La Vasca: El Caso Hans CAPÍTULO 66
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CAPÍTULO 66

—Por lo poco que sabemos se llama Gustav Schmidt —informa Martín a la inspectora—. Nació en Quedlinburg, Alemania.

—¿Os ha dicho algo? —quiere saber la inspectora.

—No. El cabrón no suelta prenda.

—¿Y os ha dado la dirección de esa casa de la que hablaba y ya está?

—Así es —afirma Pedro—. Hemos mandado a varias patrullas hacia allí y han encontrado a un chico que dice llamarse Hans, es su hijo. Estaba postrado en una cama y una enfermera contratada por Gustav lo estaba cuidando. Y la mujer muerta de la casa era Julia, su esposa.

—¿Habéis interrogado a la enfermera?

—Sí, pero poco nos ha dicho. Le pagaban cada mes, en efectivo. Estaba en paro y la contrataron, nada más.

—Por todo lo que ha ido ocurriendo creo que ese tal Gustav quería salvar a su hijo.

Los cerebros eran importantes para él, quizá los examinaba para curarlo —deduce Amaia—.

Entraré a hablar con él, y quiero que vosotros habléis con Espinosa, que firme la autorización para poder llevar a Rocío al tanatorio…

nuestra compañera merece descansar de una puta vez.

Amaia Garmendia entra en la habitación en la que está el alemán. Ha sobrevivido a los disparos de la casa, pero todavía tardará en recuperarse. Hay un agente custodiándole y lo tienen esposado. La vasca ordena al agente que se retire para poder hablar con él.

—Hola, Gustav —saluda la inspectora quedándose junto a la cama—. Soy Amaia, inspectora de la brigada de homicidios.

—¿Tienen a Hans? —quiere saber él.

—Sí. Lo hemos encontrado en la dirección que nos ha dado.

—Padece Lafora , es una enfermedad rara…

—Lo sabemos. La enfermera que había allí ha puesto al día a los agentes. ¿Por eso ha estado haciendo todo esto, Gustav? ¿Cogía el cerebro de gente con enfermedades para poder ayudar a su hijo?

—No voy a hablar, inspectora.

Amaia coge una silla de la habitación y se sienta junto a la cama. Quiere dar sensación de proximidad.

—Verá, Gustav… yo he perdido a alguien, una gente muy mala ha asesinado a la única persona a la que he querido de verdad. Me han destrozado la vida, el corazón lo tengo hecho añicos, ¿entiende? Me han arrebatado a una parte muy importante de mí.

—¿Por qué me cuenta esto?

—Porque le entiendo… sé que quería salvar a su hijo, y todavía desea salvarle.

Comprendo su frustración, estoy segura de que está rabioso con el sistema, enfadado con nuestro gobierno por no querer investigar más este tipo de enfermedades extrañas…

lo sé, Gustav. Yo también estoy rabiosa por lo que he perdido.

Le aseguro que su hijo irá al mejor hospital y yo me aseguraré de que tenga la mejor atención posible.

—¡Pero eso no le curará! —grita el alemán.

—Lo sé. Pero tenemos que luchar internamente con nuestros demonios y no hacer pagar a otros nuestras frustraciones.

Gustav cierra los ojos durante unos segundos, como si estuviera pensando en hablar o no. No es amigo de la policía, pero sí de la justicia y de la redención.

—Yo solo quería eso… salvarle —confiesa él—.

Mi padre ya lo hacía en la antigua Alemania por orden de los nazis.

Era neurólogo, igual que yo, y la manera de investigar algo es abriendo el mayor órgano del cuerpo humano: el cerebro, el más importante, el que lo mueve todo.

Es la única manera de poder avanzar. Al menos así pensaba mi padre, o quizá le hicieron pensar así.

Pensé que si cogía el cerebro de gente con diferentes enfermedades como la Hemofilia, Alzheimer o cáncer, quizá así podría llegar a descubrir el fallo de la cabeza, ese error que provoca que la gente enferme.

—¿Lo averiguó?

—No, jamás —admite—, ni yo ni mi padre.

—En la casa en la que usted estaba hemos encontrado a una chica viva. Se llama Sandra Vega.

—Lo sé, y antes que ella hubieron otras. No recuerdo ya ni los nombres… no puedo pensar, la última se llamaba Cecilia, la maté porque no podía concebir.

—¿Concebir?

—Sí. No se quedaba embarazada. —Gustav comienza a llorar, como si se estuviera avergonzando de lo que hacía—.

Las violé una y otra vez a todas, muchas veces, decenas de veces.

Mi mujer no quiso al principio, le costó entenderlo.

Pero nuestro ADN no podía formar un hijo sano, pasaría lo más seguro igual que con Hans…

—Un momento… ¿querían tener otro hijo con una chica y por eso las violaba?

—Sí. Le aseguro que me arrepiento de ello, me siento como un ser despreciable…

pero necesitaba un hijo sano, necesitaba a un heredero que continuase con mi apellido…

porque sabía que mi hijo Hans iba a durar poco.

Su enfermedad es mortal. Ni siquiera creía en mi propio proyecto.

Pero quería a un heredero, era algo que necesitaba.

—¿Qué pintaba Felipe Carrera o Tomás Blasco con todo eso? A Tomás lo hemos encontrado muerto en la casa, enterrado.

—Yo puedo ser muchas cosas, pero no soy un asesino.

Tomás Blasco estaba para eso, para acabar con las vidas que yo no podía arrebatar.

A él le producía excitación, le gustaba, y Felipe lo sabía.

Por eso desde la cárcel me lo mandó para ayudarme.

A ese maldito asesino le gustaba cortar cuerpos y cabezas, algo que yo nunca me habría atrevido a hacer.

—Usted no quería ensuciarse las manos, ¿verdad? Era Tomás el que sacaba los cerebros de las cabezas y se los entregaba. Además de un violador es usted un cobarde, Gustav. Le aseguro que su hijo Hans no estaría orgulloso de todo esto.

—¡Mi hijo me apoyaba en todo! Él quería salvarse también.

—Pues mire ahora, Gustav: una madre muerta y un padre en la cárcel. Mi promesa sigue en pie, intentaré por todos los medios que su hijo esté en un buen hospital, pero a usted le deseo que lo pase muy mal cuando un juez le mande a prisión.

La inspectora Amaia Garmendia sale de la habitación.

Llevaba ya varios minutos conteniéndose dentro, no quería dar la sensación de débil, pero hablar de la muerte de Rocío la ha vuelto a destrozar por dentro.

Apoya la cabeza en el pasillo y se pone a llorar.

No mira a su alrededor, le da igual que haya gente delante, solo necesita desahogarse y llora como una niña pequeña a la que han quitado su caramelo preferido.