La Vasca: El Caso Hans CAPÍTULO 65
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CAPÍTULO 65

Raúl Cuadras ha estado hablando con los médicos y le han dicho que Sandra se recuperará.

Además de algunas heridas superficiales, las que más le preocupan son las de a nivel psicológico.

La joven ha sufrido mucho. Su novio se ha puesto a llorar en cuanto le han dicho que la habían violado, pero las arcadas han venido cuando el médico le ha informado de que estaba embarazada.

Ha salido de la consulta y se ha sentado en la sala de espera a llorar.

Él sabe perfectamente que ese hijo no es suyo.

Mientras llora la desgracia en la que se encuentra, el teléfono móvil que le entregó el gitano Gabriel Requena comienza a sonar en el fondo desgracia su bolsillo. Observa la pantalla con temor.

—Dime —dice al responder.

—Nene, enhorabuena por recuperar a tu chica —le suelta el gitano—. En una horita en el bar “Juanjo”. No llegues tarde.

Gabriel ha colgado el teléfono. No ha saludado y mucho menos se ha despedido. Raúl se saca un café de la máquina de vending y sigue llorando. Entra a ver a Sandra una vez más a la habitación y sale a la calle para reunirse con el gitano.

El bar “Juanjo” de la calle Castro de Oro en el barrio de Opañel está como siempre, y en su asiento habitual está sentado el gitano Requena esperando a Raúl Cuadras.

—Así me gusta, que seas puntual, nene.

—¿Qué quieres, Gabriel? —añade Raúl cuando ha entrado en el bar y aproximado hasta el gitano.

—Lo primero que quiero es que te sientes, cojones, que no te van a cobrar. ¿Quieres tomar algo?

—No —niega Raúl a la vez que se sienta en una de las sillas.

—Bueno, tu chica ha aparecido… ¿ves? A veces hay que tener un poco de fe.

—No te debo nada, Gabriel —le suelta Raúl—. Los hombres que mandaste no la encontraron, ha sido la policía que lo ha hecho. Todos esos que trabajaban para ti están muertos, no ha sobrevivido ni uno.

—¿Y qué? Las deudas se pagan, y las mías sobre todo.

Gracias a los errores de esos, la policía la ha encontrado, el resultado sigue siendo el mismo, nene.

No te estoy pidiendo el favor, esto es lo que hay, ¿entiendes?

Y si no pagas tu deuda, ya sabes que los intereses crecerán, y tu chica bonita, la paya esa se verá salpicada, ¿me sigues?

—¿Qué es lo que quieres? —quiere saber el chico.

Gabriel Requena le entrega a Raúl un sobre que saca del bolsillo de su chaqueta, también hace un gesto al dueño del bar para que le acerque una caja.

—Ábrelo —le pide.

Cuando el novio de Sandra Vega abre el sobre, se encuentra con una fotografía de un hombre que viste de negro y un pequeño papel con una dirección y unos horarios.

—¿Qué es esto?

—La deuda que tienes que pagar, nene —responde, tajante.

Después abre la caja que el dueño ha traído y contempla con temor una pistola que hay en el interior—.

El de la foto se llama Joaquín Montoya, es el patriarca de los Montoya, un clan que últimamente me está tocando bastante los cojones.

Quiero que te lo cargues con esta pipa… las balas están dentro y tiene el número de serie borrado.

En el papel tienes su dirección y los horarios en los que suele estar.

—Gabriel… —titubea—, yo no puedo hacer esto. Yo nunca he matado a nadie…

—Vamos a ver, media mierda, ¿a ti qué es lo que no te ha quedado claro?

Que esto no es negociable, nene. Cuando me pediste el favor sabías que eso no era gratis…

Tienes un par de huevos para pedirme encontrar a tu paya cueste lo que cueste, pero en el momento de la verdad te acojonas, ¿no?

Esto no es un juego, Raúl. Ahí tienes la pistola y la información necesaria.

Le pegas un tiro en la cabeza, en la nuca a ser posible.

Y cuando esté en el suelo le pegas otro tiro en el pecho para asegurarte… ¿todo claro?

Raúl se ha quedado en shock. Ahora mismo se siente muerto por dentro.

Sandra está ya a salvo, pero tiene que pagar una deuda muy cara, demasiado.

Le viene otra vez a la cabeza el embarazo de ella, y lo peor de todo es que, cuando ha entrado a verla, ella le ha confirmado que lo quiere tener a pesar de la violación, de esa relación no consentida, a pesar de todo eso, no puede arrebatar una vida de esa manera.

No se siente con ese poder como si fuera un Dios.

Raúl le ha dicho que ese feto todavía no tiene vida, ni siquiera hay todavía un corazón formado, pero a ella le da igual, no se siente con ganas de quitarle la vida a ese hijo que está naciendo dentro suyo.

Raúl echa un vistazo hacia atrás, recordando como ha podido llegar hasta ahí.

Su chica desaparecida, la garita de la urbanización, el visionado de las cámaras para encontrarla…

al final, la han encontrado, sí, ¿a qué precio?

Raúl Cuadras no dice nada más, quizá sea por egoísmo o por cobardía, pero coge la pistola y se apunta con ella a la cabeza.

—¡Dime una cosa, Gabriel! —grita el joven—. ¿Si me mato quedará zanjada la deuda? Si lo hago prométeme que no le harás nada a Sandra. Sé que tus promesas van a misa.

—Tu muerte es el interés más alto en esta operación, Raúl. Sí, con tu muerte la deuda queda saldada, nene.

Raúl aprieta los dientes, cierra los ojos y se pega un tiro en la sien. El suelo del bar “Juanjo” se ha llenado de sangre y trocitos de masa encefálica.

—Menudo mierda seca —suelta Gabriel—. ¡Juanjo! Limpia esta mierda y tráeme una copa, anda.