La Vasca: El Caso Hans CAPÍTULO 60
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CAPÍTULO 60

El coche de Amaia abandona la autovía y toma una carretera estrecha.

A ambos lados comienzan a aparecer viviendas levantadas sin ningún orden, unas de ladrillo visto, otras de chapa y madera.

Los cables eléctricos cuelgan entre postes improvisados como si fueran telarañas negras.

Un perro cruza lentamente la calzada sin apartar la vista del vehículo.

Más adelante, dos niños juegan al fútbol junto a un montón de escombros mientras una mujer, seguramente la madre, tiende ropa entre dos fachadas.

El aire huele a humo húmedo, plástico quemado y gasóleo.

La inspectora reduce la velocidad. No es el silencio lo que la inquieta, sino la sensación de que decenas de ojos la observan y siguen cada movimiento del coche desde detrás de cortinas, puertas entreabiertas y ventanas rotas.

La vasca para junto a una parroquia construida de madera y ladrillo. Se baja del coche y se enciende un cigarrillo. Un yonki se le acerca pidiéndole un pitillo, ella se lo da. Amaia se toca el arma que lleva en la parte trasera, la lleva.

Cuando faltan tres minutos para la hora que le han indicado ve aparecer a lo lejos un coche negro, antiguo, de los años ochenta.

El vehículo se queda a escasos metros del de ella, y del interior sale el chaval repeinado.

Es él, lo reconoce al instante. Hay otro hombre al volante y otro en la parte trasera del coche.

—¿Dónde la tenéis? —indaga Amaia.

—No corras tanto, inspectora —le pide el chaval—. En esta vida hay que tener paciencia. ¿Has traído todo lo que te pedí?

—Sí, pero no os daré nada hasta que no vea que mi agente está bien.

—Por cierto, inspectora, dime una cosa: ¿por qué te enamoraste de una chica de tu equipo? He de reconocer que la chavalilla es guapa, pero hay muchos policías muy atractivos… es solo una duda que tengo.

—No te importa una puta mierda a ti.

—No, claro que no, inspectora. Pero a ti sí te importa saber quién soy yo, ¿verdad? Sé que has estado buscando información sobre mí, pero no has conseguido averiguar nada. ¿No te parece frustrante?

—Ahora mismo me da igual quién eres… solo quiero recuperar a mi agente.

El hombre que está sentado en la parte trasera del coche negro abre la puerta y sale del vehículo, el chaval joven le ordena que se acerque a la inspectora para que le haga entrega de todos los documentos.

—Dáselos, Amaia, no perdamos más tiempo.

La inspectora entrega los documentos que le han pedido, no tiene otra opción.

Es la vida de Rocío a cambio de unos papeles, ellos tienen ventaja.

A Amaia le encantaría poder sacar su arma y disparar hacia el chaval repeinado de pantalón de pana, al conductor y al otro tipo, pero no puede arriesgarse.

Cualquier pequeño fallo podría hacer que mueran y entonces no sabría dónde tienen a Rocío.

—Me dijiste que en cuanto tuvierais los documentos soltaríais a mi agente.

—Así es, y yo nunca miento, inspectora.

Se trata de Rocío, de su Rocío, por eso no puede existir ningún error.

Si la que estuviera secuestrada fuera una agente de su brigada sin ningún tipo de relación sentimental, lo más seguro que si no se la devolvieran se liaría a tiros, o seguramente hubiera pedido refuerzos, pero el error de Amaia es estar enamorada.

Y en la policía hay que pensar con la cabeza, y no con el corazón.

—¿Dónde está? —insiste ella.

—Mira tu reloj, inspectora —le pide el chaval repeinado—. En dos horas en la Puerta del Sol. Tu querida agente estará allí, confía en mi palabra, la tendrás. Ese era el trato, y nosotros siempre cumplimos con nuestros tratos.

—¿Por qué ahí? ¿A qué viene todo esto?

—Porque en esta vida hay que divertirse, inspectora. Confía, todo lo bueno está por llegar. En dos horas tendrás a tu chica en tus brazos.