Capítulo 19 Cuidado con quien te sonríe
Subo a las seis, con el cuaderno de Consuelo aún pegado en la memoria y la llave de latón en el puño, y llamo al 4ºB sin pensar lo que voy a decir.
Pilar abre con el jersey verde y el pelo recogido. Al verme se le iluminan los ojos, y esa luz, tan sincera, me enfada más que cualquier mentira.
—Marta, cariño, pasa. Iba a llevarte una sopa…
—Aquí mismo.
Se queda con la mano en el picaporte. Cierra despacio la puerta detrás de sí y nos quedamos las dos en el rellano, bajo la bombilla amarilla, a un metro de distancia.
—El viernes a las cuatro y veinte subiste a la azotea —digo—. Devolviste la llave a las cinco menos cinco. A esa hora alguien hizo una foto de mi hija y de su padre bajando por la escalera. Desde el rellano de la azotea.
Pilar parpadea.
—Subí a tender. Siempre subo los viernes.
—¿Viste a alguien allí?
—No lo sé. —Se lleva una mano al cuello—. A veces… a veces me entretengo. Puse sábanas, creo. Y luego bajé.
—¿Crees?
—Es que se me juntan los días, Marta. No sé si fue el viernes o el martes. Consuelo lo apunta, que para eso está el cuaderno. —Sonríe con una súplica desesperada—. Yo no tengo cabeza para esas cosas.
Es la peor defensa posible. Lo sé mientras la oigo, y lo sé con una pena enorme: porque una mujer culpable se acordaría de todo, y una mujer inocente también. Solo una mujer que se pierde, o que finge perderse, dice no lo sé con esa cara.
—Pilar, tienes una llave que no es tuya, una silla frente a la ventana de mi hija, una lámpara igual que la suya y acceso a la azotea. ¿Qué harías tú en mi lugar?
—Lo mismo. —Lo dice muy bajito—. Pensaría lo mismo.
Se me humedecen los ojos, y me fastidia, porque no quiero llorar delante de ella.
—Las fotos, ¿las has hecho tú?
—¿Qué fotos?
—No empieces.
—No sé de qué fotos hablas, cariño. —Se le quiebra la voz—. Yo solo miro a Lucía por la ventana. Nada más. Me hace bien, y sé que no debería. Pero no le he hecho ninguna foto. No tengo ni cámara. Mi móvil es de los de tapa.
—Pues alguien las hace.
—Entonces alguien te quiere mal. —Da un paso hacia mí—. Y no soy yo, Marta. Te lo juro por Elena.
La mención me desarma y me pone furiosa a la vez, porque sé lo que cuesta decir ese nombre y porque no sé si lo está usando.
—Voy a contárselo a la policía —digo—. Y a la comunidad, si hace falta.
Pilar asiente, sin discutir. Tiene los labios apretados y los ojos brillantes.
—Si me quitan esta casa… —Se interrumpe—. No, no quiero que pienses en eso. Haz lo que tengas que hacer. Solo te pido una cosa.
—¿Cuál?
—Que tengas cuidado con quien te sonríe más de la cuenta.
Es una frase rara. Dicha por ella, que ha sonreído más de la cuenta desde el día uno, tiene algo que no sé clasificar: confesión, advertencia, o las dos.
—¿Qué quieres decir?
Pero ya ha entrado, ya ha cerrado, y el rellano vuelve a ser un pozo de luz amarilla.
* * *
Ferran está en la escalera del tercero, sentado en un peldaño con un cigarrillo apagado entre los dedos.
—Lo he oído todo —dice sin levantar la vista—. Perdone. Este edificio no tiene secretos.
—No pasa nada.
—Mañana hay junta extraordinaria. A las ocho, en el portal. El administrador viene por lo de la cámara rota. —Guarda el cigarrillo en el bolsillo—. Le vendrá bien a usted. Si hay algo que decir, ahí se dice delante de todos.
—¿Me aconseja que lo diga?
—Yo solo aconsejo dormir. —Se encoge de hombros con una sonrisa triste—. Pero nadie me hace caso.
Subo a casa arrastrando los pies. Dejo el bolso, me quito los zapatos y me siento a la mesa de la cocina sin encender la luz.
A las nueve, suenan dos golpes suaves en la puerta.
No abro. Me acerco a la mirilla y no veo a nadie. Espero un minuto entero. Después, con la cadena puesta, entreabro.
En el felpudo hay un tupper. Dentro, lentejas, todavía tibias. Encima, una nota doblada en dos.
La cojo y la abro bajo la luz del rellano.
Para que cenes algo. No me guardes rencor. — P.
La letra es grande, redonda, torpe, con los trazos de quien aprendió a escribir tarde y despacio. Las aes abiertas como bocas. Las tes sin cruzar del todo.
Nada que ver con el lápiz fino y cuidadoso de las fotos.
Me quedo un rato con la nota en la mano, mirando esa caligrafía ingenua. Después hago lo que haría cualquiera a quien le han enseñado a dudar de todo: pienso que una mujer capaz de imitar, o de disimular, también cambiaría de letra.
Dejo las lentejas en la encimera sin probarlas.