CAPÍTULO 61
La Puerta del Sol de Madrid está abarrotada de gente, como casi cada día. Los coches y autobuses pasan a cada instante, llenando la zona de humo y de sonidos de claxon que no dejan de sonar.
La Puerta del Sol es el auténtico corazón de Madrid.
Desde ella parten varias de las principales calles de la ciudad, como Preciados, Arenal, Alcalá, Carrera de San Jerónimo o la calle Mayor.
A cualquier hora del día hay un flujo constante de personas.
Hay cientos de peatones caminando con prisa, vendedores de lotería, kioscos de prensa y músicos callejeros, y también oficinistas mezclados con turistas y estudiantes.
La plaza está rodeada por edificios de fachada rojiza y balcones blancos, todos de una altura bastante uniforme.
Destacan especialmente: La Real Casa de Correos, con su famoso reloj que marca las campanadas de fin de año.
La estatua ecuestre de Carlos III, y la del Oso y el Madroño.
Huele a humo de tabaco, a café recién hecho y al perfume de los transeúntes que pasan apresurados.
Amaia sale del coche, lo ha dejado cerca de un paso de cebra.
La Puerta del Sol hierve de vida. Autobuses rojos y blancos cruzan lentamente la plaza mientras los taxis avanzan entre un concierto de cláxones impacientes.
Decenas de personas salen del Metro como si fueran arrastradas por una corriente invisible.
Oficinistas con el maletín bajo el brazo, turistas mirando mapas, y músicos callejeros tocando piezas que nadie conoce.
Amaia recorre la multitud con la mirada, y le parece extraño que el chaval repeinado no le haya recordado que acuda sola al lugar.
Hay algo extraño en el ambiente, como si fuera a ocurrir algo malo.
La inspectora tiene un presagio que le provoca un escalofrío, pero quizá sea una tontería.
Ese chaval, ese pedazo de cabrón, le ha dicho que confíe en ellos, que la recuperará, que volverá a tener a Rocío con ella.
Si no estuviera tan enamorada no sufriría tanto.
La inspectora observa a su alrededor, busca algún indicio que le indique que la agente Contreras está al llegar.
Quiere verla, necesita verla. Cuando la tenga cerca no volverá a dejar que se la lleven.
Amaia se siente culpable, si no hubieran parado en aquel motel nada de esto estaría pasando.
Pero después piensa que se la hubieran podido llevar en otro sitio.
Esos hombres parecen tenerlo todo controlado.
¿Quiénes son? Piensa. Parecen ser Dioses que todo lo saben, y eso la pone muy nerviosa.
Amaia piensa ahora en su madre, solo un segundo.
También piensa en su padre, un segundo también.
Pasan los minutos y ya es la hora acordada.
No hay movimientos extraños ni nada que haga presagiar un desenlace fatal.
Los transeúntes siguen caminando, los taxis y autobuses también.
Un camión de reparto de una marca de patatas entra en la plaza, se queda cerca de Sol.
Baja un hombre con gorra y ropa deportiva, camina hacia la parte de atrás y abre el portón, se sube y, con una transpaleta, baja una caja de madera, grande y antigua, parecida a las que usan los magos para desaparecer cuando se meten dentro: un tipo de baúl.
La inspectora la mira, la analiza, se queda observándola fijamente hasta que, en uno de los laterales hay un corazón dibujado con las letras RC. Quizá se refiera a Rocío Contreras.
—¡Mierda! —exclama Amaia.
Corre hacia allí con su arma en mano pidiéndole a todo el mundo que se aparte rápidamente de la zona. Agentes de la local están cerca, sacan sus armas y la apuntan.
—¡Baje el arma! —le ordena uno.
—¡Soy policía! —Amaia enseña su placa—. ¡Alejen a todo el mundo, esta caja de aquí es sospechosa!
La inspectora ordena al transportista que se tire al suelo y ponga sus manos detrás de la espalda.
Pide a uno de los agentes de la Policía Local que le ponga las esposas.
La vasca está a tan solo unos centímetros de la caja, no hay cerradura ni candado.
Se puede abrir fácilmente, eso cree. Cuando abre la tapa se da cuenta de que tiene sangre en las manos.
Se la mira y siente repugnancia. En el interior hay un saco, negro y de tela aterciopelada, cerrado con unas cuerdas.
Vuelve a observar a su alrededor, comprueba que nadie se va a aproximar a la caja.
Deshace el nudo y abre el saco. Le viene olor a podrido y a sangre.
Jamás podrá expresar lo que siente al ver el interior.
La inspectora comienza a vomitar cerca de la caja, por un momento piensa que se va a desmayar, o incluso morir de una taquicardia.
En el interior del saco hay un cuerpo, es la agente Rocío Contreras.
La han degollado y arrancado media cara.
Amaia se queda horrorizada, se arrodilla junto a la caja, llora y grita de dolor.
La Puerta del Sol se queda en silencio. Ya no hay cláxones, no hay gritos, no hay murmullos, solo hay muerte.