La Vasca: El Caso Hans CAPÍTULO 59
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CAPÍTULO 59

Julia, la mujer de Gustav y madre de Hans, no dudaría en lanzar la granada si fuera necesario.

Es su marido quien debería dar la orden, pero solo espera que pueda controlar la situación.

El padre de Gustav guardaba un gran arsenal de armas, y su hijo lo heredó, claro.

Gracias a eso, al menos, pueden defenderse.

—¿Por qué liarnos a tiros cuando podemos llegar a un acuerdo? —comenta Pepe—. Ya somos todos mayorcitos, creo que podemos negociar.

—Yo no quiero negociar —le dice Gustav—. La chica no se mueve de aquí, ¿entiendes? No hay negociación posible. Lo que tenéis que hacer es bajar las armas y salir por donde habéis entrado, nada más.

—Joder, amigo, lo estás poniendo difícil, eh.

—Que ganas de pegarle un tiro —añade Carroña .

—Ya te digo —confirma Godoy —. Entre ceja y ceja se lo metía yo, y luego otro por el culo.

—¡Callaos, joder! —les grita el alicates —. Este tío parece un hombre razonable, así que lo que podemos hacer es darle unos segundos para que piense… una especie de cuenta atrás.

Guillermo tiene ganas de disparar, y tiene a tiro a la mujer.

Sabe que si dispara la mataría, pero también caería la granada.

Quizá tuvieran tres o cuatro segundos para poder retirarse e intentar cubrirse, no más de eso.

Pero ha de intentarlo. Está hasta los cojones de esa encrucijada y la paciencia no es una de sus mayores virtudes.

Mira hacia Pepe, quiere entablar contacto, desea mirarlo atentamente a los ojos y decirle con la mirada que va a hacerlo, que piensa actuar.

Guillermo se pone a toser, lo hace a propósito, solo busca que el alicates lo mire, y es lo que ocurre.

Pepe mira hacia donde está su compañero e intercambian miradas.

Los ojos hablan solos, no hace falta soltar ni una palabra.

Pepe le da su aprobación con tan solo un parpadeo.

Por eso, Guillermo no lo duda y dispara hacia la cara de Julia, la mujer de Gustav. En ese momento, Pepe grita:

—¡Al suelo, hostia!

La granada explota. Gustav se ha escondido detrás de la puerta de la cocina.

Después de la detonación ve a su mujer, llena de sangre, cortada en trozos, la mano izquierda por un lado y la derecha por otro, trozos de carne que no sabe ni de que parte del cuerpo son.

También observa un pie reventado y una pierna también.

No hay tiempo para llorar, no hay tiempo para despedirse de su mujer.

Gustav comienza a disparar contra los cuatro hombres mientras se protege detrás de la pared que da a la cocina, ellos responden también disparando.

Godoy recibe un disparo en el hombro y otro en el pecho, junto al corazón.

Cae al suelo, detrás de un sillón y Carroña se arrastra hacia él para socorrerle.

Hay mucha sangre y muere en cuestión de segundos.

Guillermo intenta apuntar a la cabeza de Gustav cuando se deja ver desde la cocina, pero el pelirrojo no acierta con el tiro.

Se han acabado las balas, pero todos las recargan y siguen disparando. No hay tregua para ninguno.

Carroña observa el cadáver de su compañero, ahora no lo llora, no hay tiempo para eso.

Pero, cuando se incorpora para volver a su posición, Gustav da un tiro certero en su cara.

Carroña es grande y fuerte y cae al suelo provocando una especie de estruendo.

Su rostro está reventado, desfigurado. La bala ha hecho que su ojo derecho se salga de la cuenca.

Ha muerto. Pepe contempla la escena horrorizado.

Él y Guillermo continúan vivos, y tiene que seguir siendo así.

Gustav intenta matar a otro, sabe que solo quedan dos.

Su padre le enseñó a disparar, por eso sus tiros son tan certeros.

En la antigua Alemania tenías que saber hacerlo si pertenecías al partido nazi, al menos es lo que le dijeron al padre de Hans.

Nunca supo si era verdad o mentira, pero aprendió a defenderse.

—¡Escucha, querido alemán! —le grita Pepe desde su posición—. Ya te has cargado a dos de los míos, es cierto que nosotros hemos matado a tu mujer, pero yo diría que ya tenemos bastante, ¿no crees? Esto se solucionaría dándonos a la chica.

—Ya te dije, Pepe el alicates , que eso no iba a ser así. La chica no se mueve de aquí.

—Este tío es imbécil —suelta Guillermo mientras recarga el arma.

—Algo muy importante tiene que estar haciendo con la paya para quererla tanto —concluye Pepe.

—¡Largaos de aquí, joder! —grita Gustav—. Decidle a quien os haya enviado que no la habéis encontrado.

