Capítulo 5 La noche del pasillo
—He dormido bien, gracias —miento.
Pilar sale al rellano con la bolsa de la basura en una mano y las llaves en la otra. Se ha puesto un jersey de lana verde y huele a café.
—Qué bien. Anoche te oí en la escalera y pensé que igual te había costado.
—¿A mí?
—A las tres, más o menos. Arrastrabas los pies, como cuando uno va medio dormido. Abrí un poco la puerta por si necesitabas algo, pero ya no había nadie. —Sonríe sin ninguna intención que yo pueda señalar—. Este edificio hace eso. Con los años te acostumbras a oír de todo.
Le enseño el cuaderno sin decir de dónde lo he sacado.
—¿Lo has visto antes?
Lo mira con curiosidad, no con sorpresa.
—Estaba en el felpudo cuando salí a las siete a tirar el papel. Pensé que se te habría caído del bolso al entrar y no quise tocarlo. —Ladea la cabeza—. ¿Es importante?
—No.
—Ah, eso de la última hoja —dice, inclinándose—. Será que alguien lo cogió por error y me apuntó a mí, para saber a quién devolverlo. Aquí lo hace todo el mundo.
Es una explicación razonable. Es casi demasiado razonable, y esa es la parte que me incomoda.
—Gracias, Pilar. Tenemos prisa.
—Claro, claro. Que tengáis buen día.
Lucía se despide con la mano. Bajamos las escaleras en silencio, y yo cuento los peldaños para no pensar.
* * *
Consuelo está fregando el portal con el cubo apoyado contra la pared.
—Buenos días, señora. ¿Otra vez con preguntas?
—Una sola. ¿Anoche entró alguien que no fuera vecino?
—Nadie. Cerré a las ocho y media y no me moví de la portería hasta las once. —Escurre la fregona con los dos brazos—. Y a las llaves solo tenemos acceso los que vivimos aquí, más el administrador. ¿Es que ha visto algo?
—No. No lo sé.
Me estudia con esa gravedad suya de mujer que ha visto llegar y marcharse a muchas personas en muchos estados.
—Si necesita que mire las cámaras, hay una en el portal. Pero está rota desde marzo.
—¿Desde marzo?
—Nadie la ha arreglado. Se lo tengo dicho a la comunidad.
Asiento. Lucía me aprieta la mano. Salimos a la calle, y el aire fresco me sienta como un vaso de agua.
* * *
A las cuatro y media Álvaro está en la puerta del colegio.
Es viernes, su día, y por eso tiene derecho a estar. Lo sé y lo repito para mis adentros. Lleva el abrigo gris, el que he visto en la foto, y sostiene una bolsa de papel con una tarta pequeña.
—Para Lucía. Y una para ti, la de manzana, que sé que te gusta.
—Gracias.
Lucía se lanza a sus brazos. Él se agacha, la aúpa un segundo, le revuelve el pelo. Es un padre bueno, y ahí está lo difícil. Nadie que lo vea en ese momento pensaría otra cosa. Yo tampoco lo pensé durante quince años.
—Ve a enseñarle a la señorita tu dibujo —le dice—. Yo hablo un momento con mamá.
Cuando estamos solos, baja la voz.
—Marta, no quiero que te lo tomes mal.
—Empieza así y ya me lo tomo mal.
—Lucía me ha contado que últimamente duermes poco y que te levantas por la noche. —Espera, calibra—. Dice que esta mañana estabas en el suelo de la cocina buscando algo.
—Estaba buscando un papel.
—Vale. —Asiente despacio—. Solo digo que, si necesitas hablar con alguien, con un profesional, yo lo entendería. No lo digo por el juzgado. Lo digo por ti.
Se me forma un nudo en la garganta, y no sé si es rabia o cansancio. Lo que más me irrita es que suena sincero.
—No necesito ninguna psicóloga.
—No he dicho psicóloga. —Sonríe con tristeza—. Marta, ¿has vuelto a levantarte dormida? Como cuando murió tu madre.
Se me detiene el aire.
Recuerdo una noche. Una sola, hace nueve años. Desperté en el pasillo del piso con la ventana del salón abierta y el frío entrando en la casa. Álvaro me llevó a la cama sin decir nada, y a la mañana siguiente me preguntó si estaba bien y yo dije que sí. No volvió a pasar. Nunca se lo conté a nadie.
Nunca se lo conté a nadie más.
—Eso fue una vez —digo.
—Claro. Perdona. —Levanta las manos—. No quería agobiarte.
Lucía vuelve corriendo con una cartulina llena de casas y soles. Él la coge en brazos otra vez y se aleja con ella hacia el coche, riendo, y yo me quedo con la bolsa de la tarta en la mano y una sola pregunta que no me atrevo a formular:
Si aquella noche solo lo sabíamos él y yo, ¿por qué siento ahora que alguien más me estuvo mirando?