La Vasca: El Caso Hans CAPÍTULO 55
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CAPÍTULO 55

Cuando los subinspectores Martín Osorio y Pedro Sierra entran en la cárcel de Valdemoro para hablar con Felipe Carrera, lo único que se les viene a la cabeza es la imagen de su compañera Rocío.

No quieren ni imaginar por lo que debe de estar pasando.

Ni ellos, con todos los años que llevan en la policía, han tenido que pasar por algo así.

—¿Crees que estará bien? —añade Martín.

—Sí, seguro. Ella es fuerte —le tranquiliza Pedro—. Y la encontraremos, Amaia lo hará. La jefa por el equipo es capaz de cualquier cosa.

El funcionario de la entrada les hace pasar por el control de seguridad y los hace entrar en una pequeña sala después de haber recorrido un pasillo.

—Esperen aquí, mis compañeros traerán ahora al preso.

Casi un cuarto de hora después, Felipe Carrera entra en la sala seguido de uno de los funcionarios de prisiones. Lo sientan en la silla sin quitarle las esposas.

—Sus compañeras me gustaban más —suelta el preso.

—En esta vida todo no se puede tener, Felipe —le contesta Osorio—. ¿Estás seguro de que no quieres que haya un abogado presente?

—Los abogados me comen los huevos. ¿Qué cojones quieren ahora?

—¿Quién es Tomás Blasco? —le interroga Sierra.

Felipe Carrera se ha quedado callado, no dice absolutamente nada, es como si hubiera visto a un fantasma.

—¡Contesta, joder! —grita Martín—. Sabemos que ha venido a visitarte a la cárcel, es inútil que lo niegues, Felipe.

Felipe Carrera sabe que los policías tienen razón, claro que ha ido a verle Tomás, no hay otra manera de entrar en prisión para visitar a un preso sin identificarse, y muy difícil o imposible acceder con un documento falso.

Felipe sabía que, antes o después, vendrían a preguntarle por Blasco, eso era cuestión de tiempo.

Parece que haya pasado un siglo desde la primera vez que lo vio, y solo hace unos pocos años que se encontró a Gustav.

Felipe lo conoció en un día cualquiera, a una hora que no es en absoluto importante, y fue como se conocen muchas personas: en un bar, entre copa y copa, entre cigarro y cigarro.

—Llena otra vez la copa —le dijo Gustav al camarero.

El chaval de la barra le llenó de nuevo la copa hasta arriba. A su lado, un hombre lo llevaba observando desde la primera que tomaba.

—¿Cómo se llama? —le preguntó.

—¿Disculpe? —quiso saber Gustav.

—La mujer por la que bebe.

—No es una mujer por la que bebo —le dijo el alemán.

—¿Entonces? Los hombres bebemos por mujeres…

—¿Le importa a usted? —le preguntó ofendido Gustav.

—No me importa, pero mire a su alrededor. Somos dos hombres bebiendo en un bar, tanto que nuestro hígado nos está pidiendo un respiro. ¿Por qué beber solos cuando podemos contarnos nuestras desgracias?

El alemán se lo quedó mirando durante unos segundos, intentando analizar cada gesto, cada mirada y cada palabra de aquel hombre que tenía a su lado.

—Cuénteme las suyas entonces —le pidió Gustav.

No supo por qué, pero por primera vez, Felipe se sintió cómodo y con ganas de hablar con un desconocido de todas sus intimidades más escabrosas, las más oscuras.

—He matado a gente, a mucha —se sinceró—. A tanta que ni siquiera recuerdo ya.

—¿Por qué?

—Porque lo necesito. Me hace sentir bien, libre, diferente.

—¿Qué les hace? —quiso saber Gustav, más por morbo que por curiosidad.

—De todo. Pero lo que más me gusta hacer es cortarlos por la mitad, o cortarles la cabeza. Estoy enfermo, lo sé.

—Yo nunca he matado a nadie —le confesó Gustav, mintiéndole—, y creo que jamás podría hacerlo.

