La Vasca: El Caso Hans CAPÍTULO 54
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CAPÍTULO 54

Cuando suena el teléfono de Pepe el alicates , los demás se quedan en silencio, expectantes de saber si es Garriga el que llama. Y así es, es el poli corrupto el que está llamando, y eso solo puede significar que tiene una información muy importante.

—Se llama Tomás Blasco, es mitad imbécil y mitad hijo de puta.

Está fichado por algún que otro altercado, pero hace años un testigo lo acusó de secuestrar a una chavalilla que iba a trabajar a una panadería, la chica apareció muerta pero nunca pudieron probar que la había matado él —explica Garriga, al otro lado del teléfono—.

Al parecer se ha estado viendo con un viejo amigo suyo de la infancia, un tal Felipe Carrera, está preso en la cárcel de Valdemoro.

Lo sé porque está formando parte también de una investigación, pero no por la desaparición de la chica que buscáis, la tal Sandra Vega, sino por unos asesinatos que se están cometiendo, incluida la vieja aquella con Alzheimer que también se llevó ese cabrón.

—Eso me importa una mierda, Garriga —le suelta Pepe—. ¿Cómo encuentro al Blasco ese?

—Lo único que he podido conseguir es una dirección en la sierra, heredó de un familiar una casa allí. He llamado a unos forestales y les he pedido que se acerquen por fuera, hay luz en la casa, así que probablemente lo tengáis allí. Con un poco de suerte también estará la chavalilla que buscas.

—Eres el puto amo, Garriga. Gracias.

Cuando Pepe cuelga la llamada, da orden a Guillermo, Carroña y Godoy para que se preparen.

—¿Hay algo bueno? —le pregunta Guillermo.

—Así es —le confirma el alicates —, es la mejor de las noticias. Ya sabemos quién es el que se llevó de la urbanización a la paya, un imbécil llamado Tomás Blasco. Moved el culo, nos vamos a hacerle una visita.

La casa de la sierra de Madrid está oculta tras una gran cantidad de árboles, no está hecho a propósito, pero lo parece.

Como si quisiera estar oculta del resto mundo.

Para llegar hasta ahí hay que cruzar por un camino pedregoso durante varios kilómetros y entrar en un sendero vallado que, por lo que pone en un cartel, está todo electrificado, pero es mentira.

—Nos acercaremos lo máximo que podamos a la casa —indica Pepe—, después iremos a pie.

Y eso acaban haciendo. Cuando no pueden continuar más, los cuatro se bajan del coche y, entre los árboles, se mueven hacia la casa. Comprueban el vallado, no hay corriente.

—Quiero todo esto más limpio que una patena, ¿entendido? —ordena Pepe—. Tiene que salir de puta madre. Os cargáis a quien os dé la gana, pero a la chica ni tocarla.

Continúan avanzando lentamente hasta que llegan a la zona trasera. Fuerzan una de las ventanas, una que da a una pequeña habitación y entran de uno en uno. Lo hacen en completo silencio, parecen gatos. Cada uno de ellos va armado con una pistola, compradas en el mercado negro y sin número de serie.

Al salir de la habitación avanzan por un pasillo hasta llegar al comedor, pero les espera una sorpresa: Hay una mujer de pie, junto a la chimenea. Lleva una escopeta en una mano y una granada de mano en la otra.

—Habéis hecho saltar la alarma al acercaros al perímetro —comenta la mujer—. ¿Quiénes sois?

—La pregunta es: ¿Quién cojones eres tú? —añade Pepe.

—Tengo la anilla de la granada quitada, si alguno me dispara el detonador manual saltará… yo de vosotros no dispararía.

—Hija de puta —suelta Carroña.

—Es una zorra muy lista —dice ahora Guillermo.

—¡Callaos de una puta vez! —grita Pepe—. Escucha, bonita, hemos venido a buscar a Sandra Vega, y algo me dice que tú sabes quién es.

—Vosotros no sois policías, ¿quién os manda?

—Tu puta madre nos manda —le dice Pepe en tono burlón—. Solo la queremos a ella, ¿entiendes? Ni más ni menos, tú dinos dónde está y por mí ya te puedes ir tan fresquita… no tiene que salir nadie herido.

—De aquí no se mueve ni Dios —dice ella—. Y el primero que yo vea que hace algo raro me lo cargo. ¡Soltad las armas!

Nadie más habla, solo hay un silencio sobrecogedor. Los cinco se miran y se apuntan con las armas, pero la que tiene un as en la manga es la mujer, que es quien tiene la granada.

—¿Y tú que haces con una granada, bonita? —le pregunta Pepe—. ¿Eres la mujer de Rambo o qué?

—¡He dicho que soltéis las armas! —vuelve a gritar ella.

En ese momento, por un pasillo, aparece caminando un hombre de aspecto normal, el típico que si lo vieras por la calle podrías pensar que es profesor en una escuela, de música tal vez.

—¿Por qué no nos tranquilizamos? —suelta él.

—¿Y este quién es ahora? —quiere saber el alicates —. ¿Rambo?

—Soy su marido —resuelve el hombre—. Me llamo Gustav.

—Escucha, amigo —añade Pepe—, a nosotros nos da igual como te llames, ¿entiendes? Solo hemos venido a por Sandra Vega, y estoy seguro de que tú sabes donde está, ¿verdad? Pareces un tío sincero, venga, dímelo. Dime lo que quiero saber.

—Así es —le confirma Gustav—. Yo sé donde está, pero no os la voy a entregar. Al menos no hasta que termine todo mi trabajo.

—Pues tenemos un problema —señala Pepe sin dejar de apuntar con el arma.

—Pues sí —afirma el alemán.

—¿Y qué hacemos? —suelta Pepe con tono burlón—. ¿Nos liamos a tiros o le dices a tu señora que lance la granada y la palmamos todos?

—¿Cómo te llamas tú?

—Yo me llamo Pepe, pero me puedes llamar alicates .

—Muy bien, Pepe el alicates , pues nos tendremos que liar a tiros.