Capítulo 13 Con la cadena puesta
Trabajo desde casa tres días a la semana y los otros dos voy a la oficina, una agencia de traducción en Chamberí donde llevo once años corrigiendo textos ajenos.
Es un trabajo de detalle, de cazar la coma fuera de sitio y el adjetivo que no toca.
Ese jueves me paso la mañana leyendo el mismo párrafo de un contrato cinco veces sin entenderlo.
—Marta. —Es Begoña, mi jefa, con el abrigo puesto y dos cafés—. ¿Tienes un momento?
Me lleva a la sala pequeña, la de las reuniones con clientes, y cierra la puerta. Me da el café. Es un gesto amable que me pone en guardia.
—No te lo digo como jefa. Te lo digo como la que te ha visto entrar cada mañana estos años. —Dibuja un círculo en el aire con la mano—. Hoy has mandado dos veces el mismo informe. Ayer cambiaste la fecha de una factura por otra que no existe. Antes no pasaba.
—Estoy en una mudanza y en un proceso de separación.
—Lo sé. Por eso lo digo. —Me mira con una franqueza que no sé cómo devolver—. Tómate unos días. Con sueldo, sin papeleo. Si hace falta, lo arreglo yo con administración.
—No puedo permitirme no estar.
—Puedes permitirte no hacer las cosas mal. Son cosas distintas.
Me quedo sin respuesta. Es la tercera persona de la semana que se preocupa por mí, y cada una de sus frases, bienintencionada, lleva algo que no soporto: la razón.
* * *
Nerea llama a la hora de comer. Contesto en el pasillo, junto a la fotocopiadora.
—Tengo dos noticias —dice—, y ninguna es buena. La primera: el abogado de Álvaro ha pedido formalmente una evaluación psicológica. Dice que hay «indicios de inestabilidad relevantes para la custodia».
Se me seca la boca.
—¿Qué indicios?
—Eso es la segunda noticia. Ha presentado un escrito con el testimonio de un vecino de tu edificio. Afirma que te ha visto varias noches en las escaleras, en camisón y descalza, hablando sola.
—Eso no es verdad.
—No he dicho que lo sea. —Su voz es tranquila, y se nota el esfuerzo—. El escrito llega sin nombre al teléfono de mi despacho, como «testimonio anónimo a disposición del juzgado». No vale como prueba, pero marca el tono. Me preocupa más cómo han sabido lo de las escaleras que lo que dice el papel.
—Nerea, yo no he salido dormida.
—¿Lo sabes?
Es una pregunta sin maldad, y aun así me deja sin aire.
—No lo sé —reconozco.
—Pues esa es la frase que no puedes decir delante de un juez. Y la que tenemos que dejar de decirnos en privado. —Suspira—. Necesitamos un dato que no dependa de ti. Un testigo, una cámara, algo. ¿Tienes el vídeo de la noche del sábado?
—Con un salto de setenta y dos minutos.
—Con un salto. Perfecto. —Ríe un segundo, seca—. Hazme un favor: no lo borres, no lo edites, no lo toques. Lo trae un perito.
Cuando cuelgo, me quedo mirando la fotocopiadora con la luz verde encendida, como si fuera a hablarme.
* * *
Recojo a Lucía a las cuatro y media y la llevo a la pastelería de la esquina, la que prometí el primer día y no había cumplido. Pide una palmera de chocolate y se la come con las dos manos. Esperamos a que le vuelvan los colores a la cara y, como quien no quiere la cosa, le pregunto:
—¿Te acuerdas de que me dijiste que a Pilar le habías contado lo del hámster?
—Sí.
—¿Y le has contado alguna cosa más? ¿Lo de tu cuarto, por ejemplo? ¿La lucecita de la tortuga?
Lucía lo piensa con la seriedad de quien revisa un expediente.
—Yo no sé. Se lo dije a papá. Por la tablet, el otro día, cuando me preguntó cómo me dormía.
—¿A papá?
—Sí. —Mastica—. Me preguntó si tenía miedo por la noche y le enseñé la tortuga. La pantalla, como en las llamadas.
—¿Le enseñaste la lámpara?
—Se veía en el techo. Con las estrellas.
Me quedo quieta. Con la tablet, en la llamada, Álvaro ha visto el techo de su habitación, la lámpara y su resplandor, y me la ha descrito o lo ha contado a otros, en cualquier conversación con cualquier persona.
—¿Y a Pilar?
Lucía se encoge de hombros.
—No me acuerdo. Pilar pregunta poco. Es que ya lo sabe todo.
Lo dice sin inquietud, como se dice que la lluvia moja. Después se limpia las manos con la servilleta, me tiende la mitad de la palmera y me pregunta si me la voy a comer.
Yo me la como. No noto el sabor de nada.
* * *
Esa noche dejo el móvil grabando en el salón, pero esta vez no me tumbo. Me quedo en el sillón, a oscuras, con una manta y una linterna pequeña, dispuesta a verlo yo, aunque lo vea sola.
A la una y cuarto suena un clic muy suave en la cerradura de la puerta. No es el cerrojo ni la cadena, ni tampoco el sonido de una llave girando. Es otra cosa: el roce de un metal pequeño, tanteando.
Me levanto sin hacer ruido y me pego a la pared, junto al marco. Noto el latido en las sienes. Cuento hasta tres, y antes de llegar a dos, el pomo gira.
Con un movimiento lento, casi educado, la puerta empieza a abrirse hacia dentro, y se detiene con un tirón seco contra la cadena.
Por el resquicio de diez centímetros entra el olor del rellano: polvo, lavanda, un punto de jabón.
Y una voz susurra, muy cerca, muy cálida:
—¿Marta? ¿Estás despierta, cariño?