Capítulo 2 El nombre del colegio
Lucía se niega a desayunar hasta que le prometo que el camino al colegio nuevo pasará por delante de una panadería. Cedo. Cedo mucho últimamente, y lo sé.
—¿Y si no me cae bien nadie? —pregunta en el ascensor, que hoy funciona aunque sea jueves.
—Te caerá bien alguien.
—¿Y si tampoco a ti?
Me río, porque es lo que toca, y le aliso el flequillo. La foto va en el bolsillo interior de mi bolso, dentro de un cuaderno, como si eso pudiera protegerla o protegerme a mí de ella.
En el portal está Consuelo, la portera, barriendo un suelo que ya está limpio. Es baja, ancha de hombros, con unas gafas colgadas del cuello por una cadena.
—Usted es la del 4ºA. Ya me lo dijo Pilar.
—¿Qué le dijo?
—Que había llegado gente buena. —Se encoge de hombros—. Pilar siempre dice eso.
Me detengo. Tengo el sobre a un gesto de distancia. Podría sacarlo y preguntarle si vio a alguien dejar algo anoche en los buzones. Es un gesto de nada.
—Consuelo, ¿ayer por la tarde estuvo usted aquí?
—Hasta las ocho. Luego cierro y me subo.
—¿Vio a alguien meter algo en los buzones?
Frunce el ceño, no con recelo sino con la seriedad de quien se toma un trabajo en serio.
—Los carteros vienen por la mañana. Por la tarde solo la publicidad, y esa la echo yo. ¿Le falta algo?
Lucía me tira de la manga. Tiene hambre y prisa.
—No —digo—. Nada. Solo curiosidad.
Consuelo asiente despacio, como si hubiera guardado la pregunta en un cajón para más tarde.
* * *
El colegio nuevo huele a rotulador y a fruta. Una maestra joven se agacha para hablar con Lucía a su altura, y yo agradezco esa consideración con una intensidad que me sorprende. Cuando mi hija cruza la puerta sin girarse, siento algo que no sabría nombrar: orgullo y pérdida a partes iguales.
Me quedo en la acera con las demás madres y me obligo a no mirar a los lados. Un coche sale despacio. Un hombre con abrigo cruza la calle y no es Álvaro, claro que no lo es, pero mi corazón lo decide antes que yo.
El teléfono vibra dentro del bolso.
Álvaro.
Dejo que suene tres veces. Contesto con la voz más neutra que tengo.
—Hola.
—Hola, Marta. Solo quería saber cómo ha ido el primer día. —Tono suave, medido. El de un hombre que ha aprendido a hablar con el abogado delante—. Sé que es una mudanza dura para las dos.
—Bien. Ha entrado sin problemas.
—Me alegro. —Una pausa correcta—. El colegio de la calle Mira, ¿verdad? Me han dicho que es bueno.
Se me detiene algo en el pecho.
No le he dicho el nombre del colegio. Al menos, no recuerdo haberlo hecho.
Repaso la semana mentalmente: los papeles del cambio, el correo al juzgado, un mensaje que le mandé una noche a las once, cansada, para avisarle de que Lucía empezaría el jueves.
¿Puse el nombre? Puede que sí. Puede que en ese mensaje escribiera todo, como escribo todo cuando estoy agotada.
—Lo sabrás por el juzgado —digo.
—Supongo. —Un silencio corto—. ¿Estás bien? Suenas tensa.
Podría contárselo. Ahí, en la acera, con las madres pasando a mi lado. Decirle: alguien me ha dejado una foto tuya en el buzón. Y oír cómo la respuesta sale suave, comprensiva, con esa preocupación que ha perfeccionado durante quince años de matrimonio.
—Estoy bien —respondo—. Tengo que colgar.
—Claro. Cuídate, Marta.
Cuando cuelgo, noto que tengo la mano sudada sobre el teléfono. Abro el bolso, saco el cuaderno y compruebo que la foto sigue dentro. Sigue ahí: el árbol, el abrigo gris, la verja verde.
La miro un instante más de lo necesario, y algo en ella me incomoda de un modo nuevo. Lo de antes me parecía una foto de él. Ahora me parece una foto hecha desde algún sitio: un ángulo alto, un poco elevado, como desde la ventana de un primer piso o desde el coche de alguien que espera.
Guardo el cuaderno. Empiezo a caminar de vuelta hacia casa.
Y solo cuando llego a la esquina me doy cuenta de que en toda la conversación no le he dicho una sola vez que me he mudado al cuarto piso.
Ni él me lo ha preguntado.