La vecina del 4ºB Capítulo 15 R·14
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Capítulo 15 R·14

Guardo la llave en el bolsillo con cremallera del bolso, detrás del monedero, y me paso la mañana del viernes tocándola de vez en cuando como quien comprueba que sigue teniendo un diente suelto.

No se lo digo a nadie. A Nerea, no: me pediría que se la entregara, y no quiero soltarla todavía. A Pilar, no: desde anoche su puerta permanece cerrada y en el rellano huele a lejía. Tampoco a Consuelo. Antes de hablar de una llave, quiero saber de quién es.

Lo de la ubicación sí lo compruebo. En los ajustes aparece Compartir ubicación: activado por el administrador. Como era de esperar, no puedo quitarlo. Así que a las tres dejo el móvil en casa y me voy a la oficina con el teléfono del trabajo, y me siento ridícula y un poco más ligera.

* * *

A las cinco menos diez, Álvaro llama al telefonillo.

Es la primera vez que sube al edificio. Hasta ahora recogía a Lucía en la acera, con el coche en doble fila, y yo le entregaba la mochila desde el portal. Hoy dice, con esa voz de hombre que pide permiso sin pedirlo, que Lucía se dejó a Coronel en casa y que ha pensado subir para no hacerla esperar.

Lucía ha vuelto ya del colegio y está en el salón, con el abrigo puesto, sin soltar el asa de la mochila. La tengo a medio metro y aun así le pregunto dos veces si lleva lo que necesita.

—Sí, mamá.

—¿Y el cepillo?

—Sí.

Abro la puerta a los dos minutos. Álvaro ocupa el rellano con su abrigo gris, el pelo bien cortado, la expresión de quien ha decidido que hoy va a ser educado.

En el bolsillo, como siempre, el bulto plano de la grabadora de notas con la que dicta sus cosas del despacho; la lleva a todas partes desde hace años.

Mira por encima de mi hombro, hacia el pasillo, con una curiosidad que no me molesta del todo, porque yo habría hecho lo mismo.

—Qué luz tiene esto —dice—. Se ve bien.

—Es antiguo.

—Se nota que lo has puesto a tu manera.

Es un comentario amable, de los que me desarmaban antes. Ahora los pesco al vuelo, como quien caza moscas.

Lucía sale corriendo con Coronel bajo el brazo y se lanza contra sus piernas. Él la levanta un segundo, le dice algo al oído y la deja en el suelo. Luego alza la vista hacia la puerta, hacia la cerradura, hacia el cerrojo nuevo que yo misma atornillé el martes.

—Deberías cambiarla —dice.

—¿El qué?

—La cerradura. Estos pisos viejos tienen bombines de los setenta. Se abren con una horquilla. —Sonríe con una preocupación práctica, doméstica, que no tiene nada de amenaza—. Lo digo por Lucía.

—Ya tengo cita.

—Haces bien.

No le he dicho que la tengo. No se lo he contado a nadie más que a mí misma, a una empresa de cerrajería y, quizá, en voz alta, a un pasillo vacío.

* * *

Es entonces cuando se abre la puerta del 4ºB.

Pilar sale con un paño de cocina en las manos y una sonrisa que no le llega hasta los ojos.

Lleva el jersey verde de la primera vez y se ha recogido el pelo con las horquillas de siempre.

Se detiene en el umbral, mira a Álvaro de arriba abajo y hace un gesto breve, casi un reflejo: se alisa el delantal que no lleva puesto.

—Usted debe de ser el padre de Lucía.

—Álvaro. —Le tiende la mano con una inclinación de cabeza—. Y usted, Pilar. Mi hija me habla mucho de usted.

—Y de usted también.

Se estrechan la mano. Es un gesto breve y correcto, de los que no dicen nada. Sin embargo hay algo en él que me impide apartar los ojos, y tardo unos segundos en descubrir qué: ninguno de los dos se sorprende.

Ninguno. Ni ella al verle, ni él al verla. Se saludan como se saludan las personas que se han imaginado el encuentro muchas veces y por fin lo cumplen.

—Cuida de ellas, ¿verdad? —dice Álvaro con una sonrisa cálida.

—Hago lo que puedo.

—Se lo agradezco.

Es una conversación de cuatro frases. Podría ser la de dos adultos educados en una escalera.

Podría ser la de dos personas que se conocen desde mucho antes de esta tarde y saben callarlo.

Desde mi puesto, con Lucía agarrada de mi mano y el bolso colgando del hombro, no hay forma de saber cuál de las dos cosas estoy viendo.

—Nos vamos —dice él.

Lucía me abraza muy fuerte. Me mira desde abajo, con la barbilla pegada a mi cintura, y murmura algo que no entiendo.

—¿Qué?

—Que Coronel dice que cierres bien.

Me río, porque no sé qué otra cosa hacer, y la beso en la frente. Bajan las escaleras. Desde el descansillo de arriba oigo sus pasos, el de él, firme, y el de ella, ligero, rozando cada escalón.

Cuando se cierra el portal, el edificio se queda sin aire.

Pilar sigue en el rellano.

—Es muy amable —dice con los ojos fijos en la escalera—. Un señor muy correcto.

No añade nada más. Vuelve a su piso, y la puerta se cierra con el mismo clic suave de siempre.

* * *

Esa noche, sola por primera vez desde la mudanza, saco la llave del bolso y la pongo bajo la lámpara de la cocina.

La miro de cerca. Latón claro, cabeza redonda, tres muescas en el borde. Le doy la vuelta.

En la cara lisa, junto al ojo de la cabeza, hay algo que no vi anoche: un grabado diminuto, casi un rasguño, hecho con la punta de una máquina de cortar llaves. Una letra y dos números.

R·14

Podría ser una marca de fábrica. Podría ser un código de ferretería. Podría ser nada, o la clave de todo lo que me está pasando.

Saco un papel, copio el grabado con mucho cuidado, y me quedo un buen rato mirando la letra, como si la letra tuviera que devolverme la mirada.

Después, sin pensarlo, hago lo que llevo evitando toda la tarde: miro el móvil.

En la pantalla, debajo del aviso de ubicación, hay un mensaje de Álvaro, enviado hace cuatro minutos:

Gracias por dejarme subir. Ahora entiendo por qué Lucía está tan a gusto ahí. Dale recuerdos a Pilar de mi parte.

Yo nunca le he dicho cómo se llama la vecina de Lucía a la que Lucía tanto quiere.

Lo sé con certeza. Lo he comprobado tres veces.