La vecina del 4ºB Capítulo 8 No duerme bien
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Capítulo 8 No duerme bien

Lo recojo con dos dedos, por el borde, como se coge algo que puede morder.

Es el mismo sobre: sin sello, sin nombre, con el mismo 4ºA escrito a rotulador negro.

Esta vez no lo abro enseguida. Me quedo en el pasillo a oscuras, escuchando el rellano a través de la madera.

Ni pasos ni respiración. Solo el zumbido del frigorífico al fondo y, dentro de mi cabeza, una frase de Nerea: documenta.

Enciendo la luz de la cocina, pongo el sobre sobre la mesa y saco el móvil. Grabo un vídeo corto: la mesa, el sobre cerrado, la hora en la esquina de la pantalla, 03:26. Después lo abro despacio, con un cuchillo de untar, y filmo cómo sale la foto.

Es Lucía.

Está en la ventana de nuestro salón, con el pijama de conejos, apoyada en el cristal con las dos manos.

Lleva la cabeza ladeada hacia el patio de luces, como hace cuando mira llover.

La foto está hecha desde arriba y de lejos, y se ve el marco de la ventana, la cortina recogida a un lado y, en una esquina, el borde de una maceta que no es mía.

La maceta es de la ventana de enfrente. La tomaron desde el ala contraria, desde dentro del edificio.

Le doy la vuelta al papel. En el dorso, a lápiz, con la misma letra pequeña y cuidadosa de la última hoja del cuaderno:

No duerme bien.

Me tiembla tanto la mano que el flash del móvil se dispara solo.

* * *

No llamo a nadie. A las tres y media de la madrugada, ¿a quién?

Me siento junto a la ventana del dormitorio con Lucía dormida a mi lado y vigilo el patio hasta que se hace de día. Las ventanas de enfrente están apagadas, todas menos una, en el cuarto piso, en la esquina, donde una cortina blanca se mueve con un aire que no entra por ningún sitio.

A las siete y media el cielo se vuelve gris. A las siete y cuarenta, la cortina deja de moverse.

* * *

Lunes. Dejo a Lucía en el colegio con la misma sonrisa de todos los días, que ya empieza a dolerme en la cara, y vuelvo al edificio con el sobre en el bolso. No lo escondo esta vez. Lo llevo encima, pegado al costado, como si fuera un órgano más.

Tengo claro lo que voy a hacer: enseñárselo a alguien que no pueda ser mi imaginación ni la de nadie que me convenga.

Pienso en Consuelo y descarto la idea por el mero hecho de que la portería me parece demasiado pública.

Pienso en Ferran, que oyó dos pares de pasos.

Pienso en Pilar, y eso me pone la piel de gallina de una forma que no sé explicar.

Sube ella primero. La encuentro en el rellano, regando unas macetas junto a su puerta.

—Buenos días, Marta. ¡Qué cara! ¿No has dormido?

—Tengo que enseñarte una cosa.

Dejo el bolso en el suelo y saco el sobre. La foto dentro, con el dorso hacia arriba. La sostengo con las dos manos delante de ella y la giro despacio.

Pilar la mira.

Mira mis manos primero, después mi cara. Después, otra vez mis manos, con un gesto que yo conozco, el de alguien buscando lo que le han prometido que hay.

—¿El qué, cariño?

—Esto. —Acerco la foto—. Mi hija en la ventana. Hecha desde el patio.

Pilar frunce el ceño muy despacio. No hay burla ni sorpresa en su cara. Solo una preocupación callada, la de quien de pronto ve a alguien a quien quiere hablar en otro idioma.

—Marta… —dice con suavidad—, no tienes nada en las manos.

Bajo la vista.

La foto está ahí. La noto entre los dedos: el papel brillante, el borde un poco doblado, la esquina con la huella de mi pulgar. Veo la ventana, veo a Lucía, veo la maceta que no es mía.

—Claro que sí. Mírala.

—Estoy mirando. —Deja la regadera en el suelo—. Ven, pasa, te preparo algo caliente.

—Pilar.

—Por favor. —Me toca el antebrazo—. Solo quiero que te sientes un rato.

Retrocedo un paso. El sobre me resbala de la mano izquierda y cae al suelo con un sonido casi inaudible. Me agacho a recogerlo y, al levantar la cabeza, veo que la puerta del 4ºB se ha quedado abierta de par en par.

Al fondo del pasillo, la puerta gruesa, la del cuarto cerrado, está entornada.

Hay luz dentro.