La vecina del 4ºB Capítulo 4 El cuaderno gemelo
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Capítulo 4 El cuaderno gemelo

Me despierto con la luz del día en la cara y la lamparita apagada.

Tardo unos segundos en entender qué me molesta.

Anoche me dormí con ella encendida, lo recuerdo bien: la miré un rato, el círculo amarillo sobre el techo.

Ahora la habitación está en penumbra gris y el interruptor está en su sitio, sin apretar.

Estoy sobre la colcha, vestida, con los zapatos puestos.

Me quedo quieta escuchando. Nada. Al otro lado de la pared, el murmullo de la tele de Lucía: dibujos, volumen bajo. Se ha levantado sola, como hace desde que nos mudamos, y eso me da un pinchazo de culpa que aparto enseguida.

Me incorporo. Tengo el cuello rígido y la boca seca, y por un segundo mi mano busca en la mesilla un vaso de agua con limón que ya no está. Durante meses me lo dejaron allí cada noche. Desde que me fui de casa, nadie. Miro el reloj: 7:52. Hoy es viernes.

Voy a la cocina descalza, con los zapatos en la mano.

El cerrojo de la puerta está echado. La cadena, también. Lo compruebo con los dedos, como si mis ojos no bastaran. Todo está donde lo dejé: la fuente de Pilar lavada sobre el escurridor, las cajas apiladas, la taza del café de ayer en el fregadero.

Abro el cajón de los cubiertos.

Levanto la bandeja de plástico y palpo debajo, entre las cucharillas de postre que aún están en su envoltorio de celofán. Mis dedos rozan el fondo de madera, liso y algo áspero, sin nada encima.

Saco la bandeja entera. La dejo sobre la encimera.

Vacío el cajón cucharilla a cucharilla, luego lo saco del todo y miro el hueco por si se ha deslizado hacia atrás.

Busco en el cajón de al lado, en el de los trapos, en el bolso, dentro del cuaderno, entre las páginas una a una.

Me arrodillo y miro debajo del frigorífico con la linterna del móvil.

No está.

—Mamá —dice Lucía desde la puerta, con el pijama de conejos y un cuenco de cereales—, ¿qué haces en el suelo?

—Busco una cosa.

—¿Qué cosa?

—Un papel. Nada importante.

Me mira con esa atención suya de niña que ya sabe leer las mentiras pequeñas.

—¿Es la foto de papá?

Se me seca la garganta.

—¿Qué foto?

—La de la mesa. Ayer, cuando volví del baño.

Recuerdo la mesa de la cocina, las lentejas, el sobre. La noche del jueves. La foto estuvo ahí antes de que la guardara. Lucía pudo verla aquella noche y no me dijo nada, como los niños, que guardan lo importante sin avisar.

—No era nada, cariño. Termina el desayuno.

Se encoge de hombros y vuelve al sofá.

Yo me quedo de rodillas sobre las baldosas frías, tratando de ordenar lo que sé.

La guardé en el cajón. Estoy segura. Recuerdo el tacto del papel brillante, el cajón que roza en la guía, la bandeja encima, las cucharillas. Recuerdo comprobar el cerrojo dos veces.

Recuerdo también no acordarme de cómo llegué a la cama.

Es un pensamiento pequeño y lo aparto con la mano, como una mosca, pero se queda dando vueltas. Anoche estaba agotada. Es normal no recordar el trayecto de la cocina al dormitorio. Es normal, lo dice cualquiera.

Me levanto. Lavo la taza. Me obligo a hacer las cosas del jueves en orden, como si la rutina pudiera reconstruir lo perdido: hervir agua, preparar la mochila, buscar el otro zapato de Lucía.

Sonrío cuando ella me mira. Le pongo el abrigo, le anudo la bufanda y le doy el trozo de bizcocho de Pilar envuelto en papel de aluminio.

Solo cuando estamos ya en el rellano, con la puerta cerrada y la llave girada, veo lo que llevaba media hora delante de mí.

Mi cuaderno, el de las notas, está sobre el felpudo, apoyado contra la puerta.

Lo cojo. No recuerdo haberlo sacado. Estaba en el bolso, dentro del cuaderno estaba la foto, y el bolso… El bolso lo llevo yo colgado del hombro. Lo abro.

El cuaderno está aquí, dentro del bolso. Este otro, el que tengo en la mano, es idéntico: tapas negras, espiral plateado, la misma goma elástica.

Lo abro por la primera página. Está en blanco.

Todas las páginas están en blanco, excepto una.

En la última hoja, escrito a lápiz con una caligrafía pequeña y cuidadosa, hay un número:

4ºB

Detrás de mí, en el rellano, la puerta de Pilar se abre con un clic suave.

—Buenos días, Marta —dice su voz, cálida, sin sorpresa—. ¿Has dormido bien?