La Vasca: El Caso Hans CAPÍTULO 64
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CAPÍTULO 64

Cuando Martín y Pedro preguntan, nuevamente, por Felipe Carrera en la cárcel de Valdemoro, les informan que está en la enfermería. Lo han llevado ahí después de una pelea con unos presos.

Al entrar lo ven tumbado en una cama, medio tapado con una sábana llena de sangre y con la cara más inflada que un globo.

—¿Qué ha ocurrido? —le pregunta Osorio al médico.

—Le han dado una paliza que casi lo mata, por el momento no siente las piernas, quizá haya sufrido daño en la médula —explica mientras lee un informe—. En un rato vendrá un furgón para llevarlo al hospital, aquí no podemos hacerle todas las pruebas que necesita.

—¿Se sabe por qué ha pasado esto? —quiere saber ahora Pedro.

—Bueno, algunos presos no vieron con buenos ojos que Felipe tuviera un pájaro en su celda… en el descanso lo cogieron entre varios y se lo hicieron comer.

—¿Al pájaro? —pregunta sorprendido Martín.

—Sí. Se lo metieron vivo en la boca y le obligaron a masticarlo mientras le sujetaban la mandíbula. La paliza vino después.

—¡Joder! —exclama Sierra—. ¿Podemos hablar con él?

—Sí, pero está muy débil. Casi no puede ni hablar.

Los subinspectores se quedan a escasos centímetros del preso, junto a la cama. Los tres se miran pero nadie se decide hablar. Felipe gesticula y mueve los labios, pero no se le entiende demasiado bien. Tiene la mandíbula rota.

—La que has liado con el pajarito, Felipe —dice Osorio.

Felipe no habla. Solo gesticula con las manos. Pero lo que sí hace es escupirles, pero tiene tan poca fuerza que el esputo que mezcla baba y mocos se le cae por la barbilla.

—Maldito guarro —añade Sierra—. Si nos hubieras dado la dirección correcta nada de esto te hubiera ocurrido, ¿entiendes? Esto te pasa por imbécil, Felipe. Dinos una cosa, y más vale que seas sincero… ¿quieres morir?

Felipe Carrera niega con la cabeza.

—Me lo imaginaba… la vida es bonita, ¿verdad?

Mira, yo creo que aquí los presos te tienen ganas, y me parece que en cuanto vengas del hospital y en enfermería te den el alta te van a dar mucho por culo, Felipe.

No te doy demasiado tiempo de vida aquí dentro…

pero, si nos das la dirección correcta te prometemos que haremos todo lo posible para que te cambien de módulo, o incluso un cambio de prisión por tu colaboración.

El subinspector Osorio mira a su compañero y no entiende ese atrevimiento por parte de él, pero si es la única opción para que Felipe hable, habrá que hacerlo así.

Ahora, Felipe Carrera parece entrar en razón. Con su mano derecha hace un gesto en el aire como si estuviera trazando un dibujo.

—Papel, quiere escribir —añade Pedro.

El médico les facilita un folio y un bolígrafo para que el preso pueda escribir. Y cuando se lo dan, lo hace. Escribe con muy mala letra una dirección de una casa en la Sierra, pero la entienden perfectamente.

—Más vale que esta sea la buena, Felipe —suelta Pedro—. Lo que te he dicho va en serio, haremos lo posible para que, al menos, tengas una vida digna en prisión.

Los subinspectores Osorio y Sierra acuden, junto a varias patrullas, a la casa de la Sierra.

Ahora sí, es la correcta. Junto a la valla de la entrada, que según indica un cartel está electrificada, hay un vehículo que corresponde a Pepe Concha, alias el alicates según les han confirmado al introducir la matrícula.

Pedro comprueba que la valle es segura y avanzan junto a varios agentes.

Al entrar en el domicilio huele a hierro; es sangre, está por todas partes.

—¡Puta masacre! —exclama Martín.

Registran la casa y solo hay un superviviente. Un hombre al que no pueden todavía identificar. Acuden más patrullas, tres ambulancias y el equipo forense liderado por Espinosa.

—¿Crees que puede ser el tal Gustav? —le pregunta Pedro a Martín mirando uno de los cadáveres.

—Ni puta idea. Tendríamos que hacerle una foto y enseñársela a Agustín para ver si es el tal Ge, a lo mejor es el que ha sobrevivido —dice mientras mira al superviviente.

—Espero que podamos identificarlos rápido.

Los agentes de uniforme acceden a un sótano, y en una habitación encuentran a una joven que se identifica como Sandra Vega.

—¡Subinspectores! —grita el agente que ha hecho el hallazgo.

Cuando Pedro y Martín ven a la joven se quedan estupefactos. El olor en esa habitación, en la que está encerrada, es insoportable. Es una mezcla entre heces, orina y comida podrida. Incluso creen que huele a semen.

—¡Joder! —salta Martín—. ¡Esto es un puto asco!

—¿Qué mierdas hacía ese tío aquí?

Varios sanitarios atienden a la joven y al superviviente. Y los forenses esperan la llegada del juez para el levantamiento de los cuerpos.

—¿Cómo está la chica? —le pregunta Martín a uno de los médicos de la ambulancia.

—Bastante mal, pero al menos está consciente y habla —explica—. Por lo que nos ha dicho la han estado violando, un tío con una máscara blanca. Está muy desnutrida y deshidratada, te diría que ha sufrido bastante. Menos mal que la habéis encontrado, poco más hubiera aguantado aquí.

—Será alguno de los de la casa, esperemos que no sea uno de los muertos el de la máscara.

—Llevadla al hospital, nosotros informaremos a la inspectora jefe e iremos a hablar con ella en cuanto podamos —añade Osorio.

Uno de los sanitarios, el que está atendiendo al superviviente, llama a los subinspectores y les pide que se acerquen hasta la ambulancia.

—¿Qué ocurre? —quiere saber Pedro al acercarse.

—El que ha sobrevivido ha preguntado por la policía.

El superviviente está malherido, tiene sangre por todo el cuerpo, pero peor está el cuerpo destrozado que han encontrado. El que está cortado a trozos a causa de una explosión.

—Somos policías —le indica Pedro al herido—. ¿Querías hablar con nosotros?

—Sí —afirma con voz pausada y resquebrajada—. Tienen que encontrarlo, está en otra casa. Por favor, no permitan que le ocurra nada.

—¿En otra casa? —pregunta desconcertado Sierra—. ¿Qué tenemos que encontrar?

—A mi hijo, a Hans. Está muy mal y tienen que decirle que su padre seguirá luchando hasta el final.

—¿Quién es usted? —indaga ahora Martín.

—Soy Gustav Schmidt.