Capítulo 20 La junta
La junta se celebra en el portal, bajo la bombilla desnuda, con sillas de plástico que Consuelo ha ido sacando de la portería una a una.
Somos once. Reconozco a Ferran, que se ha sentado al fondo con los brazos cruzados, y a una pareja joven del 3ºB que mira el móvil.
En primera fila hay una señora de pelo violeta, Amparo, del 2ºA, que me ha saludado al entrar con una sonrisa que no he sabido leer.
El administrador, el señor Godoy, es un hombre pulcro con una carpeta azul y el tono de quien preside una reunión de las que le cobran horas.
Pilar está sentada a la izquierda, con el bolso en el regazo y las dos manos encima, muy recta. No me mira.
—El primer punto —dice Godoy— es la cámara del portal, averiada desde marzo. El segundo, el ascensor. Y hay un tercero, a petición de la vecina del 4ºA.
Me levanto antes de que termine. Llevo tres frases ensayadas en el ascensor y las suelto con la voz más serena que tengo:
—Desde que me mudé han aparecido sobres en mi buzón con fotografías de mi hija y de mi exmarido hechas desde dentro de este edificio.
Alguien ha usado el piso vacío del 4ºD. Hay una llave nueva de mi puerta en circulación y alguien con acceso a la azotea.
Solo pido que se cambie la cámara y que se revisen las llaves de las zonas comunes.
Es un discurso limpio. Lo sé por el silencio que sigue, corto y educado.
—¿Tiene usted esas fotografías? —pregunta Godoy.
—Las he entregado a la policía. Y tengo un vídeo de una de ellas.
—¿Un vídeo?
—De cuando la abrí. Con la hora.
Saco el móvil. Busco el archivo, 03:26, cuarenta y ocho segundos. Lo proyecto en la pantalla con el volumen alto y se lo acerco a Godoy, y la pareja del 3ºB se asoma por encima de su hombro.
La mesa de mi cocina. Mis manos con el cuchillo de untar. El sobre, el 4ºA, el corte limpio. Mi mano entra en el sobre y saca algo, y el encuadre baja.
No hay nada entre mis dedos.
La cámara sigue. Mi mano sostiene el aire, a la altura del pecho, con el gesto exacto de quien sostiene una fotografía, y mi voz susurra fuera de plano, muy bajo:
No duerme bien.
Nadie dice nada. En la pantalla, mi mano gira lentamente hacia la cámara, vacía, y el vídeo se acaba.
—Yo lo vi —digo. No me reconozco la voz—. Hace una semana. Había una foto. Se veía la ventana de mi hija.
—¿Quién tiene acceso a su móvil, señora? —pregunta Godoy, con suavidad.
Y no puedo decir la verdad, que la cuenta es de Álvaro, porque la verdad sonaría a excusa delante de once personas y un acta.
* * *
Amparo levanta la mano, con un gesto casi tímido.
—Yo no quiero meterme. Pero ya que estamos… —Se vuelve hacia los demás—. Hace unos días, de madrugada, bajé a beber agua. Y vi a la chica en la escalera. En camisón, descalza, hablando con alguien.
—¿Con quién?
—Con nadie. Es lo que me inquietó. —Baja la voz—. Hablaba como se habla a una niña. Muy suave.
Siento cómo el suelo se inclina despacio.
—No fui yo.
—Cariño, yo no digo que lo hicieras a propósito…
—No fui yo.
Es lo único que me sale. Lo repito, y al repetirlo suena cada vez peor, igual que una palabra que dices tantas veces que se vacía.
Ferran ha cerrado los ojos. La pareja joven ha dejado de mirar el móvil.
En algún punto, Consuelo se ha puesto de pie junto a la pared con las manos entrelazadas, sin decidirse a hablar.
—Yo solo quería que se revisaran las llaves —murmuro.
—Y se revisarán. —Godoy cierra la carpeta—. Pero me veo obligado a preguntar, por el bien de la comunidad. Usted ha señalado ante varias personas a la señora Sanz. Ha dicho que tiene una llave que no es suya. ¿Lo mantiene?
Miro a Pilar. Por primera vez esta noche me mira ella también. Tiene los ojos rojos y las manos tan apretadas que se le marcan los nudillos.
Y habla Amparo, sin rencor, con esa dulzura de las viejas que lo saben todo:
—Pilar lleva cuarenta años en este edificio. Cuando se le murió la niña, fuimos todos al entierro. Yo le llevé la comida un mes entero.
Es una frase sencilla, dicha sin mala intención, y me cae encima como un mueble.
—Yo no la acuso de nada —digo—. Solo digo lo que he encontrado.
—Claro —dice Amparo—. Claro, hija.
Hay una manera de pronunciar hija que es una sentencia.
* * *
Cuando acaba la junta, nadie se acerca. Las sillas se pliegan con ruidos metálicos. La pareja del 3ºB pasa a mi lado con una sonrisa cortés de quien cruza a un mendigo. Consuelo se detiene un segundo, me toca el codo, parece a punto de decir algo, y Godoy la llama desde el fondo y se va.
Pilar sale la última, del brazo de Amparo. No me dirige la palabra. En la escalera oigo a Amparo susurrarle: no te lo tomes a pecho, mujer, está pasando por mucho, y a Pilar responder con un hilo de voz que no consigo entender.
Subo sola por el hueco de la escalera. Cuando llego al cuarto, la puerta del 4ºB está abierta de par en par, con la luz encendida, y dentro hay tres personas consolándola. Nadie levanta la cabeza al pasar.
En mi casa, el móvil vibra sobre la mesa.
Nerea: Llámame en cuanto puedas. Ha entrado un escrito.
Y debajo, un mensaje de Álvaro, enviado hace cuatro minutos, cuando todavía estaba en el portal:
Me ha llamado una vecina muy preocupada por ti. No quiero hacerte daño, Marta. Mañana pasaré por Lucía antes de la evaluación. Por favor, no hagas esto más difícil.
Leo una vecina y me quedo quieta.
En todo el portal, bajo esa bombilla, nadie ha sacado el teléfono ni ha salido a llamar. Nadie conocía el número de Álvaro, que ni siquiera figura en el contrato. Nadie, salvo una persona, tiene razones para mandarle un aviso con tanta rapidez.
No sé cuál.
Abro la galería. Busco el vídeo de las 03:26.
Sigue ahí. Cuarenta y ocho segundos. Lo pongo, con el corazón en la garganta, y veo lo mismo que vi en el portal, mi mano vacía, mi voz, la mesa. Me obligo a verlo cuatro veces. A la quinta comprendo que lo que me revuelve por dentro no es lo que hay en el vídeo.
Es el recuerdo de lo que había la última vez.