—No tienes ni puta idea de quién nos manda, amigo —añade Pepe, pensado en el gitano Gabriel Requena—. Te aseguro que lo mejor para ti es que no lo conozcas, ¿entiendes? El tipo tiene muy malas pulgas, así que será mejor que no te metas con él.

—Tiene que ser por aquí —le dice Martín a Pedro.

—Sí, el camino es como el que ha dicho Felipe.

Los subinspectores Osorio y Sierra avanzan con el coche por un camino lleno de tierra para intentar llegar a la casa que el preso les ha indicado.

Al final, Amaia ha conseguido que el juez autorizase la entrada de un periquito en la cárcel de Valdemoro.

De todas formas, sabe que alguno de los presos lo matará y freirán al pájaro en una sartén.

Cuando el documento de autorización ha llegado a prisión, Felipe Carrera les ha facilitado la dirección en la que podrían encontrar a Gustav.

Les ha dicho que es una casa que pertenece a Tomás Blasco, de una herencia de un conocido suyo.

A Gustav le gustó el lugar y por eso decidió instalarse allí para esconderse.

El sótano también le había llamado la atención; era el lugar perfecto para esconder a las chicas y así poder dejarlas embarazadas para perpetrar su plan.

Un plan que tiempo atrás le contó a su mujer, a ella le costó aceptarlo, pero al final lo hizo.

—Mira —salta Pedro—. Allí está la casa, tal y como nos ha dicho el cabrón de Felipe.

—Sí, la veo —afirma Martín—, pero hay una puta valla.

—Dejamos el coche aquí y vamos caminando. Mucho mejor así, por lo menos no nos verán llegar.

Los agentes salen del coche, traspasan la valla con cautela y avanzan hacia el caserón. Caminan agazapados con sus armas en mano. Pedro ha pedido refuerzos y le han indicado que tardarán en llegar.

—¿Por qué nosotros siempre vamos a toda leche y cuando pedimos refuerzos nos dan por culo? —recrimina Sierra.

—Los demás no son tan eficaces como nosotros, compañero.

Pepe y Guillermo continúan agazapados entre muebles y sillones intentando no estar a tiro para Gustav. El alemán asoma la cabeza siempre asegurándose que puede estar perfectamente cubierto.

—¡Oye, alemán! —grita el alicates —. Ya que estamos en esta situación, ¿por qué no nos explicas para qué quieres a Sandra Vega?

—No creo que lo entendáis. Es demasiado complicado para vosotros.

—¿Te crees que somos asesinos de poca monta o qué? Me estás comenzando a tocar los cojones, alemán, y cuando se me acaben de inflar no voy a tener piedad.

Martín y Pedro están en la zona trasera de la casa.

Hay una ventana y está abierta. Cuando Osorio mira hacia el interior ve que es una habitación, vacía y con solo una cama sin hacer.

Entran con sumo cuidado, parecen gatos, igual que Pepe y sus hombres.

Los subinspectores oyen voces, parecen venir del pasillo hacia la derecha, quizá del salón.

Sujetan sus armas con fuerza, quieren estar preparados para cualquier cosa.

—Voy al pasillo —indica Osorio—. Cúbreme.

Pedro cubre a su compañero. Los dos se preparan por si hay que atacar.

No saben lo que se van a encontrar en el interior de la casa.

Las voces continúan, no logran entender qué es lo que dicen.

Salen al pasillo, armas en mano, los pasos son lentos, milimétricos.

Les ha dado la sensación de escuchar un insulto, al menos es lo que creen.

—Sois dos imbéciles que habéis venido aquí a joderme el día —suelta Gustav—. Habéis asesinado a mi esposa, y os juro que os voy a matar, si decidís iros ahora solo retrasaréis lo inevitable, pero al menos tendréis una oportunidad.

—¡Vete a la mierda, alemán! —le grita Pepe—. Ya me estoy comenzando a cansar de tu conversación. No tengo mujer ni hijos, ni testamento hecho, pero me importa una mierda. Voy a salir de aquí detrás y te voy meter un tiro en los cojones, hijo de puta.

Martín y Pedro empuñan sus armas, ven el salón desde su posición. No pestañean, no tiemblan, están acostumbrados a situaciones como esta. Y, al salir del pasillo, se despliegan por el comedor y Pedro grita:

—¡Alto, policía!

—¡Arriba las manos, hostia! —grita ahora Martín.

Pero, como se suele decir, el gozo en un pozo. En el salón, sentados en un sofá, hay una pareja de ancianos viendo un programa que se llama Furor , dadas las horas que son, no parece en directo, pero sí es una reproducción de un VHS grabado de días anteriores.

—Hijo de perra —añade Martín—. Felipe nos la ha jugado.