La vecina del 4ºB Capítulo 10 Una vecina de las de antes
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Capítulo 10 Una vecina de las de antes

El miércoles decido tener un día normal por decreto.

Nerea me ha dicho por teléfono que no toque nada del 4ºD, que no vuelva a entrar, y que apunte la hora y el nombre de Consuelo.

Lo ha dicho con un tono nuevo, más grave, sin el «documenta» de antes.

«Si alguien usó ese piso, que conste que lo encontraste tú, con la portera delante.»

Después ha añadido, más baja: «Y ahora, por favor, haz algo aburrido.»

Hago algo aburrido.

Preparo una tortilla. Pongo una lavadora.

Llamo a una empresa para que cambien la cerradura de la puerta, y me dan cita para dentro de nueve días, y me parece una eternidad y también una victoria pequeña.

Guardo el sobre y la foto de la ventana en una funda de plástico dentro de una carpeta, y la carpeta dentro de la caja de los papeles de la mudanza, entre facturas y contratos. Nadie busca un secreto en un trámite.

A las cuatro y cuarto voy al colegio sin mirar a mi alrededor.

* * *

Irene resulta ser una niña de trenzas rubias y voz de megáfono. Se planta delante de Lucía en cuanto salen y suelta, sin tomar aire:

—¿Puedes venir a mi casa a jugar? El hámster se ha escapado otra vez y necesitamos ayuda para buscarlo.

Detrás de ella aparece su madre, una mujer de mi edad con el pelo corto, una mochila de niña colgada del hombro y cara de no haber dormido tampoco.

—Perdona el asalto. Soy Sara. Si te parece bien, vivimos aquí al lado, en la calle Mira. Puedo darte mi teléfono y vienes a recogerla cuando quieras.

Quiero decir que no. Es un reflejo, como el cerrojo. Pero Lucía me mira con unos ojos enormes, y pienso en cuánto tiempo hace que no la veo reírse de verdad, y pienso que todo esto, las fotos, el 4ºD, la silla torcida, no puede costarle también una amiga.

—Claro. Gracias.

—Te mando mi número por WhatsApp. ¿Me dices el tuyo?

Se lo doy. Sara lo apunta y, mientras escribe, sonríe con cierta timidez.

—Por cierto, me alegro de conocerte. Irene no para de hablar de Lucía. Dice que tiene un conejo de peluche que se llama Coronel.

—Sí —río—. Lo lleva a todas partes.

—Me ha dicho que Coronel vigila por las noches.

—Es lo que dice siempre.

Es un detalle tonto, tierno, sin importancia. Lo guardo en algún sitio de la cabeza donde caben las cosas que no importan.

* * *

La casa de Sara huele a macarrones y a pintura fresca. Es un piso luminoso, con una terraza llena de plantas y una estantería desordenada de libros infantiles. Hay un hámster, en efecto, y está en su jaula, muy tranquilo, y las dos niñas se lanzan a montar una búsqueda ficticia por todo el pasillo.

—Siempre es así —dice Sara, sirviéndome una infusión que no he pedido—. Se inventan una aventura y yo la organizo de fondo.

—Te envidio.

—No me envidies. Soy madre soltera desde que Irene tenía dos años. —Se encoge de hombros con naturalidad—. Yo también me mudé sola a esta calle, con un colchón y una caja de platos.

No me dice más y yo no pregunto. Nos quedamos en silencio un momento, dos mujeres escuchando a sus hijas gritar «¡Al ataque!» en el pasillo, y por primera vez desde la mudanza siento algo parecido a descansar.

—¿Dónde vivís? —pregunta al rato.

—En el cuarto piso, en un edificio antiguo. Un cuarto A.

—¿Y te gusta?

—Es… tranquilo.

Le cuento lo de Pilar, lo de las lentejas y el bizcocho, y me sorprende contarlo con cierta ternura. Sara se ríe.

—Tienes una vecina de las de antes. Yo tuve una así en mi primer piso. Me dejaba tuppers en el felpudo. Al principio me daba repelús, y luego descubrí que solo estaba sola.

—Sí —digo, y lo repito en voz baja—. Solo está sola.

Lo creo. Lo creo casi del todo. Es un alivio tan grande que me dan ganas de llorar.

* * *

Volvemos a casa a las siete, con Lucía saltando a mi lado, contándome el hallazgo del hámster detrás de un radiador. Cruzamos el portal. Consuelo levanta la mano desde la portería y yo le devuelvo el saludo con una sonrisa casi sincera.

En el rellano del cuarto, Pilar está sacando el periódico del felpudo. Levanta la mirada y se ilumina.

—¡Mira quién viene! ¿Qué tal, Lucía? ¿Has encontrado al hámster?

Lucía se queda con la boca abierta.

—¿Cómo sabes lo del hámster?

—Me lo contaste tú, cariño, el otro día. Con el bizcocho.

Lucía se encoge de hombros, convencida, y entra en casa corriendo. Yo me quedo un segundo en el umbral, con la llave a medio girar, y Pilar me sonríe con esa ternura tan suya que a veces me hace daño.

—Es una niña encantadora —dice—. Se parece tanto a ti.

—Gracias.

—Buenas noches, Marta.

—Buenas noches.

Cierro la puerta. Me apoyo contra ella, suelto el aire. Por primera vez en una semana, nada me falta ni me sobra. Lucía cena, se baña, se duerme con Coronel bajo el brazo.

Y yo, a las once, en el silencio de la casa, hago lo que llevo evitando desde el lunes: abro la carpeta.

La funda de plástico está en su sitio. El sobre está en su sitio.

La foto de Lucía en la ventana no está dentro.

En su lugar hay un papel doblado en cuatro, escrito a lápiz con la letra pequeña y cuidadosa:

Ya no hace falta que la guardes.