa fotografía la hizo alguien que sabía que pasaría algo. O que lo provocó.

—O que la estaba esperando.

—Son tres cosas distintas. Las tres graves. —Levanta los ojos—. Voy a decirte algo que no debería adelantarte, y quiero que lo guardes. El técnico de gas ha pasado a primera hora por el 4ºB.

Se me para la respiración.

—¿Y?

—La llave del fogón estaba abierta, sí, pero no por fallo. Tiene un seguro de caída que impide que se abra sola. Hay que girarla con fuerza, y mantenerla. —Se pasa la lengua por los labios—. Y la rueda estaba limpia. Ni una huella.

—¿Cómo limpia?

—Como si alguien la hubiera frotado con un paño. No hay huellas de la señora Sanz, que sería lo normal si hubiera sido ella. Ni de nadie más.

Me quedo muy quieta, con las manos sobre las rodillas.

—Duarte, yo toqué a Pilar. Le cogí la muñeca.

—Lo sé. Y entraste en la cocina, según tu testimonio. —No hay acusación en su voz, solo método—. Por eso te lo cuento a ti, y lo cuento mal: porque tú también tendrás que declarar, y alguien va a preguntarte dónde pusiste las manos.

* * *

Salgo de la comisaría a las once y cuarto con otro resguardo en el bolso, y me siento en un banco de la acera, frente a una panadería. El móvil vibra. Es un mensaje de Nerea: El escrito sale a las cinco. No contestes a nada de Álvaro antes.

Un segundo vibra mientras todavía estoy leyendo el primero.

Álvaro (11:19):

Acabo de hablar con Lucía por la tablet. Está preocupada. Me dice que esta mañana se despertó y no estabas, y que estuvo esperándote sola un buen rato. Hablamos de esto ahora, por favor, antes de que se entere el juzgado. Te llamo en cinco minutos.

Leo esta mañana, y no anoche. Leo un buen rato, como si hubieran sido horas.

Y entonces, en la acera, con la luz de las once derramándose sobre las mesas de la panadería, entiendo lo único que de verdad importa en este mensaje: que Lucía lleva en el colegio desde las nueve, que el colegio no permite tabletas, y que no ha podido hablar con su padre por ninguna pantalla.

El móvil empieza a sonar en mi mano.