La vecina del 4ºB Capítulo 18 La azotea
49%

Capítulo 18 La azotea

Domingo, 8:10. El buzón se atasca, levanto la portezuela y allí está.

Esta vez no lo toco. Subo a casa, busco unas pinzas de depilar y una bolsa de congelación, y bajo de nuevo.

Grabo con el móvil cómo lo saco del buzón y cómo lo meto en la bolsa: el sobre, el 4ºA a rotulador, la hora en la esquina.

Me tiemblan tanto las manos que tardo tres intentos en cerrar la cremallera de plástico.

Es un gesto absurdo y me sienta bien, porque por primera vez hago algo que un juez entendería.

Lo abro arriba, en la mesa de la cocina, con guantes de fregar.

La foto está tomada desde lo alto de una escalera.

Se ven las cabezas de dos personas bajando: Álvaro, con el abrigo gris, y Lucía a su lado, de la mano, con Coronel bajo el brazo libre.

Es el viernes. Reconozco el tramo, el pasamanos de hierro y el azulejo verde del cuarto piso.

Lucía va mirando hacia arriba, hacia quien sostiene la cámara, con esa cara suya de niña que ha visto algo y no sabe si decirlo.

Detrás, en el dorso, no hay lápiz esta vez. Hay una mancha oscura, en el borde inferior: un óvalo gris y brillante, con líneas finas que se curvan hacia dentro. Un pulgar, o la mitad de uno, impreso en grafito.

* * *

La comisaría del distrito tiene un mostrador de formica y un cartel sobre las violencias de género. Me atiende la agente Duarte, una mujer joven con el pelo recogido y los ojos cansados de los domingos. Escucha mi relato sin interrumpir. Cuando termino, mira la bolsa y dice:

—Has hecho bien en no tocarla más.

—Me han desaparecido otras dos.

—Eso lo complica. —Toma la bolsa con mucho cuidado, la gira a la luz de la lámpara—. Es una huella dactilar parcial, sí. Y se ve nítida.

—¿Se puede analizar?

—Se puede, si se presenta una denuncia formal y el juzgado ordena el informe.

Sin denuncia, yo te la registro como aportación, pero no va a laboratorio.

—Me mira con franqueza—. Y te advierto de una cosa.

Tú has manipulado el sobre con las manos antes de esto, según me cuentas.

Has sacado las anteriores sin guantes y has tenido esta en el bolso un rato.

Cualquier abogado dirá que la huella puede ser tuya, y que no hay forma de probar de quién son las otras, porque no existen.

—¿Y si es mía?

—Entonces sabremos algo. Pero ten en cuenta que, una vez presentada, forma parte del procedimiento. Lo que salga, salga lo que salga, lo verá la otra parte.

Recuerdo a Nerea: no denuncies todavía. Recuerdo la evaluación del martes. Dentro de mi cabeza, dos voces dicen cosas opuestas con idéntica razón.

—Déjeme pensarlo.

—Claro. Te doy un resguardo. —Escribe con un bolígrafo que no pinta—. Y Marta, si tienes miedo de alguien, hay otras vías. No esperes a estar segura.

Me voy con un papel en el bolso y la bolsa de plástico devuelta, sin analizar, sin saber.

* * *

En la escalera del edificio, me detengo en el cuarto piso y miro hacia arriba.

El pasamanos, el azulejo verde, el último tramo de peldaños que sube hacia una puerta metálica con candado: la de la azotea.

Desde ahí arriba, en el rellano de esa puerta, el ángulo de la foto es exacto.

Lo compruebo dos veces, con el móvil levantado, buscando el mismo encuadre: la cabeza de Álvaro, la de Lucía, el hierro del pasamanos.

Encaja.

Consuelo sale de la portería al oír mis pasos. Lleva un plumero en la mano y una cara que no pregunta nada.

—La azotea —digo—. ¿Quién tiene llave?

—Yo. El administrador. —Frunce el ceño—. Y las vecinas que tienden en el lavadero, que lo piden aquí abajo y lo apuntan en el cuaderno. Es una tontería, pero la comunidad quiso control.

—¿Puedo ver el cuaderno?

Me lo da sin preguntar. Las tapas de hule huelen a polvo y a café. Paso las páginas hasta el viernes.

Viernes. 16:20. Pilar S. — azotea (lavadero). Devuelve 16:55.

Es la misma letra redonda de Consuelo. Es la misma hora en que Álvaro estaba subiendo a mi casa.

—¿Pilar sube a tender los viernes?

—Los martes y los viernes, siempre. —Consuelo me mira con extrañeza—. ¿Pasa algo?

Quiero decir que no. Quiero sonreír, dar las gracias, devolverle el cuaderno y subir a casa a pensar.

Pero la frase Devuelve 16:55 se me ha quedado pegada a los ojos, y todo lo que sé de Pilar, la llave, la sillita, la tortuga, la mano levantada en la ventana, se ordena de golpe en una sola dirección, como limaduras frente a un imán.

Es una dirección que yo no he elegido. Lo sé mientras ocurre. Y aun así, la sigo.