CAPÍTULO 63
Dos médicos han examinado en el hospital más cercano a Beatriz y sobre todo a Noelia Crespo.
Les han hecho diferentes pruebas y ahora es Amaia la que entra en la sala en la que la niña desaparecida está descansando, tumbada en la cama.
El doctor le ha dicho que es mejor que no la moleste, que ha sido mucho el tiempo que ha estado encerrada.
Noelia está deshidratada y desnutrida. Además de varias heridas por todo el cuerpo.
Jaime y Margarita, los padres, ya están avisados.
—Hola, Noelia —saluda la inspectora.
La niña tiene la mirada perdida, es consciente de dónde está, pero se siente muy débil.
—Hola —dice ella con voz apagada.
—El médico ha dicho que te pondrás bien, así que no te preocupes. Aquí estás a salvo. Me llamo Amaia Garmendia, soy policía y me llaman La vasca .
—¿Por qué?
Amaia está intentando empatizar con la niña, no quiere que la vea como una enemiga, sino como alguien que solo quiere ayudarla.
—Porque nací en el País Vasco… ya sabes, cosas de compañeros que son muy graciosos —le dice y sonríe—. Llevo buscándote varios días, desde que me enteré de tu desaparición en aquel parque junto a tu casa. Hace pocos días hablé con tus padres. ¿Recuerdas a tus padres, Noelia?
La niña asiente con la cabeza sin decir nada.
—Vendrán dentro de muy poco. He hablado con ellos y se han puesto muy contentos de que estés aquí. ¿Tienes ganas de verlos?
—Sí.
—¿Los recuerdas?
—Algo.
—Bueno, ellos no habrán cambiado demasiado en cuatro años, tú en cambio, sí. Verás, Noelia, quiero saber quién te secuestró, por eso he de hacerte varias preguntas. Me gustaría que me respondieras a todo lo que supieses… lo único que quiero es encerrar a los que te han hecho esto. ¿Me ayudarás?
—Sí.
—Bien. ¿Sabrías decirme en qué lugar has estado encerrada? ¿Qué es lo que recuerdas?
—En el sótano de una casa. Sé que era una casa porque Beatriz, la chica que me ha sacado de ahí, me ayudó a salir y la vi al subir las escaleras, pero la primera vez que me llevaron me taparon los ojos.
—¿Sabes quién te secuestró del parque hace cuatro años?
—Eran dos hombres en una furgoneta, aparcaron cerca de donde yo estaba —explica—. Se bajaron del vehículo, vinieron hacia mí y me taparon la cara. No me dio tiempo incluso ni de gritar.
—Bien… lo estás haciendo muy bien. ¿Recuerdas algo de ellos? ¿Un detalle, la voz, el olor?
—No.
—¿Qué ocurrió después?
—Cuando me quitaron eso de la cabeza que no me dejaba ver vi que estaba en ese sótano.
Fue un hombre el que me quitó la venda y me dijo que ya estaba en casa.
Me ató a unas cadenas y, de vez en cuando, él y un chico joven venían a cambiarme el agua y a ponerme comida.
Hay días en los que venía una mujer y me obligaba a vestirme con una ropa parecida a las que suelen llevar las criadas esas que salen en las películas.
Hace tiempo me bajaron un reproductor portátil y me pusieron una película, salía una mujer negra que era la criada, a mí me vistieron igual.
La mujer que venía al sótano bajaba con una bandeja, con platos y vasos y me enseñaba a llevarlos.
También me decía como colocar los cubiertos en una mesa, o como lavar platos o hacer una cama.
Todo me lo explicaba con dibujos en una pizarra. Como si fuera una profesora.
Los médicos le han dicho a la inspectora que Noelia no ha sido violada, todavía es virgen, y eso la tranquiliza, de todas formas tiene que hacer una pregunta que odia hacer.
—¿Alguna vez te tocaron? Me refiero a la mujer, o al hombre o al chico… o cualquiera que hubiera bajado.
—Nunca.
—Bien, Noelia, lo estás haciendo muy bien.
Amaia hace algunas preguntas más, pero cualquier respuesta le lleva a otras preguntas. Ahora es el turno de hablar con Beatriz, la chica a la que creía responsable del crimen de Rafael Pomares, pero después de todo lo ocurrido, tiene claro que no fue ella.
—Hola, Beatriz —le dice la inspectora—. Nos hemos conocido en comisaría, antes de que vinieras al hospital, y en casa del abogado, cuando estuve con mi compañera.
—Sí, la recuerdo. ¿Cómo está la niña que he sacado de ese sótano.
—Ella está bien, se recuperará.
—Cuando la saqué de ahí me dijo que llevaba mucho tiempo encerrada…
—Unos cuatro años —le confirma Amaia.
—¡Joder! —exclama la joven—. ¡Hijos de puta!
