La vecina del 4ºB Capítulo 23 Un golpe en la pared
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Capítulo 23 Un golpe en la pared

A la una y diez Álvaro me devuelve a Lucía en el portal. Sube con ella hasta el tercer piso y se detiene en el descansillo con las manos en los bolsillos del abrigo gris, sin cruzar el umbral que ya no le corresponde.

—¿Ha ido bien? —pregunta.

—Ha ido.

—Me alegro. —Se agacha para despedirse de Lucía, y al incorporarse me mira con una ternura tan medida que podría servir de prueba—. Sea cual sea el resultado, quiero que sepas que yo no quiero ganar nada contra ti.

No contesto. Lo veo bajar la escalera con ese paso tranquilo de quien no ha tenido que correr en su vida.

* * *

Preparo unos macarrones con tomate porque es lo único que sé hacer cuando no sé hacer nada. Lucía se sienta a la mesa con Coronel al lado, en su propia silla, como un comensal más, y yo espero a que lleve media ración para preguntar, con la voz más ligera que tengo:

—¿Qué tal la cafetería?

—Bien. Me han dado chocolate.

—¿Y hablasteis con alguien?

—Con papá.

—¿Nadie más?

Lucía levanta la vista con el tenedor en el aire.

—Vino Pilar.

Dejo el vaso con cuidado.

—¿Pilar?

—Sí. Papá dijo que se la había encontrado de casualidad. —Masca despacio—. Pero yo creo que no, porque la saludó antes de que entrara.

Es un detalle de niña, de esos que los adultos no registramos. Lo guardo con las dos manos.

—¿Y qué hizo Pilar?

—Me abrazó muy fuerte. Lloró un poco. —Se queda pensando—. Y papá le dijo: «No se preocupe, yo me encargo».

—¿De qué?

—No sé. —Se encoge de hombros—. Después se fueron a hablar a la otra mesa y yo me quedé con mi chocolate. Coronel vigilaba.

Podría preguntarle más. Podría sacarle cada palabra con un sacacorchos de ternura, pero me doy cuenta a tiempo de lo que estaría haciendo: interrogar a mi hija como hacen con ella, o peor. Le sirvo más macarrones y le pregunto por el hámster de Irene.

Sin embargo, me quedo con la frase. No se preocupe, yo me encargo. Puede ser consuelo entre dos personas que saben cómo duele esto. Puede ser un pacto. Puede ser lo que dice un hombre correcto a una señora mayor que llora delante de una niña.

* * *

Por la tarde bajo a la portería con la excusa de recoger un paquete que no espero. Consuelo está detrás del mostrador, con una rebeca verde colgada del respaldo de la silla y una taza de caldo humeando.

—¿Qué tal la junta? —dice sin mirarme, removiendo—. Perdone que no dijera nada. No es mi sitio.

—Lo entiendo.

—Mire, yo no sé qué le pasa a usted ni qué le pasa a Pilar. Pero llevo veintidós años aquí, y una cosa le digo: a Pilar no se le ha roto nada por dentro que no estuviera roto antes.

Es una frase rara, de esas que sirven para todo. Miro la rebeca verde, el color apagado, la lana algo pelada en los codos.

—¿Usted tiene muchas rebecas así?

—Tres. —Sonríe con un punto de orgullo—. Las compré en las rebajas. Y Pilar otra igual, que se la regalé yo hace años. Siempre vamos iguales sin querer.

No sé qué hacer con esa información, salvo guardarla en el mismo sitio donde dejo todo lo demás: en una casa con demasiadas habitaciones.

—¿Ha visto hoy a Pilar?

—Salió a las nueve. Volvió a las tres y media con cara de haber llorado. —Frunce el ceño—. Se ha subido sin hablar.

* * *

Esa noche, a las doce menos cuarto, oigo el golpe.

Es un sonido sordo, contenido, al otro lado de la pared de la cocina. No es una puerta ni un cajón. Es algo más pesado que cae despacio sobre madera: una silla, una mesa, un cuerpo. Después, silencio.

Me quedo quieta con el vaso de agua en la mano.

Uno, dos, tres. Espero a que suene otra cosa, una voz, un grito, un «¿estás bien?» de algún vecino. No suena nada. Cuento hasta diez. Es mi pared, la que compartimos, y el ruido viene justo de donde está la cocina del 4ºB.

Lucía duerme. Compruebo que duerme, con la puerta entornada, el círculo verde de la tortuga sobre el techo. Me pongo las zapatillas, saco el móvil, marco el primer número de emergencias sin pulsar la llamada y salgo al rellano en camiseta.

La puerta del 4ºB está abierta.

No de par en par. Una rendija de un palmo, con la luz de la cocina dibujando una línea amarilla sobre las baldosas. Huele a gas, muy flojo, como un recuerdo de gas.

—¿Pilar?

Nadie responde.

Empujo con la punta de los dedos. La puerta cede con un quejido largo. Al fondo del pasillo, sobre el suelo de la cocina, hay una zapatilla de felpa azul, sola, con la puntera hacia mí.

Y más allá, asomando por el borde del marco, una mano.

Pálida, abierta, con los dedos ligeramente curvados hacia la palma. Sobre la muñeca, el reloj de pulsera parado o deteniéndose. Junto a los nudillos, derramada en el suelo, una taza de porcelana con filo dorado.