La Vasca: El Caso Hans CAPÍTULO 62
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CAPÍTULO 62

Amaia Garmendia está junto a la mesa metálica en la que se encuentra el cadáver de la agente Contreras. Hilario Espinosa, el forense, ha destapado la sábana blanca y se ha estremecido. Da igual cuantas veces vea el cuerpo de la joven, todas ellas le producen horror.

La inspectora recuerda ahora las palabras de aquel chaval repeinado con pantalones de pana: cuando le decía que volvería a verla, que estaría de nuevo con Rocío. Pero es cierto que en ningún momento le dijo si estaría viva o muerta. Todo ha sido un engaño y una trampa mortal.

Han interrogado al transportista, alguien le había pagado cincuenta mil pesetas en un locutorio para llevar esa caja a la Puerta del Sol. Amaia sabe que esos hijos de puta lo único que querían era espectáculo, hacer todo eso en un lugar público para que todo el mundo lo viese.

—Lo siento mucho, Amaia —le dice Espinosa.

La vasca no dice nada, solo llora por dentro para que nadie la vea llorar por la agente Contreras.

Piensa que si la ven, pensarán que podía existir un romance o algo parecido, solo lo piensa, cualquiera puede llorar un muerto, pero ella se quiere hacer la dura.

Ahora mismo siente rabia, dolor, ira… quiere venganza, la necesita.

Respira hondo y se prepara para los detalles escabrosos.

—La degollaron, como puedes ver —explica el forense—. Pero antes le arrancaron la piel, creo que con un bisturí o quizá algo parecido. Ahí ya perdió muchísima sangre, pero el fallecimiento se produjo por el corte en el cuello.

—¿La violaron? —quiere saber Amaia.

—No, la he examinado y no la tocaron.

A lo mejor es un alivio que sea así, piensa la jefa, pero le da igual.

Quiere matarlos a todos. Quiere llegar hasta el fondo del asunto.

Noelia; una niña desaparecida, la muerte del ex comisario Santiago Ríos, el intento de asesinato del comisario Mendoza y de ella, la muerte de Vicente Prado, el policía que investigó la desaparición de la pequeña, también muertos los de narcóticos, aquellos que secuestraron a Noelia.

Amaia está más perdida que nunca, pero quiere ir a por todos los que estén involucrados.

—Hay algo más —añade Espinosa.

—¿El qué?

—Mira esto. —El forense le da la vuelta al cuerpo y muestra unas letras que hay en la espalda, hechas también con bisturí.

—¿La Corporación?

—Sí.

En la espalda de la agente Rocío Contreras, en pequeño, hay un escrito que pone “La Corporación”.

—Están en la espalda, no puede habérselo hecho ella —deduce Amaia.

—Exacto. Así que, o bien alguien nos ha querido mandar un mensaje para que sepamos lo que hay y no nos acerquemos, o alguien nos manda eso para que investiguemos lo que hay detrás.

—Sea lo que sea, Espinosa, no creo que sea nada bueno. ¿Algo más?

—No, eso es todo. ¿Llamaste a su familia?

—Sí, ya están avisados todos los que tenía que llamar. No tardarán mucho en venir.

Cuando la inspectora sale del anatómico forense y llega a comisaría se enciende un cigarrillo en la puerta antes de entrar y ve aparecer a los subinspectores Osorio y Sierra. No hay palabras, solo abrazos, lágrimas y lamentos durante varios minutos.

—¡Joder, Amaia! —salta Sierra—. ¿Pero qué cojones ha ocurrido?

—Ha sido en la Puerta del Sol —explica—, delante de todo el mundo. Eso querían, que lo viera todo Dios. La trajo un transportista en una caja… la abrí y… ¡Mierda! Ni siquiera puedo explicarlo.

Vuelven a abrazarse los tres. Ya no son cuatro, solo tres. El equipo está roto.

—¿Quién ha sido? —indaga Osorio—. Dímelo, Amaia, porque pienso cargarme a todos los que hayan hecho esto.

—Todavía no lo sé, pero tiene que ver con lo del caso de Segovia… y, algo sobre La Corporación.

—¿La Corporación? —se pregunta Martín—. ¿Qué mierda es eso?

—No lo sé, pero Rocío lo tenía escrito en la espalda, se lo han hecho con cortes, con un bisturí quizá.

—¡Joder! —se lamenta Sierra—. Tenemos que encontrar a los que han hecho esto y darles bien por culo.

—Escuchadme —añade la inspectora—. ¿Vosotros qué tal? ¿Tenéis algo?

Los subinspectores saben que es duro cambiar de tema y hablar de otro caso, es muy jodido en un momento como ese, pero son policías, y lo juraron sobre la bandera.

—Te contaremos todo, el cabrón de Felipe Carrera nos ha explicado muchas cosas, pero al final, nos ha jodido. Nos mandó a una casa diciéndonos que Tomás Blasco y Gustav estaban allí…

—¿Y bien? —le pregunta ansiosa Amaia.

—Todo mentira —le dice ahora Pedro—. Vamos a coger el periquito de ese hijo de puta y se lo vamos a meter por el culo. Martín y yo fuimos a parar a una casa de ancianos, un matrimonio muy simpático por cierto. Joder, ese pedazo de mierda de Felipe nos la ha jodido.

—Bueno, como bien has dicho os ha explicado bastantes cosas, si son verdad quizá tengamos algo importante.

Dicen que las casualidades no existen. Sin embargo, la historia está llena de ellas.

Un escritor imaginó el nombre de un joven náufrago décadas antes de que un muchacho con ese mismo nombre muriera exactamente igual.

Un actor encontró en un banco del metro el único ejemplar que llevaba días buscando.

Y hasta dos hombres nacidos el mismo día, en la misma ciudad y casados con mujeres del mismo nombre llegaron a conocerse por puro azar.

A veces la realidad parece escrita por un novelista con demasiado sentido del humor.

Quizá por eso, cuando dos caminos se cruzan en el momento más improbable, no siempre es necesario buscar un destino oculto.

En ocasiones, simplemente sucede. Por eso, en ese preciso instante, cuando los tres continúan llorando la muerte de la agente Contreras, dos chicas; una más joven que la otra, bajan de un taxi acompañadas por el conductor.

—¿Son policías? —les pregunta el hombre.

—Sí —le responde Amaia—. ¿Qué ocurre?

—He traído hasta aquí a estas dos chicas, me pedían ayuda urgentemente. Estaban vagando por la calle y me pararon…

—Hola —saluda la inspectora, aunque la cara de la más mayor le resulta muy conocida—. ¿Estáis bien? ¿Cómo os llamáis?

—Yo me llamo Beatriz, y ella es Noelia Crespo. Necesitamos que nos ayuden, por favor.