Capítulo 16 El cuarto de Elena
Pilar llama a mi puerta el sábado a las once de la mañana, sin tuppers, con las manos vacías y los ojos de quien ha llorado poco y mal.
—No quiero molestarte —dice—. Solo quiero que me dejes explicarte lo de anoche. En mi casa, si puedes. Aquí en el rellano me da vergüenza.
Lucía está con su padre hasta el domingo. La casa, sin ella, tiene un silencio demasiado grande. Acepto porque necesito saber, y porque una parte de mí, la que todavía cree en las lentejas, quiere que Pilar me dé una razón para seguir creyendo.
* * *
El 4ºB huele a café y a cera de muebles. Me sienta en la cocina, frente a una taza de porcelana con un filo dorado, y se queda de pie, retorciendo el paño entre las manos.
—La llave me la dejó don Anselmo, es verdad. Pero la que te di anoche no es la que él me dio.
—¿Cómo?
—La mía estaba en el cajón del aparador, donde siempre. Esta mañana la he buscado y sigue ahí. Había dos. —Se sienta por fin—. Anoche no me di cuenta. Cogí la que había, la que estaba encima, y pensé que era la mía.
—¿Quién ha podido dejarte una llave en un cajón?
—Nadie entra en mi casa, Marta. —Lo dice con tanta sencillez que cuesta dudarlo—. Salvo tú, hoy. Y Consuelo, una vez, por una fuga de agua.
Suena el timbre.
Pilar da un respingo, se levanta y murmura que debe de ser la del butano. Me pide un minuto. Sale al pasillo y oigo cómo abre la puerta de la calle y cómo se aleja por el rellano, hablando con alguien en voz baja.
Me quedo sola en la cocina con el café que no me bebo.
Nunca se me habría ocurrido levantarme. Tengo la edad de las madres que saben lo que es entrar donde no deben.
Pero el pasillo del 4ºB es el espejo del mío, y en el mío, al fondo, está el dormitorio pequeño: el de Lucía.
Y aquí, al final, la puerta gruesa, la que estaba cerrada la primera vez, está abierta de par en par.
* * *
No es un santuario, y eso es lo primero que me sorprende. Esperaba una cama hecha con cariño enfermizo, muñecas en fila, algo de película. Es solo un cuarto de niña, guardado con cuidado, como se guarda un abrigo que ya no te queda.
Una cama individual con colcha rosa. Un escritorio pequeño con un lápiz roído y un cuaderno abierto por la mitad. Una estantería de cuentos con los lomos descoloridos. En la pared, pegados con cinta amarillenta, dibujos hechos con ceras: casas, soles, una familia de tres con las manos dadas.
Y en la mesilla, en un marco de plata, la fotografía de una niña de ocho años con trenzas y un diente menos.
Reconozco la cara antes de pensar. Es la del aparador, la del día de las lentejas: Elena. Tiene la barbilla de Lucía. Sonríe de la misma manera, con la cabeza un poco ladeada, y por un segundo, un segundo entero, mi cerebro se niega a separarlas.
Junto a la foto, enchufada a la pared, hay una lámpara de plástico verde con forma de tortuga.
Es más vieja que la mía. Tiene el caparazón desteñido y una grieta en la pata trasera. Pero es la misma.
—La compré en Cuenca —dice Pilar desde la puerta.
No me he vuelto. Noto su presencia a mi espalda, sin reproche.
—Un verano que fuimos de excursión. Elena no quería dormir sin ella. Decía que las estrellas la vigilaban. —Da un paso dentro y se detiene—. Murió con ocho años, Marta. Hace treinta y uno. Una meningitis, en tres días.
Me giro. Pilar está muy pequeña en el umbral, con el paño aún en las manos.
—Dije que vivía en Canadá porque no sé decirlo de otra manera. La gente pregunta y yo no sé contestar. Me inventé Canadá hace tantos años que a veces casi me lo creo.
—Lo siento —digo, y es la frase más verdadera que he dicho en una semana.
—Cuando llegasteis Lucía y tú… —Se le quiebra la voz—. No pretendía nada. Es que hay cosas que uno sabe de una niña sin que se lo cuenten. Que duerme con luz. Que tiene un peluche que la cuida. Que se sienta en la ventana a mirar. —Se seca la cara con el paño—. Sé que no es normal. Lo sé.
No puedo odiarla. Es lo único claro que tengo en este momento: no puedo, aunque debería.
Me acerco a la ventana para no mirarla a los ojos. El cuarto da al patio de luces. La cortina está recogida, el cristal limpio, y una silla baja de madera, de esas pequeñas, está colocada justo delante.
Desde aquí se ve mi salón.
Se ve la ventana de Lucía, la cortina, la maceta ajena.
—Me siento ahí a veces —murmura Pilar, sin acercarse—. Cuando ella juega. Perdóname, Marta. No sabía que fuera a parecerte mal.
Iba a decir algo. No llego a saber el qué.
Desde el otro lado de la pared, desde el que debería ser mi piso vacío con Lucía en casa de su padre, llega un sonido seco, nítido, inconfundible.
Un cajón que se cierra.
Pilar lo ha oído también. Levanto la cabeza y la veo a cuatro pasos de mí, con las manos aún sobre el paño. Muy quieta. Con la expresión de quien espera un ruido que conoce.
—No es la primera vez —susurra—. Pensé que eran las tuberías.