La vecina del 4ºB Capítulo 9 El 4ºD
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Capítulo 9 El 4ºD

No entro.

Le digo a Pilar que gracias, que tengo una cita, y me alejo con el sobre apretado contra el pecho. Ella se queda en el umbral con las manos juntas, sin insistir, y eso es lo peor: que no insista, que se limite a mirarme con esa tristeza mansa de quien ve a alguien resbalar y no puede cogerlo.

Antes de bajar la escalera oigo cómo se cierra su puerta. Después, más lejos y más bajo, el chasquido de la otra, la gruesa, la del fondo del pasillo.

* * *

Me siento en el último escalón del portal, donde no me ve nadie, y abro el móvil. El vídeo de madrugada está ahí, 03:26. Lo pongo con el volumen al mínimo.

En la pantalla, la mesa de la cocina. Mis manos abriendo el sobre con el cuchillo de untar. La foto que sale, Lucía en la ventana, la maceta ajena, la hora en la esquina. Se ve. Se ve con una nitidez casi insultante, y mi propia voz susurra fuera de plano: No duerme bien.

Me quedo helada. No recuerdo haber leído el dorso en voz alta.

Vuelvo atrás y lo escucho otra vez. Sí: lo leo, bajito, y después respiro muy fuerte. Es mi voz. Esa parte es fácil de explicar: leí el dorso y se me escapó. Lo difícil es que tengo una foto en la mano y una foto en el vídeo, y Pilar no ve ninguna de las dos.

O la ve y no quiere decírmelo.

O no hay foto, y lo que hay es una mujer sentada en un escalón que graba con el móvil su propia alucinación.

Me obligo a respirar. Cuento hasta cuatro, sostengo, suelto, como me enseñó una vez una psicóloga de la que nunca hablé con nadie. Pienso en el patio de luces, en la cortina que se movía sin aire. Esa ventana existe. Puedo comprobarla.

* * *

Consuelo está en la portería con un bocadillo a medias y un cuaderno de tapas de hule abierto sobre la mesa.

—Un piso en la esquina de enfrente, en el cuarto —le digo—. Al otro lado del patio. ¿De quién es?

Se limpia los dedos en una servilleta.

—El 4ºD. Está vacío desde hace un año y pico. Era de un matrimonio mayor, los herederos lo tienen a la venta.

—¿Puedo verlo?

—Hombre, es de otros. —Me mira por encima de las gafas—. Pero ¿para qué lo quiere?

—Creo que alguien ha estado dentro.

Lo dejo caer con la voz más firme que encuentro. Consuelo no se ríe ni se asusta. Cierra el cuaderno despacio, abre un cajón, saca un manojo de llaves con etiquetas de cartón y se levanta.

—Vamos. Pero mire, no toque nada.

* * *

El 4ºD huele a polvo y a cerrado. Es un piso gemelo de los nuestros, pero sin muebles, con las persianas a medias y la luz entrando en tiras pálidas. En el salón, junto a la ventana que da al patio, hay una silla de madera con el respaldo torcido.

La silla está mirando al cristal.

—Esa no estaba —murmura Consuelo—. O sí, no sé. Puede que la dejaran los del seguro.

Me acerco sin tocar. En el alféizar hay una marca clara en el polvo, un rectángulo limpio del tamaño de un libro de bolsillo, o de una cámara, o de cualquier objeto que alguien haya dejado y retirado.

Mirando por el cristal, veo al otro lado del patio mi propia ventana, la del salón, con la cortina recogida a un lado. Y, en la esquina, la maceta ajena.

Desde aquí, el encuadre es exacto.

—Consuelo —digo—, esta foto está tomada desde esta silla.

No se la enseño. La sostengo de espaldas, pegada al pecho, y ella no pregunta. Se queda un momento callada, con la llave aún en la mano.

—¿Quién tiene acceso a este piso?

—El administrador y yo. —Se pasa la lengua por los labios—. Y quien venga a verlo, claro. Si hay interesados, los acompaño.

—¿Ha venido alguien?

—Déjeme mirar.

Volvemos a la portería. Abre el cuaderno de hule y pasa las páginas con un dedo grueso, hasta que se detiene.

—Hace tres semanas. Una visita, tarde, sin cita previa. «Interesado en comprar.» —Frunce el ceño—. Lo apunté yo, pero no puse nombre. Me dijo que lo dejaría en la inmobiliaria.

—¿Cómo era?

—Normal. Un señor correcto, con abrigo oscuro. Amable. —Se encoge de hombros con un gesto de disculpa—. Le enseñé el piso, le di la llave para que lo mirase a solas y se la devolví al rato. Es lo que se hace.

Le dio la llave. A solas.

Pienso en la cerradura de mi puerta, en la del buzón, en la cadena que siempre está echada cuando despierto. Pienso en un hombre con una llave prestada y una tarde libre para hacer una copia.

—Consuelo, ¿puede describirme al señor con más detalle?

Se queda pensando un buen rato. Cuando habla, lo hace con la lentitud de quien rebusca en un cajón que creía vacío.

—Ahora que lo dice… no lo recuerdo bien. La cara, digo. Solo el abrigo, y que me dio las gracias dos veces. —Sonríe con pena—. Con los años, una se acuerda de lo que hacen, no de cómo son.

Doy las gracias y me voy sin decir nada más.

En el rellano del cuarto, la puerta del 4ºB está cerrada. No suena nada detrás.

Entro en mi casa, echo la llave y la cadena, y me apoyo contra la puerta hasta que las piernas me responden. Abro el bolso. El sobre está donde lo guardé.

Dentro, la foto de Lucía en la ventana.

La miro un buen rato y, por primera vez, no me siento loca.

Me siento observada, que es casi peor, porque es una sensación que encaja con una explicación, y de las explicaciones, cuando por fin llegan, no se vuelve.