La Vasca: El Caso Hans CAPÍTULO 58
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CAPÍTULO 58

Felipe Carrera observa atentamente a los subinspectores que tiene delante.

Ya le han conseguido al preso, por orden de un juez, algunas ventajas en prisión que ha pedido, cosas del tipo como: revistas porno, más cigarrillos o algo de alcohol.

Los policías le preguntan por Tomás Blasco, por lo que hablaban en la cárcel, por lo que Felipe sabe.

Él no puede evitar volver a aquellos recuerdos del día en el que conoció a Gustav.

Un hombre tan misterioso como enigmático.

Jamás podrá olvidar ese momento en el que le habló de su hijo Hans.

Nunca lo admitió, pero se le rompió el corazón.

—Entonces, ¿por qué está bebiendo, querido amigo? —le preguntó Felipe mientras bebía un trago de su copa.

—Mi hijo está enfermo —le confesó Gustav—. Se llama Hans, y es posible que se muera dentro de poco. Tiene una enfermedad degenerativa, una enfermedad de esas raras que nadie quiere investigar. Padece Lafora , pero no me pregunte más sobre ella, porque ahora mismo esa dolencia es mi peor enemigo.

—Lo siento mucho. —Felipe puso su mano en el hombro del alemán—. De verdad, no imagino entonces por lo que debe de estar pasando. Debe de ser muy triste tener a un hijo enfermo.

—Gracias. Mi esposa y yo ya no sabemos qué hacer.

Seguí los pasos de mi padre, soy neurólogo, no tan bueno como él, pero fíjese…

tanto conocimiento sobre el cerebro humano y no soy capaz de curar a Hans.

Él lo es todo para mí. Si mi hijo muere, yo moriré con él.

Tengo mucho dinero, pero ni eso le puede ayudar.

Felipe no había estudiado nada, pero tampoco era un analfabeto. La calle le había curtido, cuando uno es niño y tiene pocos recursos lo único que queda es tener que buscarse la vida. Por eso, después de varias copas, se sintió más lúcido que nunca en ese bar de mala muerte.

—Escuche, amigo —le dijo a Gustav—, ha pensado en… bueno, no sé, quizá sea una tontería por mi parte pero…

—¿El qué? —quiso saber Ge .

—Ha de seguir todos los pasos de su padre… me refiero a… ¿por qué no continúa con su trabajo? Alemania perdió la guerra, pero usted no tiene que perderla. Su padre comenzó un trabajo y seguro que no lo terminó.

—¿Qué quiere decir con eso?

—Lo que quiero decir es que debería dedicar el tiempo que le queda a su hijo a hurgar en la mente de las personas, en sus cerebros, ¿por qué no buscar una cura?

¿Por qué no buscar una solución? Usted dice que es neurólogo, ha visto a su padre hacer todo aquello…

hágalo, amigo, busque una posible cura para su hijo. No pierde nada por intentarlo.

Gustav se quedó pensativo durante unos segundos. Contempló su copa, se la bebió y le pidió al camarero que se la volviera a llenar.

—Pero yo no puedo matar a nadie, mi padre lo hacía, él me obligaba, pero yo ya no puedo… aquella persona desapareció. Yo no soy un asesino.

—¡Joder! ¿Por qué no? Hablamos de la vida de su hijo, amigo, ¿no es capaz de hacerlo por él?

—No, ya le he dicho que todos aquellos muertos me atormentan. Mi padre era un asesino, yo no lo soy.

—Su padre era un asesino, pero seguro que una parte de él también quería ayudar —le dijo Felipe.

Gustav no quería hablar más de su padre.

Algo de corazón sí tenía, pero a cambio de dinero o de piezas de oro.

Como cuando venían judíos a su casa para ver los cadáveres de sus hijos o hijas.

Contactaban con amigos de Gustav, que a cambio de dinero u objetos que poder vender a un precio alto.

El padre de Hans les permitía después ver los cuerpos para poder despedirse de ellos.

Él pensaba que con eso tenía algo de corazón, otros podrían pensar que es cruel.

—Mi padre era capaz de matar —confiesa Gustav—. Y también era capaz de mostrar su mejor sonrisa después de cometer un crimen. Yo no seré así jamás.

—Usted ha dicho que tiene dinero, ¿verdad? Pues le propongo un trato, se lo diré muy claro, querido amigo alemán, y solamente se lo diré una vez. Yo puedo ayudarle, yo puedo asesinar por usted, yo le traeré a donde me diga lo que necesita. Y ahora le pregunto, ¿qué es lo que necesita para comenzar?

—Los cerebros, eso es lo que necesito.

Felipe Carrera ha contado toda esa historia a los subinspectores Osorio y Sierra, y ellas miran incrédulos al preso. Les da la sensación de estar en una película de ciencia ficción.

—El problema de todo esto —continúa Felipe—, es que después de tener todos los cabos atados me metieron en la puta cárcel…

—Y contactaste con Tomás Blasco, ¿no es así? —le indica Osorio.

—Así es. Tomás era el único que podía hacer todo eso…

cortar cabezas y extraer los cerebros. No hacía falta que cortase los cuerpos por la mitad, pero veo que las ansias han podido con él.

Por eso los crímenes eran muy parecidos, no es un imitador, es solo un loco que hace el trabajo que yo tenía que hacer.

Me acordé de la mujer con Alzheimer, coincidí con ella en una clínica, le dije que se la llevara.

Gustav quería a gente enferma, pensaba que así podría hacer caerse a curar lo que padecía su hijo.

—¿Dónde podemos encontrar a ese tal Gustav? —indaga Pedro Sierra.

—Esa información vale mucho más que unas cajetillas de tabaco, señores.

—Escucha, Felipe —salta Osorio, enfadado—: Ya te hemos podido dar lo que has pedido, y todo firmado y sellado por un juez ¿entiendes? Dinos dónde podemos encontrar al alemán y a Tomás Blasco. Intenta, por una vez en tu puta vida, hacer lo que es correcto.

—Estoy en la cárcel y todos los días tengo que vigilar mi espalda, me importa una mierda hacer lo correcto o no.

—¡Joder! —salta Martín—. ¿Qué coño quieres ahora?

Felipe lo tiene claro. En la vida solo ha sentido amor y cariño por una persona, que era su abuela. Y la segunda, fue por un ave, el periquito que ella le regaló. Lo amó mucho y jamás le hizo daño.

—Quiero un periquito —añade el preso—. Me tienen que dejar tener una jaula aquí dentro. Si me lo conceden, diré dónde está Gustav. Tan sencillo como eso, agentes.

El subinspector Martín Osorio se hubiera levantado en esos momentos para darle una hostia bien dada a Felipe, y así poder borrarle la sonrisita que se le acababa de poner.

Pero no podía hacerlo, ojalá, piensa él.

Ahora era momento de volver a llamar a Amaia y pedirle que hable con el juez y que autoricen meter una jaula con un pájaro dentro de la cárcel de Valdemoro.

Si les cuentan ese dato hace un mes no se lo creería ninguno de ellos.