—Le he hecho varias preguntas a Noelia, y me gustaría hacértelas también a ti, es importante conocer todos los detalles para poder coger a los que han hecho esto.
—Vale. Ayudaré en lo que pueda.
—Te vi por primera vez en casa del abogado Rafael Pomares, ¿trabajabas allí?
—Sí, por llamarlo de alguna forma.
—¿Qué quieres decir? —indaga Amaia.
—A Noelia la secuestraron hace cuatro años, como bien ha dicho, pero a mí me secuestraron hace muchos más.
Verá, inspectora, esa gente lo único que quieren son esclavos.
Hay gente que paga mucho dinero por tenernos en sus casas o en sus empresas haciendo todo lo que nos digan, a mí me han follado por todas partes…
si no hacía lo que me decían, me matarían. No tenía otra opción, ¿entiende?
—¿Esclavos?
—Sí. Esclavos, criados, criadas, esclavas…
llámelo como quiera. Nos cogen de niñas y nos preparan.
Nos tenemos que comportar bien, hacer caso, obedecer, nunca llevar la contraria, somos escoria…
eso somos para ellos, somos basura. He trabajado para muchos clientes, uno de ellos era Rafael Pomares, ese hijo de puta depravado asqueroso…
me alegro que esté muerto. En cuanto vi aparecer a aquel chaval del pantalón de pana sabía que se lo iban a cargar.
Cuando vienen a hacerte una visita es para eso.
Seguramente cuando vinieron a interrogarle usted y su compañera fue eso lo que provocó su muerte…
imagino que fingieron un suicidio o cualquier otra mierda, ¿verdad?
—Sí. ¿Quién es ese chaval joven del pantalón joven? El repeinado.
—Uno de ellos, alguien que seguro está muy arriba, tiene que ser alguien de mucha confianza. Solo envían a los que están con la cúpula. Yo necesitaba salir de toda esa mierda… no podía más, inspectora. No se imagina todo lo que he tenido que hacer todos estos años.
—¿Quiénes son todos esos? —quiere saber Amaia.
—No sé prácticamente nada, pero sé que se hacen llamar La Corporación. Alguna vez he escuchado ese nombre, es lo único que puedo decirle.
Para Amaia ya es la segunda vez en el día que oye hablar sobre eso. Ahora sí es consciente más que nunca que detrás de todo eso hay algo muy oscuro.
—¿Dónde encontraste a Noelia?
—En la casa en la que me mandaron. Cuando nos quitan un cliente nos mandan de seguida a otro —explica Beatriz—. Recibimos las instrucciones por teléfono móvil. Me enviaron a casa de un tal Pelayo Íñiguez y de su hijo Alex. Me la encontré allí, en el sótano.
—¿Cómo escapaste?
—Los maté, a los dos. Eran dos cerdos que solo merecían morir. Y lo volvería a hacer mil veces más.
—Bien, cuando te interrogue un juez intenta no decir eso, di que fue en defensa propia… Escucha, necesito que me des esa dirección… mandaré a una patrulla y a los forenses, seguro que encontramos algo para poder detener a esa Corporación, o como coño se llame.
El subinspector Osorio y Sierra acuden junto a una patrulla al domicilio de Pelayo y su hijo Alex.
Cuando entran en la casa, después de recibir la orden del juez no encuentran absolutamente nada.
No hay cuerpos, no hay sangre, no hay documentación, y el sótano en el que se supone que estuvo encerrada Noelia Crespo está lleno de salfumán y lejía.
Se huele nada más comenzar a bajar las escaleras.
Bastante difícil sería que los forenses pudieran encontrar alguna prueba o pista que les lleve a esa Corporación.
Cuando informan a Amaia, ella no se extraña, se imagina que son meticulosos y que no quieren dejar ni una sola pista que pueda llevar hacia ellos.
—Vale, quiero que volváis a la cárcel de Valdemoro —ordena la inspectora—, sacadle a ese asqueroso la ubicación real del lugar en el que esté ese tal Gustav y Tomás Blasco.
—¿Qué cojones es esa Corporación, jefa? —le pregunta Osorio al otro lado del teléfono.
—Ni puta idea, Martín, pero esto no pinta nada bien.
La inspectora Garmendia tiene toda la razón, todo ese asunto no pinta nada bien.
Es demasiado oscuro, turbio. Ya había entrado ahí, estaba avanzando lentamente por un laberinto lleno de peligros y muerte.
Comenzó a entrar en cuanto aceptó el caso que el comisario Faustino Mendoza le había explicado.
Solo era el secuestro de una niña, de Noelia Crespo, desaparecida cuatro años atrás en un parque cerca de su casa.
Puede parecer fácil, simple, pero detrás de todo lo sencillo puede haber algo terrible, algo que escapa a la comprensión de cualquier persona, y Amaia no imagina en ese momento el lugar en el que estaba metiendo las narices.