La vecina del 4ºB Capítulo 1 Lentejas
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La vecina del 4ºB

La vecina del 4ºB

Por Julio Suarez Albanchez

© inepub.com

Capítulo 1 Lentejas

La caja de la cocina pesa más de lo que recuerdo haberla llenado.

La dejo en el suelo, entre otras cuarenta, y me quedo quieta un momento escuchando el piso vacío.

Un edificio antiguo tiene sonidos que los nuevos no: la madera que cede, una tubería que tose en algún lugar de la pared, pasos ajenos por encima de mi cabeza.

—¡Mamá, mi cuarto tiene una ventana redonda!

Lucía corre por el pasillo con los calcetines resbalando en el parqué.

Ocho años, el pelo aún húmedo del baño de ayer, la energía de quien no ha entendido del todo por qué nos hemos mudado.

Yo tampoco lo he explicado bien. «Papá y mamá viven mejor por separado», le dije.

Se lo dije tres veces, como quien ensaya.

El piso lo encontró Álvaro, o mejor dicho, un anuncio que él me reenvió una noche de abril con un «mira, este parece tranquilo». Lo vi una sola vez y lo firmé en mayo. De aquellos meses recuerdo poco más que el cansancio.

Suenan dos golpes suaves en la puerta.

Es una mujer de unos sesenta años, pelo blanco recogido, un delantal que no pega con el rellano oscuro del cuarto piso. Sostiene una fuente tapada con un paño.

—Perdona que me presente sin avisar. Soy Pilar, del 4ºB. Te he oído arrastrar cajas y he pensado que a estas horas no habrás cocinado.

Son lentejas. Lo sé antes de que levante el paño. Lo sé por el olor y también por el hecho de que necesitaba lentejas hoy sin habérmelo dicho.

—No hacía falta —digo.

—Claro que no. Por eso se hace.

Sonríe con toda la cara. Hay algo en esa sonrisa que me desarma y a la vez me pone un punto en guardia, y no sé cuál de las dos cosas me molesta más.

Me dice que la portera se llama Consuelo, que el ascensor falla los martes, que el buzón de mi piso se atasca si no lo levantas un poco al meter la llave. Lo dice como quien entrega un mapa.

—Cualquier cosa, ya sabes dónde vivo.

Cuando se va, dejo la fuente en la encimera y descubro que tengo hambre de verdad, por primera vez en días.

* * *

Bajo al portal a las nueve, cuando Lucía por fin se ha dormido, con la excusa de tirar el cartón. Es mentira: quiero comprobar el buzón. No espero nada. Llevo semanas comprobando cosas que no importan, como si controlar lo pequeño me devolviera algo de lo grande.

La cerradura se atasca. Levanto la portezuela, como me dijeron, y cede.

Hay un solo sobre. Sin sello ni remitente, ni siquiera mi nombre. Solo un número, 4ºA, escrito a mano con un rotulador negro que se ha corrido un poco en la esquina.

Dentro, una fotografía impresa en papel brillante.

Es la puerta del colegio de Lucía. Reconozco la verja verde y el cartel torcido de la entrada. Hay niños con mochilas, madres formando corrillos, y en el borde derecho, medio tapado por un árbol, un hombre con abrigo gris, las manos en los bolsillos.

Álvaro.

No debería estar ahí. Tiene su turno de entrega los viernes y esta foto, por la luz y por el abrigo, no es de un viernes. Además, él no sabe que Lucía cambia de colegio esta semana.

Le doy la vuelta al papel. Nada. Ni fecha, ni texto.

Me quedo un rato mirando el árbol. Me digo que puede ser de hace meses. Me digo que cualquiera pudo hacerla. Me digo que alguien se ha equivocado de buzón, pero el número está escrito, el 4ºA, mi puerta.

Subo las escaleras con el sobre pegado al pecho. En el rellano del cuarto piso, la puerta del 4ºB está entreabierta y sale una franja de luz amarilla. No oigo nada. Ni la tele, ni pasos, ni una tubería.

—¿Pilar? —susurro, y me arrepiento en cuanto lo digo.

La rendija se cierra despacio, sin ruido.

Entro en casa, echo la llave y luego el cerrojo, cosa que no hacía desde que vivía con él. Dejo la foto sobre la mesa de la cocina, junto a la fuente de lentejas, y me siento a mirarlas a las dos, como si una pudiera explicarme la otra.

Mañana se la enseñaré a alguien.

Lo pienso con mucha claridad, y es lo último de esta noche que me parece sencillo.