Capítulo 14 La llave nueva
No contesto.
Me quedo pegada a la pared, con la linterna apagada en la mano y la respiración retenida en el pecho. Por el hueco de diez centímetros veo un trozo de rellano: el borde del felpudo, una franja de baldosa y, a la altura de mi cintura, unos dedos pequeños y arrugados agarrando el marco de la puerta.
—¿Marta? —repite—. He visto luz por debajo y me he asustado. ¿Estás bien?
La luz. Hay una pequeña luz encendida en el salón que es la del móvil, que graba. Me obligo a pensar que se filtra por la rendija, y que eso, dicho así, es una explicación.
—Pilar —digo al fin. Me sale una voz que no reconozco, baja, fría—. ¿Cómo has abierto?
—¿Cómo?
—El cerrojo. Acabo de oír girar una llave.
Se hace un silencio corto. No es el silencio de quien prepara una mentira. Es el de quien duda de cuál de las verdades ha de contar primero.
—Tengo una —dice—. Del piso. Me la dejó don Anselmo, el dueño de antes, cuando se fue a vivir con su hija a Valencia. Para regar las macetas y vigilar las tuberías. Hace años de eso, cariño. Nunca se la devolví a nadie porque nadie me la pidió.
—¿Y no pensaste en decírmelo?
—Pensé que lo sabías. —Y entonces añade, con un hilo de voz muy suave—: Ay, Marta, no te lo había dicho, ¿verdad? Perdóname. Se me olvida que las cosas que yo sé, los demás no las saben.
La frase me hiela más que cualquier amenaza. Quito la cadena con dedos torpes y abro del todo.
Pilar está en el rellano con una bata de felpa azul, el pelo suelto sobre los hombros y una taza humeante en una mano. Parece más pequeña sin el delantal. Más vieja y más real.
—Te he hecho una tila —dice—. Te oí andar por la casa a la una y pensé que no te vendría mal. Con lo que me contaste, desde lo de tu madre, aquella noche del pasillo, ya no duermes tranquila.
Se me enfría la nuca.
—Yo no te he contado eso.
—¿No? —Parpadea, confusa—. Pues lo habré soñado, cariño. A mi edad se mezcla todo.
—No podías oírme a través del suelo.
—Las paredes de este edificio son de papel.
—Y la cerradura, ¿qué es?
Baja la mirada hacia la taza, como si la respuesta estuviera flotando en ella.
—Pensé que estarías dormida. Quise dejarte la tila en la mesa y marcharme sin despertarte. —Se le quiebra la voz—. Sé que está mal. Es que llevo mucho tiempo entrando y saliendo de esta casa, y cuando vivía mi Elena aquí al lado… —Se interrumpe—. Da igual. Tienes razón.
Extiendo la mano con la palma hacia arriba.
—La llave, por favor.
Duda un segundo. Después mete la mano en el bolsillo de la bata y la deposita en mi palma.
Es una llave pequeña de latón, corta, con la cabeza redonda. Me pesa menos de lo que esperaba. La acerco a la luz del pasillo y la miro con atención.
No es vieja.
Un duplicado hecho hace semanas tendría ese brillo dorado, aceitoso, de los cortes recientes: los dientes sin gastar, las aristas vivas, una rebaba diminuta en el borde del último surco. Las llaves de hace años se oscurecen. Esta tiene el color de una moneda recién acuñada.
—¿Cuándo te la dejó don Anselmo?
—Hará… —Frunce el ceño—. Hará siete años, o más.
—Esta llave la han cortado hace poco.
Pilar mira la llave. Después me mira a mí, con una expresión que no sabría nombrar. No es miedo ni culpa. Es algo parecido a la sorpresa de ver que alguien a quien quieres ha dicho una frase que no le pertenece.
—No lo entiendo —susurra.
—Pilar, ¿quién más tiene acceso a tu piso?
—Nadie. Consuelo, a veces, cuando hay una fuga. —Se lleva la mano al pecho—. Marta, yo no he hecho nada. Te lo juro. Yo solo quiero…
No termina la frase. Me tiende la tila, que yo no cojo, y se queda un momento con las dos manos vacías entre nosotras.
Después da media vuelta y cruza el rellano hacia el 4ºB arrastrando un poco los pies, pequeña y tiesa, como alguien que ha entendido demasiado tarde el lugar en el que ha puesto el pie.
La puerta se cierra sin ruido.
Yo me quedo mirando la llave, y entonces oigo, a mi espalda, en el salón, un sonido que no esperaba: la vibración del móvil sobre la estantería.
Es una notificación. El teléfono sigue grabando, pero en lo alto de la pantalla, entre la batería y la hora, ha aparecido un aviso pequeño:
Álvaro ha empezado a ver tu ubicación en tiempo real.