La vecina del 4ºB Capítulo 24 Gas
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Capítulo 24 Gas

No recuerdo haber marcado.

Recuerdo la voz de la operadora, serena, preguntando la dirección, y la mía respondiendo con el nombre de la calle y el piso, y después una frase suya que se me clava: No encienda luces ni interruptores.

Abra ventanas si puede y salga del domicilio.

Me quedo en el umbral del 4ºB con el móvil pegado a la oreja y la mano libre tapándome la nariz.

Pilar está en el suelo de la cocina, de lado, con el camisón enrollado en las rodillas y la mejilla pegada a las baldosas.

Voy hacia ella, y la operadora grita que no entre.

Entro. Le cojo la muñeca con dos dedos, como vi hacer en una película, y noto algo, un latido lento y pequeño que me da la vida entera de un golpe.

—Está viva —digo—. Respira.

—Sáquela si puede. Sin arrastrarla. Ya van los equipos.

Lo intento. Pesa menos de lo que esperaba, pero se me resbala, y es entonces cuando oigo pasos bajando de dos en dos.

Es Ferran, en pijama y con una chaqueta de lana encima, con la cara desencajada.

—Cójale de las piernas —dice, y me obedece mi cuerpo antes que mi cabeza.

La sacamos al rellano entre los dos, la tumbamos sobre el felpudo del 4ºA, y él abre de golpe la ventana de la escalera. Entra el aire frío. Pilar tose sin despertar, con un sonido ronco y húmedo, y se me escapa un sollozo que no sabía que tenía dentro.

En la cocina, desde el rellano, se ve un fogón con la rueda girada y sin llama. El silbido es tan flojo que casi parece mentira.

* * *

Los sanitarios suben en cuatro minutos. Dos mujeres y un hombre, con mascarillas de oxígeno y una camilla plegable. Una de ellas le pone un clip en el dedo y mira un número que no entiendo.

—¿Cuánto tiempo llevaba expuesta?

—No lo sé. Oí un golpe hace diez minutos. A las doce menos cuarto.

—¿Vive sola?

—Sí.

—¿Medicación, antecedentes?

No sé qué contestar. Sé que le duelen las rodillas, que le gustan las lentejas, que perdió a una hija hace treinta y un años. No sé nada que sirva a una camilla.

En el rellano se han ido abriendo puertas. Aparece el matrimonio del 3ºB, cogidos de la mano. Aparece Consuelo con un abrigo sobre el camisón, que no pregunta nada y se arrodilla junto a Pilar para cogerle la mano.

Y aparece Amparo, con el pelo violeta aplastado de un lado y una expresión que cambia al ver la escena. Me mira a mí. Después mira la puerta abierta, y la cocina, y a mí otra vez.

No dice nada. No hace falta.

Es una mirada de dos segundos, de las que los años enseñan a lanzar sin mover la cara: recuerda la junta, la acusación, mi voz diciendo llave y azotea, y recuerda también que yo estaba allí, en camiseta, a medianoche, cuando nadie más había oído nada.

—Se la llevan al Clínico —dice el sanitario—. Está estable, pero necesita cámara hiperbárica.

—¿Puedo ir?

—Solo familiares.

—Soy… su vecina.

—Entonces mañana. Hablen con el hospital.

Se llevan a Pilar escaleras abajo, con la mascarilla empañándose en cada respiración. Detrás de la camilla baja Consuelo, sin soltarle la mano.

* * *

El agente que llega a la una y media no es Duarte. Es un hombre de unos cuarenta años, con una libreta y un bolígrafo que no pinta, y una cortesía algo cansada.

—¿Quién ha dado el aviso?

—Yo.

—¿Cómo ha sabido que pasaba algo?

—He oído un golpe a través de la pared.

—¿La señora Sanz y usted tenían relación?

—Somos vecinas.

—Me dicen que hubo una junta anoche. —Escribe—. Y que usted tuvo una discusión con ella.

—No fue una discusión.

—¿Qué fue?

Me detengo. En su pregunta no hay agresividad, solo un procedimiento que avanza por sus propios raíles, y yo tengo la sensación de estar mirando mi caso desde fuera, como un expediente que le toca a otra.

—Fue una conversación incómoda —digo—. Yo sospechaba de ella por unas cosas que han pasado en mi casa. Ahora creo que me equivoqué.

—¿Por qué?

—Porque ella no pudo hacerse esto sola.

Lo he dicho sin pensar y me arrepiento al instante, porque no es lo que quería decir. Quería decir: no creo que nadie hiciera esto. Quería decir: no quiero que sea cierto. El agente levanta la vista.

—¿Hay alguien que quisiera hacerle daño?

—No lo sé.

—¿Tiene usted alguna idea de quién?

Pienso en Álvaro sonriendo en una cafetería. Pienso en Amparo, en Ferran, en el hombre del abrigo oscuro del 4ºD. Pienso en mí, bajando a las doce menos cuarto en camiseta con el móvil en la mano.

—No —digo—. No lo sé.

Lo apunta. Dice que se pondrán en contacto, que un técnico de gas revisará el fogón por la mañana, que de momento no se toca nada. Se va con un «descanse» que suena a trámite.

* * *

No duermo. Me siento en la cocina con el móvil y las luces apagadas, y cada vez que oigo la madera ceder me pongo en pie. A las seis y media, con el primer gris del patio, bajo a por el pan que no necesito, solo para respirar otra cosa.

El portal huele a lejía y a frío. Consuelo no ha vuelto del hospital. La portería está cerrada. Me acerco al buzón del 4ºA, levanto la portezuela como me enseñaron, y hay un sobre.

No está atascado ni escondido. Está en el centro, limpio, con el número escrito a rotulador negro: 4ºA.

Lo saco con las pinzas que llevo ya en el bolsillo, como quien lleva un pañuelo, y lo abro allí mismo, en el portal, con el móvil grabando desde el pecho.

Es una fotografía tomada desde las escaleras, desde un rellano más alto. Se ve una puerta abierta, una franja de luz amarilla sobre las baldosas y, en el umbral, una mujer en camiseta y zapatillas, de espaldas, con un móvil en la mano.

Detrás de ella, en el suelo del pasillo, apenas visible, la zapatilla azul.

La hora impresa en la esquina: 23:51.

No hay lápiz en el dorso. No hay nota.

Hay solo la certeza, fría, ordenada, de que a las 23:51 Pilar ya estaba tendida en el suelo de su cocina. Que a las 23:51 yo estaba delante de su puerta. Y que quien disparó esta cámara lo hizo desde arriba, en el rellano de la azotea, mientras yo pedía auxilio.

Pilar lleva seis horas en un hospital, conectada a una máquina, y las fotos siguen llegando.