Capítulo 17 Gracias por devolvérmela
No me despido. Cruzo el pasillo del 4ºB con el corazón en la boca, oigo a Pilar decir mi nombre a mi espalda y no me giro. En el rellano me tiembla tanto la mano que la llave de latón, la de R·14, tintinea contra la cerradura antes de entrar.
Es lo primero que hago bien: comprobar el pelo.
Esta mañana, al salir, dejé uno cruzado sobre el marco, a la altura de la rodilla, ya por costumbre. Sigue ahí, tenso y negro, sin un milímetro de holgura. Nadie ha abierto esta puerta desde que me fui.
Entro de todos modos.
* * *
La casa está en silencio. El mismo silencio de siempre, con el zumbido del frigorífico, la madera que cede y una gota en algún grifo. Recorro el pasillo sin encender la luz. Miro en el dormitorio de Lucía, en el mío, en el baño, detrás de la cortina de la ducha. Abro el armario. Nadie.
En la cocina, el cajón de los cubiertos está entreabierto dos dedos.
Lo dejé cerrado. Siempre lo dejo cerrado, porque cuando se atasca en la guía, hay que dar un tirón y me da rabia. Me quedo mirando esa rendija negra durante un tiempo que no sé medir. Después lo abro del todo.
Las cucharillas están en su celofán. La bandeja, en su sitio.
Encima de la bandeja hay una fotografía.
Es la del colegio. La verja verde, el cartel torcido, las madres en corrillo, el árbol, el hombre del abrigo gris. Reconozco hasta la esquina doblada y la mancha de mi pulgar. Es la misma foto que hace nueve días guardé en este cajón y que desapareció sin dejar rastro.
La cojo con dos dedos. Noto el papel frío, como recién sacado de algún sitio sin calefacción.
Vuelvo a mirarla con la luz de la ventana y algo no encaja, y tardo un buen rato en saber qué.
El hombre está mirando a la cámara.
Lo recordaba de lado, con la cara medio tapada por el árbol y las manos en los bolsillos.
Ahora tiene el rostro vuelto hacia el objetivo, con una quietud que me eriza la nuca.
No se distingue bien, la imagen es pequeña y lejana, pero la postura es otra.
Está mirando hacia quien hizo la foto, o hacia quien la mira.
Me siento en una silla, sin soltarla.
¿Siempre estuvo así? Intento reconstruir la primera noche, el portal, el sobre, la luz de la escalera.
Hay un hombre con abrigo gris, las manos en los bolsillos.
Eso lo recuerdo con claridad. Lo de la cara, no.
Nunca me fijé en la cara. No hay manera de saber si la foto ha cambiado o si soy yo la que ha cambiado la foto.
Le doy la vuelta.
En el dorso, a lápiz, con la misma letra pequeña y cuidadosa de las otras veces, hay una línea nueva:
Gracias por devolvérmela.
* * *
Me lleva un rato entenderlo. Devolvérmela. Como si yo la hubiera llevado a algún sitio. Como si fuera yo quien abrió el cajón, sacó la foto, caminó con ella en la oscuridad y la dejó donde ahora aparece. Una mujer que camina dormida y no lo sabe.
Busco en el bolso, saco el cuaderno de tapas negras, el que me regaló la casa o el que me compré yo, y lo abro por donde tengo apuntadas las citas del juzgado y los teléfonos.
Es mi letra: pequeña, con las aes cerradas, los renglones muy rectos porque me cuesta escribir torcido.
Miro el lápiz de la foto. Miro el bolígrafo de mi lista.
Se parecen.
No son iguales. La del lápiz tiene el rabo de la g un poco más largo y las t cruzadas casi en el aire. Pero si me enseñaran las dos líneas en un juzgado, sin decirme de quién es cada una, dudaría.
Es la clase de parecido que tiene una imitación cuidadosa. O el que tiene una persona consigo misma cuando escribe de noche, con el pulso más flojo y la cabeza en otro sitio.
* * *
Suena el móvil. Es Nerea, con su pregunta de siempre sin saludo:
—¿Dónde estás?
—En casa.
—Dime que no estás sola.
—Lucía está con Álvaro.
Silencio. Después, con esa voz mía que aprendí a reconocer cuando alguien decide decir lo que no quiere:
—Marta, necesito que me escuches. El juez ha adelantado la evaluación psicológica al martes. Y van a pedir, como medida cautelar, que las visitas de Álvaro sean sin supervisión hasta entonces. Es decir, que Lucía pase con él el fin de semana completo, como ahora, pero sin que tú puedas discutirlo.
—¿Por qué?
—Por el testimonio anónimo, por los informes del colegio, por… —Se detiene—. Por lo que esté diciendo tu propio teléfono, si tiene razón en lo de la ubicación. Las horas a las que sales y entras tienen una lectura muy mala.
Miro la foto, la letra, la cocina. La mano que sostiene el teléfono es la mía, pero me cuesta reconocerla.
—Nerea, ¿y si tuvieran razón?
—¿En qué?
—En que soy yo.
No responde enseguida. Cuando lo hace, su voz es seria, sin ternura ni reproche.
—Entonces lo sabremos el martes, y lo gestionaremos. Pero hoy no pienses eso. Hoy documenta. Guarda la foto, sin tocarla más. Haz una fotografía de la foto con la hora, y del cajón, y de la letra. Y mándamelas.
—Vale.
—Y Marta.
—¿Qué?
—No le abras a nadie. A nadie. Ni a la señora de las lentejas.
Cuelgo. Hago lo que dice: cada foto, cada ángulo, cada hora. La luz de la tarde, blanca y neutra, le da a todo una apariencia de prueba que solo consigo creer a medias.
Cuando termino, me quedo quieta en la cocina. Desde la ventana, al otro lado del patio, el 4ºD sigue con la persiana a medias. Y más abajo, en la ventana del 4ºB, recortada contra la luz de su cuarto, veo a Pilar sentada en la sillita de madera, sola, mirando hacia mi casa.
Levanta la mano despacio. Me saluda.
No sé si me está saludando a mí o a alguien que está a mi lado.