Capítulo 11 Móvil de Marta
Leo la nota tres veces y la quemo en el fregadero con un mechero de la cocina, y luego me arrepiento y recojo la mitad carbonizada con una cucharilla, porque Nerea me mataría.
Ya no hace falta que la guardes.
La frase no dice «te estoy vigilando», ni «sé dónde vives». Dice que la foto ya cumplió su función. Que quien la trajo ya consiguió lo que quería de que yo la tuviera.
Me siento a la mesa con el móvil y abro la cuenta de la familia. Esa cuenta que llevo tres meses queriendo separar.
* * *
La cuenta tiene una pestaña que nunca había abierto: Seguridad. Dentro hay una lista de dispositivos con sesión iniciada, cada uno con una fecha de último acceso. Me paso el dedo despacio.
Móvil de Marta. Activo ahora.
Tablet de Lucía. Último acceso: hoy, 23:10.
Portátil (Álvaro). Último acceso: hace cuatro días.
Móvil de Marta (2). Último acceso: sábado, 03:11.
Me quedo mirando esa última línea hasta que las letras se mueven.
Sábado, 03:11. El segundo exacto en que el vídeo de mi pasillo salta a las 04:23.
No tengo un segundo móvil. Nunca lo he tenido. Pulso sobre la línea para ver los detalles y aparece un modelo que no reconozco, una ciudad que no es la mía y un botón gris: Cerrar sesión en este dispositivo.
Lo pulso sin pensar, y la pantalla responde con un mensaje amable: Solo el administrador de la cuenta puede cerrar sesiones de otros miembros.
El administrador no soy yo. La cuenta la creó Álvaro, con su correo, hace siete años, cuando nació Lucía. Yo entré como «miembro de la familia». Puedo ver la lista. No puedo tocarla.
Pruebo a cambiar la contraseña. La aplicación me manda un código de verificación a un número que termina en 41. No es el mío.
* * *
Lo pienso durante un buen rato, con la luz de la cocina zumbando sobre mi cabeza.
Si escribo a Álvaro para que cierre esa sesión, le estaré diciendo que sé que hay algo. Si no lo hago, el móvil desconocido sigue ahí, con acceso a mis fotos, a mi agenda, a la ubicación compartida que nunca desactivé, a los vídeos que grabo de noche.
Y si hago otra cosa, si creo una cuenta nueva y me llevo todo, eso también es una decisión que un abogado podría leer de dos maneras. Lo oigo con la voz de Nerea: cualquier cosa que suene a ocultar, a corte repentino, se la van a quedar.
Abro una nota y escribo: Sesión «Móvil de Marta (2)» sáb 03:11. Hago capturas de pantalla, cuatro, con la hora visible. Las mando a mi correo de trabajo, que Álvaro no tiene. Después añado una línea más: Álvaro = administrador. No tocar sin hablar con Nerea.
Es lo único sensato, y lo hago con la sensación de que me están dejando sin aire poco a poco.
* * *
Dejo en la mesilla un vaso de agua sin limón. Durante meses lo tomé con limón, todas las noches, y dormía; desde la mudanza no lo he vuelto a probar, y duermo peor.
Antes de acostarme entro en la habitación de Lucía.
Duerme de lado con Coronel apretado contra el pecho. La ventana redonda deja pasar un círculo de luz de farola que le cae sobre la colcha. Hay algo en esa luz, en su respiración y en el orden de sus zapatillas junto a la cama que me aprieta por dentro.
Sobre la estantería, cargándose, está la tablet.
Hace más de dos horas que Lucía no la toca. Lo sé porque yo misma se la quité a las ocho, antes del baño.
La cojo con las dos manos y la pantalla se enciende sola. Está caliente.
No templada, como queda un aparato después de horas de uso. Caliente, como el que ha estado trabajando hace nada. La batería marca un 14 %, cuando la dejé a las ocho en un 61.
Abro el historial reciente. Hay un único programa abierto: Fotos. Dentro, en el álbum de la familia, la última entrada tiene fecha de hoy y hora, 23:07.
No es una foto. Es una carpeta nueva, sin nombre, vacía.
La abro. El círculo de carga gira un momento y se detiene.
Sin cambiar de pantalla, la tablet me muestra una línea pequeña debajo del título, en gris:
Creado por: Móvil de Marta (2).
Y justo debajo, como un recordatorio amable de una aplicación que nunca sabe cuándo callarse:
Compartido con: Álvaro, Marta.
Levanto la vista hacia la cama.
Lucía se ha dado la vuelta. Tiene los ojos abiertos.
Me mira sin verme, con los párpados pesados de quien sueña de pie, y dice muy bajito, con la voz que no es de día:
—Mamá, Coronel dice que no mires.