La vecina del 4ºB Capítulo 22 Asociación de palabras
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Capítulo 22 Asociación de palabras

La consulta está en un edificio de oficinas de la calle Orense, en un séptimo piso sin encanto, con moqueta gris y una planta de plástico que alguien ha regado de todos modos.

En la puerta, una placa discreta: Dra. Lasa.

Psicología forense. Llego diez minutos antes y me siento con las manos sobre las rodillas, repitiendo la frase de Nerea: no lo recuerdo, y quiero que se investigue.

Álvaro se ha llevado a Lucía a una cafetería del barrio. Lo sé porque me mandó la ubicación, sin que se lo pidiera.

La doctora Lasa tiene cincuenta y tantos, el pelo gris muy corto y una voz que no sube ni baja. Me estrecha la mano sin apretar y me señala un sillón. Ella se sienta enfrente, con una carpeta cerrada sobre el regazo y una grabadora pequeña sobre la mesa baja.

—Esto no es un juicio, Marta. Es una conversación con pruebas. ¿Le parece bien que grabe?

—Sí.

—Empecemos por lo fácil.

Lo fácil son veinte minutos de preguntas que ya me han hecho todas las personas de mi vida: cómo duermo, cuánto, si me despierto, si tomo algo. Contesto con frases cortas y verdaderas. Cuando me pregunta por el episodio de hace nueve años, el pasillo, la ventana abierta, digo:

—Ocurrió una vez. Mi madre acababa de morir.

—¿Y desde entonces?

—No lo recuerdo. Quiero decir que no lo sé. —Me aseguro de sostenerle la mirada—. Si ha pasado, no me he enterado. Y por eso pido que se investigue.

La doctora anota algo sin levantar la vista.

—Es una respuesta honesta.

—Es la que tengo.

* * *

Después viene la parte que temía: las pruebas.

Una hoja con manchas de tinta. Un cuestionario de doscientas preguntas que contesto con un bolígrafo prestado. Y, al final, una batería de asociación de palabras que la doctora lee en voz alta, despacio, pidiéndome que diga lo primero que me venga a la cabeza.

—Casa.

—Escalera.

—Niña.

—Lucía.

—Noche.

—Silencio.

—Luz.

—Tortuga.

La doctora levanta un segundo la vista, y vuelve a bajarla.

—Puerta.

—Cerrojo.

—Vecina.

—Lentejas.

Me sale una risa corta, nerviosa, y ella sonríe con educación. Seguimos. Me siento cada vez más ligera, más rápida, como en esos sueños en que uno vuela sin esfuerzo y no sospecha que va a caerse.

—Espejo.

—Yo.

—Voz.

—Mía.

—Nombre.

—Elena.

Me quedo quieta.

La doctora no se mueve. Sigue con el bolígrafo en el aire, sin escribir, sin mirarme, como quien espera que un animal decida si se acerca.

—Perdón —digo—. Quería decir otra cosa.

—¿Qué quería decir?

—No lo sé. «Marta». Mi nombre. —Noto el calor subiéndome a la cara—. Es que he pensado en otra persona.

—¿En quién?

—En una vecina que perdió a una hija. Se llamaba así.

—Elena.

—Sí.

—¿Le ha hablado de ella la señora Sanz?

Es la primera vez que oigo ese apellido en boca de otro. Me da un vuelco el estómago.

—¿Cómo sabe…?

—Consta en la documentación. —Lo dice sin inflexión, pasando una hoja—. Hay un testimonio, anterior a hoy, que afirma que usted habla por las noches con alguien a quien llama Elena.

—Eso es imposible.

—¿Por qué?

—Porque yo no conocía ese nombre hasta hace diez días. Me lo dijo ella. —Me inclino hacia delante—. ¿Quién ha escrito eso? ¿De cuándo es?

—No puedo darle esa información.

—¿Ha hablado usted con Lucía?

—Con su hija habló otra colega, en el colegio.

—¿Y qué dijo Lucía?

La doctora cierra la carpeta. Por primera vez desde que empezamos, se permite una pausa larga.

—Marta, voy a hacerle una pregunta y le pido que conteste sin pensar en lo que conviene. —Me mira a los ojos—. Cuando está sola en casa, por la noche, ¿tiene la sensación de que hay alguien con usted?

Noto que me quedo sin aire. No es la pregunta lo que me golpea. Es que la respuesta honesta, la que me sale de las tripas antes de que pueda frenarla, es:

—Sí.

—¿Quién?

—No lo sé. Alguien que lo sabe todo de mí.

Anota. Anota durante un rato que se me hace eterno. Después levanta la grabadora, la detiene y la deja sobre la mesa con un clic seco.

—Gracias. Hemos terminado.

* * *

En el ascensor me miro en el espejo. Tengo los ojos enormes, brillantes, y la cara de alguien que acaba de decir algo que lleva semanas callando y ya no sabe si quiere haberlo dicho.

En el portal suena el móvil. Es Sara.

He visto a Álvaro con Lucía en la cafetería de la esquina. Estaban con una mujer mayor, de pelo blanco. No te lo quería decir por mensaje, pero no sé si es conocida tuya. Lucía le tiraba del jersey y se reía.

Un segundo mensaje, debajo:

Un jersey verde.