La vecina del 4ºB Capítulo 3 Bizcocho de limón
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Capítulo 3 Bizcocho de limón

Por la tarde recojo a Lucía con la foto aún en el cuaderno y una decisión a medias: llevarla a la policía, llamar a mi abogada o no hacer nada. Las tres opciones me parecen a la vez razonables y ridículas.

—Hoy he hecho una amiga —anuncia Lucía en la puerta—. Se llama Irene y tiene un hámster que se escapa.

—Qué bien.

—Mamá, tienes cara rara.

—Tengo cara de madre.

Se ríe y me da la mano. Su mano pequeña me ancla más que cualquier decisión.

En el rellano del cuarto piso, la puerta del 4ºB está abierta de par en par. Huele a bizcocho.

—¡Perdona que insista! —Pilar aparece secándose las manos en el delantal—. Es que he hecho de más y una sola no da abasto. Lucía, ¿te gusta el limón?

—¡Sí!

—Pues ven, que está caliente.

Dudo. Debería decir que no, que tenemos deberes, que la casa está patas arriba. Pero Lucía ya ha cruzado el umbral y yo la sigo, porque es más fácil que explicar por qué no quiero.

El piso de Pilar es el mío en espejo. Los mismos techos altos, el mismo pasillo, pero con muebles oscuros y un orden casi clínico.

Fotografías en marcos plateados sobre un aparador: bodas, un hombre de bigote sonriendo junto a un coche, una niña con trenzas.

Al fondo del pasillo hay una puerta cerrada, más gruesa que las demás.

—Mi marido —dice Pilar, siguiendo mi mirada—. Hace seis años. Y esa era mi Elena.

No dice «mi hija». Dice «era», y añade:

—Vive en Canadá. Nos escribimos poco.

Lo cuenta con una ligereza tan bien ensayada que me da vergüenza haber preguntado con los ojos.

Lucía devora el bizcocho en la mesa de la cocina. Pilar le pregunta por su día y por la maestra, y por el hámster de Irene, con un interés genuino que no logro tachar de fingido. Yo bebo un café que no he pedido y noto cómo se me van soltando los hombros.

—¿Y tú cómo llevas la mudanza, Marta?

—Bien. Cansada.

—Se nota que estás sola con todo. —Lo dice sin lástima—. Si necesitas que la recoja alguna tarde, que se quede aquí un rato… Yo estoy siempre.

Siempre. Lo repite mucho.

—Gracias, pero no hace falta.

—Claro. Es por si acaso.

Le sonrío. Ella también. Nos quedamos ahí, dos sonrisas sosteniéndose, y por un momento estoy a punto de sacar el cuaderno y preguntarle: ¿ha visto usted a alguien con un abrigo gris cerca del colegio de mi hija? Me contengo. No sé todavía qué quiero saber, ni de quién.

Cuando salimos, Pilar se agacha para darle a Lucía un trozo de bizcocho envuelto en papel de aluminio.

—Para mañana, en el recreo.

—¿Cómo sabe que mañana hay recreo? —pregunto sin pensarlo.

—Porque hay recreo todos los días, cariño —responde, y suelta una risa corta, cálida.

Tiene razón. Tengo razón en preguntarlo y ella la tiene en responder, y no sé qué hacer con las dos cosas.

* * *

Esa noche acuesto a Lucía a las nueve. Le leo dos capítulos de un libro sobre una rata detective que se sabe casi de memoria. Antes de cerrar la puerta me pregunta:

—Mamá, ¿papá va a venir a verme al colegio?

—Los viernes, como siempre.

—Vale. —Un silencio—. Es que hoy me ha parecido verle.

Me quedo con la mano en el picaporte.

—¿Dónde?

—En la calle. Pero luego no estaba.

—Cariño, a lo mejor era otro señor.

—Vale.

Se da la vuelta hacia la pared. Yo me quedo un rato en el umbral, respirando por la nariz, con esa calma que no es calma sino el intento de parecerla.

En la cocina saco la foto del cuaderno y la coloco a la luz. Busco algo que no vi: un reflejo, una fecha, un cartel. No hay nada. Solo el árbol, el abrigo, la verja.

Decido que mañana la llevaré a comisaría. No hay nada que perder.

La guardo en el cajón de los cubiertos, debajo de la bandeja, entre las cucharillas de postre que aún no he sacado de su envoltorio.

Cierro el cajón. Compruebo el cerrojo de la puerta dos veces.

Me acuesto vestida sobre la colcha, con la lamparita encendida, y me quedo mirando el techo hasta que el cansancio me gana.

Me duermo con la certeza de que la foto está a salvo.

Lo último que oigo, ya casi dormida, es un sonido en el rellano: una pisada lenta, y el chasquido suave de algo metálico que se desliza en una cerradura.

Pero en un edificio viejo siempre hay sonidos.