Capítulo 12 La lucecita de la tortuga
Por la mañana, Lucía no recuerda nada.
Le pregunto con cuidado, mientras le unto la tostada, si ha soñado algo. Me mira con la boca llena de migas y dice que soñó con un tobogán de gelatina. De Coronel, de la tablet, de mis manos temblando sobre su colcha, ni rastro. Le creo. Se le nota en la cara de niña a la que nadie ha quitado nada.
La tablet está en la estantería, con la batería al cien. Yo no la he cargado.
Me hago una promesa pequeña: no pensar en eso hasta que lleve a mi hija al colegio.
* * *
A las nueve y diez me cruzo con Pilar en el portal. Viene de la calle con una bolsa de la compra en cada mano y las mejillas coloradas por el frío.
—¡Marta! Justo a ti quería verte. Toma, ayúdame con esta, que hoy me pesa todo.
Cojo una bolsa. Subimos juntas, despacio, porque ella se detiene en cada rellano a recuperar el aire. En el tercero, la puerta de Ferran está cerrada y se oye una radio muy baja. Pilar habla de las escaleras, de sus rodillas, de lo caro que está el pescado.
—Y tú, ¿cómo estás? Te veo mejor que el otro día.
—Mejor, sí.
—Me alegro. —Me sonríe de lado—. Además, con esa niña en casa, no hay mal que dure. ¿Duerme ya tranquila? Con la lucecita de la tortuga lo lleva mejor, seguro.
Sigo subiendo un escalón. Otro. No paro, porque si paro se me nota.
La lucecita de la tortuga la compré el segundo día de la mudanza, en una tienda de la esquina, de esas de todo a un euro.
Es una lámpara de plástico verde que proyecta estrellas en el techo.
Lucía la ve desde la cama y se duerme mirándola.
No se la he enseñado a nadie. No se la he mencionado a Álvaro, que es alérgico a las cosas de plástico barato.
La enchufo por la noche y la desenchufo por la mañana, dentro de un cuarto al que Pilar no ha entrado nunca.
—¿Cómo sabes lo de la tortuga?
Pilar se vuelve con un gesto amable, sin sospechar.
—¿Qué tortuga?
—La lámpara de Lucía.
—Ah, pues no sé. —Se ríe, y es una risa limpia, de las que no ensayan—. Me lo habrá contado ella. Las niñas lo cuentan todo. O lo habré visto desde el patio, que desde el lavadero se ven todas las ventanas. Yo qué sé, cariño. A mi edad uno sabe las cosas y no recuerda de dónde.
Es una respuesta perfecta, y por eso mismo me deja helada.
Le devuelvo la bolsa en su puerta con un «hasta luego» que me sale ronco.
Ella me da las gracias con las dos manos juntas y entra.
Me quedo un instante en el rellano mirando cómo se cierra la puerta del 4ºB y pienso en todo lo que he aceptado de ella sin preguntar: las lentejas, el bizcocho, los tuppers, la sopa del otro día. Cada cosa, una pequeña llave.
* * *
Esa tarde bajo al patio de luces.
Se accede por una puerta metálica de la portería, con el pestillo oxidado. Consuelo me la abre con un gesto de no entender nada y me deja sola, con un «no se caiga» como único aviso.
El patio es un pozo de cemento de cuatro plantas, con una claraboya rota arriba y tendederos vacíos.
Hace frío y huele a humedad y a detergente.
Levanto la cabeza. Identifico la ventana del salón, la cortina recogida, la esquina de la maceta ajena.
Más allá, en la fachada de enfrente, el 4ºD, con la persiana a medias.
Busco la ventana redonda de Lucía. Tardo un momento. No está en este lado.
Da a la calle.
Lo compruebo dos veces, contando hacia un lado y hacia el otro.
Desde el patio no se ve ni el círculo de cristal ni el techo del cuarto.
Lo único que puedo ver, si me pongo en un punto muy concreto, contra la pared del lavadero, es un reflejo verdoso en el cristal del pasillo interior, un resplandor que podría ser de cualquier cosa.
Nada más. No se distingue una tortuga. No se distinguen estrellas.
No se distingue nada que alguien pudiera describir con esa ternura.
Me quedo un buen rato quieta, con la cabeza echada hacia atrás y el cuello doliéndome, hasta que oigo una voz a mi espalda.
—¿Buscas algo?
Es Ferran. Ha salido al tendedero del tercero con una manta y una pinza en la boca.
—Comprobaba una cosa.
—Aquí abajo se ven muchas cosas. —Se quita la pinza y me mira con una mezcla de cautela y lástima—. Cuidado con lo que crees ver.
—¿Qué quiere decir?
—Nada. —Baja la vista—. Que es un patio. Las cosas rebotan. Las voces, las luces. Un día pensé que oía a mi mujer cantando en la cocina, y mi mujer murió hace cuatro años.
Me río sin ganas. Él también. Cuelga la manta, se encoge de hombros y vuelve dentro.
Yo me quedo sola con el eco de mis propios pasos y una idea que no me suelta: a Pilar le han contado lo de la tortuga, o lo ha visto, o lo ha imaginado, o alguien, desde algún sitio, me conoce lo suficiente para dejar que lo sepa ella.
Y a mí, de esas cuatro, no me gusta ninguna.