La vecina del 4ºB Capítulo 7 Dos pares de pasos
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Capítulo 7 Dos pares de pasos

El domingo lo dedico a la lógica, que es lo único que me queda.

Con Lucía viendo dibujos en el salón, me siento en la cama con el móvil y desmonto el vídeo como quien desmonta un reloj.

Miro las propiedades del archivo: fecha, duración, tamaño.

Todo cuadra con seis horas y cuarenta y ocho minutos.

Busco después una explicación tonta, la que suele ser la buena: poco espacio, una actualización, el sistema que corta y reanuda.

Pero el hueco no es un corte. Es un salto limpio, de las 03:11 a las 04:23, sin un fotograma negro entre medias, como si el tiempo se hubiera plegado.

Abro los ajustes de la cuenta para ver si el archivo se ha sincronizado con la nube.

Lo ha hecho. La cuenta es la de siempre, la de la familia, con el correo que creamos hace años para las fotos de Lucía y la agenda compartida.

Me digo que tengo que separarla. Llevo tres meses diciéndomelo, entre el abogado, la mudanza y el cansancio, y nunca es el momento.

Lo apunto en una nota: separar cuenta. Lo apunto y lo dejo ahí, entre la lista de la compra y el teléfono del fontanero.

* * *

A las doce suenan dos golpes en la puerta. Es Pilar, con un tupper.

—Croquetas. No me digas que no, que ya tengo hechas las de mañana.

Le doy las gracias y esta vez la invito a pasar. Hay algo en mí que quiere mirarla de cerca: su forma de moverse por mi casa, lo que toca, lo que mira. Pilar se queda en el umbral de la cocina, con las manos juntas, sin curiosear.

Casi no recuerdo la tarde de mayo en que firmé este piso: un bolígrafo azul, una sala con aire acondicionado, el cansancio de aquellos meses.

—Qué bien lo tienes ya —dice—. Este piso estuvo vacío casi un año. Tenía mala fama por el ruido.

—¿Qué ruido?

—El del edificio. Ya te lo dije. —Sonríe—. Ferran, el del 3ºA, dice que a él lo despierta a las tres de la madrugada. Yo en cambio duermo como un tronco desde que enviudé.

Pilar me había dicho lo contrario hace dos días: que me había oído a mí en la escalera, a las tres. Lo pienso y no lo digo. Puede que la memoria de una mujer de sesenta años haya mezclado dos noches. Puede que la mía haya mezclado dos frases. En mi cabeza, ya casi todo tiene siempre dos versiones.

* * *

Ferran resulta ser un hombre alto y encorvado, de esos que saludan con la cabeza. Lo encuentro por la tarde en el rellano del tercero, cuando bajo a tirar la basura, con un cajón de herramientas en la mano.

—¿Usted es la nueva del cuarto?

—Marta.

—Ferran. —Deja el cajón en el suelo—. ¿Duerme bien?

Es la tercera vez en tres días que alguien me hace esa pregunta. Estoy a punto de responder con una grosería, pero se me adelanta:

—Lo digo porque yo no. Esta madrugada, hacia las tres y pico, he oído pasos en la escalera. —Rasca el pomo de la puerta con la uña—. Subían. Despacio.

—¿Cuántos pasos?

—Ahí está lo raro. —Me mira por primera vez a los ojos—. Yo diría que dos personas. Una más pesada, otra más ligera, casi arrastrando los pies.

Se me enfría la nuca.

—¿Vio a alguien?

—Abrí la mirilla, pero la luz de la escalera lleva semanas fundida. No se veía nada. —Se encoge de hombros—. Igual eran los de arriba. O igual es cosa mía, que llevo años sin dormir.

—Gracias, Ferran.

—No hay de qué. Aquí es mejor decir las cosas que callárselas.

Subo despacio, contando peldaños. Uno más pesado, otro más ligero. El más ligero, el que arrastra los pies. Es lo que Pilar me dijo. Es lo que dice el vídeo cuando no dice nada. Es lo que Álvaro insinuó con la voz suave.

Si el que arrastra los pies soy yo, ¿quién era el otro?

* * *

Esa noche me llevo el colchón de Lucía al dormitorio y duermo con ella pegada, con su respiración tibia en el brazo. Dejo el móvil grabando otra vez, con la pantalla hacia abajo y el cargador enchufado. El pelo cruzado sobre la puerta, la cadena echada, la silla bajo el pomo.

Es una precaución absurda. Lo sé mientras la coloco.

A las 3:09 me despierto sin motivo. Escucho.

Silencio. Después, muy despacio, algo que no es la madera ni las tuberías: el roce de un papel deslizándose sobre las baldosas del rellano.

No me muevo. Lucía sigue dormida. Cuento hasta cien, luego hasta doscientos, con el corazón golpeándome las costillas.

Cuando por fin me atrevo a levantarme, la silla sigue bajo el pomo, la cadena está echada, y el pelo, en su sitio.

Pero por debajo de la puerta, asomando apenas un centímetro sobre el parqué, hay una esquina blanca.