La vecina del 4ºB Capítulo 6 Setenta y dos minutos
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Capítulo 6 Setenta y dos minutos

El sábado amanece con una lluvia fina que no decide si quedarse. Lucía duerme hasta tarde y yo aprovecho para llamar a Nerea, mi abogada, desde el balcón de la cocina con una taza que se enfría entre las manos.

—¿Qué ha pasado? —dice sin saludar. Nerea es así: la única persona que conozco que pregunta primero lo importante.

Le cuento lo de las fotos. Lo cuento en orden, con la voz de quien declara. La foto de la puerta del colegio, su desaparición, el cuaderno idéntico con el 4ºB en la última página. Me sorprende oírme: dicho en voz alta, todo suena como una lista de cosas que un juez leería con la ceja levantada.

—¿Tienes la foto?

—No.

—¿Testigos?

—Lucía la vio en la mesa. Y dice que ayer creyó ver a su padre.

—Marta. —Baja la voz—. Escúchame bien. Sin la foto, esto es tu palabra contra la de un hombre que no ha hecho nada visible. Y tu palabra, ahora mismo, en ese procedimiento, es lo más frágil que tenemos.

—Lo sé.

—¿Has dormido bien estos días?

Es la segunda vez en dos días que me lo preguntan con ese tono, y noto cómo se me cierra la garganta.

—¿Te ha llamado Álvaro?

—No. Pregunto porque su abogado insistirá en tu estabilidad.

Cualquier cosa que suene a persecución, a paranoia, a episodios, se la van a quedar.

—Un suspiro—. No estoy diciendo que te lo estés inventando.

Digo que si esto es real, necesitas pruebas, y si no lo es, necesitas no dárselas a ellos.

En los dos casos, no denuncies todavía. Documenta.

—¿Documentar cómo?

—Fechas, horas, fotos con marca de tiempo. Todo lo que puedas conseguir sin que lo toque nadie más.

Cuelgo. La lluvia se ha vuelto un poco más seria. Desde el balcón veo el patio de luces: ventanas cerradas, macetas, una antena vieja, y en el ala de enfrente, en el cuarto, una cortina blanca que se mueve.

Solo el aire, me digo.

* * *

Lucía se despierta a mediodía y pide su tablet para hablar con papá.

Lo hace todas las mañanas, y yo lo había olvidado.

Es parte del acuerdo: diez minutos de videollamada, sin mí en pantalla, con la puerta de su cuarto entornada.

Lo negocié yo misma para que ella no notara la ruptura.

Ahora, mientras ella habla y se ríe, me quedo en el pasillo y siento un peso raro: es así como Álvaro se enteró de que yo estaba en el suelo buscando el papel.

No hay misterio. Solo una niña hablando con su padre mientras desayuna.

Es un alivio y me deja inquieta, porque significa que tengo una explicación menos que buscar y dos preguntas más que hacerme. ¿Qué otras cosas le cuenta? ¿Qué más ve él, a través de una pantalla, de mi casa?

Espero a que cuelgue. Le pregunto, casual, qué hablan.

—De mis dibujos. Y del hámster de Irene. —Se rasca la nariz—. Y me pregunta si tú estás contenta.

—¿Y tú qué le dices?

—Que sí. —Me mira un momento—. Es verdad, ¿no?

—Es verdad.

No sé quién de las dos miente mejor.

* * *

Esa tarde salgo a comprar un trípode pequeño para el móvil.

La decisión ha ido tomando forma sola, como una idea que no recuerdas haber tenido.

Si no puedo probar lo que pasa en el rellano, al menos puedo probar lo que pasa en mi casa.

Si camino dormida, quiero verlo. Si alguien entra, quiero verlo.

En cualquiera de los dos casos, dejaré de depender de mi memoria, que ya no me merece confianza.

Por la noche coloco el móvil sobre la estantería del salón, apuntando al pasillo y a la puerta de entrada.

Tapo el piloto con un trozo de cinta para que no se vea.

Activo la grabación, con la pantalla en negro y el modo avión puesto, y compruebo dos veces que la batería está al cien y que hay espacio de sobra.

Antes de acostarme dejo un pelo mío, largo y oscuro, cruzado sobre el marco de la puerta, a la altura de la rodilla. Lo he visto en una película. Me siento ridícula y lo dejo.

Echo el cerrojo. Pongo la cadena. Me tumbo con el reloj a la vista: las 23:40.

Duermo a ratos. Me despierto a las dos, a las tres menos veinte, y oigo lo de siempre: la madera, una tubería, un ruido lejano de ascensor que no debería funcionar a esa hora. Me digo que esto es un edificio viejo. Vuelvo a dormirme con el pensamiento pegado detrás de los párpados como una etiqueta.

A las 7:40 suena la alarma.

Lo primero que hago es mirar el marco de la puerta. El pelo sigue allí, cruzado, intacto. Me recorre un alivio tan grande que casi me da risa.

Lo segundo es coger el móvil.

La grabación ha terminado sola. En la pantalla aparece un archivo: 6 h 48 min.

Yo lo puse a grabar a las 23:41. Son ocho horas justas hasta la alarma.

Faltan setenta y dos minutos.

Abro el vídeo con el pulgar temblando. Adelanto hasta las tres de la madrugada, hasta las tres y diez. En la pantalla, el pasillo a oscuras, la puerta cerrada, el cuadro torcido de la entrada. El contador avanza: 03:09… 03:10… 03:11…

Y salta a las 04:23.

Sin corte, sin imagen intermedia. Como si alguien hubiera arrancado una página.