—Bueno, amigo, eso es lo normal, ¿no cree? Lo más lógico es no matar a nadie, usted es normal, yo, no. Yo soy un enfermo, y lo soy desde que soy un niño.

Fue tal la sinceridad de ese hombre, que Gustav sintió que podía charlar tranquilamente sin ser juzgado. Quizá era una manera de desahogarse con alguien y no fingir ser otra persona. Algo parecido a una confesión con un cura.

—Mi padre era un asesino.

—¿Cómo yo?

—No —le dijo Gustav—. Usted es un hombre que necesita matar para sentirse bien, porque lo necesita. Mi padre era un asesino, él mataba porque se lo decían, y cuando lo hacía quería mucho más.

—Que casualidad, dos hombres en un bar unidos por la muerte. ¿Quién le ordenaba matar a su padre? —le preguntó Felipe.

—Si se lo digo no me creería.

—Pruebe.

—Primero quiero sincerarme. Le he mentido —admitió el alemán.

—¿En qué ha mentido?

—Yo sí he matado a gente, pero cuando era niño, y porque me lo ordenaba mi padre.

Él era un asesino porque recibía órdenes, pero le gustaba, sé que era algo que también le hacía sentir bien —explica Gustav, sincerándose—.

Mi padre podía asfixiarlos, podía matarlos rápido con un cuchillo, evitar que sufriesen…

pero no lo hacía. Él los quería ver sufrir, a todos.

Cuando me pedía que yo los matase, quería que lo hiciera de una forma cruel, haciendo que sufriesen la peor de las torturas.

Todo aquello me atormentaba, y me sigue atormentando.

No lo puedo evitar. Crecí en un hogar lleno de muerte y destrucción.

—¿Quién ordenaba a su padre asesinar? —quiso saber Felipe, ansioso por conocer la respuesta.

—Fue hace unos cincuenta años, en Alemania, mi país natal. Fue el Führer , por orden de gente que estaba por debajo de él, hombres que querían conseguir cosas para su líder.

—¿Se refiere a Hitler?

—Sí, Adolf Hitler. Pero mi padre jamás lo conoció, nunca. Solamente hablaba con altos mandos que le decían lo que tenía que hacer.

—¿Por qué su padre?

—Porque era médico, el mejor neurólogo de Alemania.

Y también estaba especializado en muchas más cosas.

Mi padre era miembro del partido nazi, por eso lo eligieron.

Le pidieron investigar el cerebro de hombres y mujeres, los judíos fueron los más afectados en aquella época.

Se los traían a mi padre directamente desde los campos de concentración, y en nuestra casa, en el sótano, tenía un laboratorio en el que experimentaba con los cuerpos, pero sobre todo con los cerebros.

Después enterraba los cuerpos en el jardín, o en el establo.

Olía a podrido y a muerte. Una vez muertos no le permitían sacar los cadáveres de casa.

Hitler buscaba muchas cosas: poderes sobrenaturales, la vida eterna, magia mística…

y una de las cosas que buscaba era investigar el cerebro humano para poder curar todo tipo de enfermedades y conseguir la vida eterna.

Ese era el fin. Me pasé toda mi infancia y juventud viendo como destripaba los cuerpos y analizaba los cerebros de todas sus víctimas.

Estaba ahí, presente, porque mi padre me obligaba. Ese es mi pasado.

—Querido, amigo —dice Felipe alzando su copa—, brindemos por aquellos tiempos que ya no volverán. Brindemos por la muerte y por los muertos que, lo más probable, nos estarán esperando en el infierno.

Los dos brindaron, como dos amigos que se conocen desde hace muchos años.

En ese momento no lo supieron, pero sí volverían esos tiempos, aquellos momentos oscuros de la historia regresarían, y lo harían en unos meses, siendo el detonante aquella misma conversación.

Algo oscuro estaba naciendo dentro de Gustav, o como le gustaba que lo llamasen: Ge .