La vecina del 4ºB Capítulo 21 Lo que dice Coronel
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Capítulo 21 Lo que dice Coronel

Anoche recogí a Lucía en casa de Sara a las diez y cuarto. Sara se había ofrecido a quedársela durante la junta sin preguntar nada, con un «ve tranquila» que agradecí más que cualquier consejo. Lucía venía dormida, con Coronel colgando de una mano, y la llevé en brazos hasta la cama.

Por la mañana, desayuna callada, con la cucharilla girando en el cuenco. Es martes. La evaluación es a las doce y Álvaro vendrá a las once y media a buscarla para que «no se quede sola con los nervios». Lo escribió él. Yo no he contestado.

—Mamá.

—Dime.

—¿Tú duermes bien ahora?

Dejo el vaso de zumo en la mesa.

—Duermo regular. ¿Por qué?

—Porque las mamás que no duermen se olvidan de lo que hacen. —Lo dice mirando el cuenco, con un tono plano que conozco y no es el suyo—. Y entonces hay que ayudarlas.

Me quedo con la mano en el aire. No es una frase de ocho años. Tiene demasiadas subordinadas, demasiada paciencia, la cadencia de alguien que ha repetido lo mismo varias veces con buena intención.

—¿Quién te ha dicho eso?

—Nadie. —Se encoge de hombros—. Lo sé.

—Lucía.

—Papá dice que cuando tú descanses vamos a vivir las dos con él en una casa con jardín. Y que yo tengo que avisarle si te levantas de noche, con la tablet, como una llamada de emergencia. —Levanta por fin los ojos—. Pero yo no quiero avisarle. Me da pena.

La cocina se queda muy quieta. Cuento hasta cuatro, sostengo, suelto, y me obligo a no moverme de la silla.

—Cariño, ¿tú me has visto levantarme de noche?

—No.

—¿Seguro?

Lo piensa con toda la seriedad de que es capaz.

—A veces oigo la puerta. Pero es la puerta. Y tú no estás en la cama, y luego vuelves. —Mete la cuchara en la leche—. Y Coronel dice que no pasa nada.

—Coronel no dice nada, Lucía. Es un peluche.

—Ya lo sé, mamá.

Lo dice con un suspiro de persona mayor. Me obligo a sonreír, le doy un beso en el pelo y me levanto a fregar un vaso que ya está limpio, para que no me vea la cara.

Hay dos lecturas y las dos me duelen. Que Álvaro le ha dicho esas frases a una niña de ocho años, con las mejores intenciones o con ninguna. O que Lucía las ha oído de otra boca, o las ha inventado, o las ha soñado, y yo, que soy su madre, no tengo manera de saber de dónde vienen.

* * *

A las once y cuarto suena el móvil. Es Nerea, y esta vez no pregunta dónde estoy.

—Te mando un documento. Léelo sentada.

Llega un PDF de cuatro páginas con el membrete del despacho de Álvaro: Escrito de alegaciones complementarias. Anexo probatorio. Paso el dedo por los párrafos, las fórmulas de siempre, estabilidad emocional, conducta errática, riesgo para la menor, hasta que llego al anexo.

Hay una fotografía a toda página.

Es una escalera. Se ve desde arriba, desde el rellano de la azotea: el pasamanos de hierro, el azulejo verde, el hueco oscuro del tramo inferior.

Abajo, en el descansillo del tercero, hay una mujer en camisón claro, descalza, con el pelo suelto y un brazo extendido hacia delante como quien guía a alguien de la mano.

Tiene la cabeza ladeada. Habla.

Reconozco la forma de los hombros, el pelo, hasta el camisón. Es el de algodón azul claro que me regaló mi madre hace once años, el que uso cuando hace frío.

La hora está impresa en una esquina, en tipografía de cámara: 03:14. La fecha, el sábado de las fotos, la noche del hueco de setenta y dos minutos.

—Marta —dice Nerea al otro lado—. ¿Eres tú?

No contesto. Miro el brazo extendido, la mano vacía, el espacio entre los dedos donde debería haber otra mano, más pequeña, y no hay nada.

—Marta.

—No lo sé —digo.

—Es la peor respuesta.

—Es la única que tengo.

Nerea exhala despacio.

—Escucha. Esta foto la han tomado desde la azotea, el mismo punto de las otras.

Eso quiere decir una de dos cosas: que quien te vigila es la misma persona que ha hecho llegar ese anexo al juzgado, o que quien lo hizo y quien vigila son una sola persona, que usa tus propias fotos contra ti.

En los dos casos, no son compatibles con que alguien te esté acosando desde fuera.

—¿Por qué?

—Porque para el juez, una mujer que se ve a sí misma fotografiada de madrugada y dice que no se acuerda, da lo mismo que una mujer que lo niega.

—Hace una pausa—. Yo no te pido que lo admitas.

Te pido que, pase lo que pase en esa evaluación, no digas no fui yo ni fui yo.

Di: no lo recuerdo, y quiero que se investigue.

—¿Y si me quitan a Lucía?

—Entonces apelamos, y buscamos el origen de la foto. Pero ahora mismo, sin el origen, vamos cuesta arriba.

Cuelgo.

En el rellano suena el timbre del telefonillo. Son las once y veintiocho.

Lucía corre hacia la puerta con Coronel, ajena a todo, feliz de que venga papá. Yo me quedo de pie en el pasillo, con el móvil aún encendido, y la fotografía a pantalla completa brillándome en la mano.

Hay un detalle que no había visto, en el borde izquierdo, junto al pasamanos, casi fuera de encuadre.

Un trozo de tela verde. Un jersey. La manga, apenas, de alguien que está de pie en el rellano del tercero, a un metro de la mujer del camisón, mirándola.