CAPÍTULO 52
La habitación de Alex, el hijo de Pelayo Íñiguez, es grande.
La puerta es robusta y tiene una cerradura que él ha cerrado con llave.
Hay una cama enorme en forma circular, al lado una mesita con un candelabro, un trípode junto a la ventana con una cámara de vídeo y varios cuadros con escenas sexuales que parecen muy reales.
Hay una ventana que da a la calle, pero la cortina de color rojo que hay no deja ver demasiado el exterior, y al entrar el sol al interior hace que el habitáculo se vea rojo, como si estuvieras en un prostíbulo.
El chaval le ha dicho a Beatriz que entre al baño que hay en la misma habitación y que se dé una ducha para quitarse los pelos que tiene por encima después de haberse cortado el cabello. Bea ha entrado y el chico ha ido a acompañarla mientras se bañaba y no le ha quitado ojo en ningún momento.
—Frótate bien —le ha ordenado—. Me gustan bien limpias, y en la bandeja hay una cuchilla, rasúrate.
Mientras se duchaba, Alex la miraba con cara de deseo, y ella sentía repugnancia, pero intentaba poner su mejor cara fingiendo como si fuera una brillante actriz.
Cuando ha terminado de ducharse, él la ha secado con delicadeza con una toalla. Después le ha pasado un secador por el poco cabello que ya le quedaba y le ha pedido que se tumbe en la cama.
—Coloca tu brazo en el pecho izquierdo —le dice mientras enfoca con la cámara de vídeo—. Quiero grabarte así, como si fueras una especie de retrato. Te iré diciendo varias posturas para que hagas, hazme caso, ¿entendido?
Ella ha obedecido en todo momento. Está aterrada, como nunca lo ha estado.
—¿Qué vas a hacerme? —pregunta ella con temor a conocer la respuesta.
—Es mucho mejor para ti que no lo sepas, bonita. Pero no te preocupes, a la hora de la cena estarás cocinando, como tiene que ser, que para eso también has venido.
Después de que Alex haya grabado en vídeo a Beatriz en diferentes posturas, ha apagado la cámara y se ha sentado en el filo de la cama, muy cerca de ella.
—Ahora ponte a cuatro patas —le ordena.
—¿Qué? —Beatriz lo ha oído perfectamente, pero quizá es una manera de retrasar lo inevitable.
—¡Joder! Que te pongas a cuatro patas, coño.
Ella vuelve a obedecer, no tiene otra opción. Es eso o morir. Apoya las manos en la cama y también las rodillas, quedándose en la posición que Alex le ha dicho.
—Ahora, ladra. Como si fueras una perrita.
Beatriz se siente sucia, insignificante, jamás se ha encontrado en esa situación.
Es, probablemente, lo más desgarrador que ha tenido que hacer nunca.
Pero, en un momento quizá de lucidez, observa el candelabro que hay en la mesita que está junto a la cama.
Es grande, lo suficiente como para aplastar la cabeza de alguien.
Nunca ha tenido el pensamiento de matar a los “clientes”, sí que lo ha pensado muchas veces, pero esta vez es diferente, siente la necesidad imperiosa de hacerlo.
Ya no puede más. Quiere acabar con la vida de ese cabrón que tiene a dos metros.
Sabe que tiene que ser rápida, si falla la primera vez, estará perdida.
Por eso, y para evitar que el chaval sospeche, se pone a ladrar y a contonearse sobre la cama.
Es tal el placer que Alex siente, que se pone a reír a carcajadas.
Ríe tanto que incluso cierra los ojos echando la cabeza hacia atrás, como si estuviera viendo la mayor comedia de su vida.
En ese momento, Beatriz aprovecha para coger el candelabro, lo agarra con la mano derecha, que es la buena, lo sujeta fuerte, apretando los dedos hasta que casi le sangran, y ahí, golpea fuertemente con él en la cabeza de Alex.
El impacto es tan fuerte que una de las patas del candelabro se ha incrustado en su cráneo, y cuando Beatriz lo retira con rabia, sale un trocito de masa encefálica.
El chico cae al suelo, y ella, intentando no hacer demasiado ruido, continúa golpeándolo en la cabeza sin parar.
También le propina golpes por todo el cuerpo.
El suelo se llena de sangre, las sábanas también, y Beatriz igual.
Siente tanto poder y se siente tan bien, que no cesa en ningún momento de propinar golpes.
Le revienta la cabeza, le hunde el cráneo y también le hunde el pecho rompiéndole prácticamente todas las costillas.
Le baja los pantalones, y con el cañón del candelabro, que es donde se mete la vela, le revienta el pene.
Ya hace rato que Alex ha muerto, pero a Beatriz le da igual, continúa golpeándole sin parar.
La cara ya es una papilla, la cabeza parece un trozo de masa de pan, su cuerpo es un trozo de carne lleno de agujeros, heridas y sangre.
Beatriz para de dar golpes y deja el candelabro sobre la cama y se tumba a descansar, pero solo dos minutos, no tiene más tiempo porque ha de salir de esa casa, sea como sea.
Beatriz baja lentamente las escaleras que la llevarán al salón.
Va repleta de sangre, como si le hubieran tirado un cubo de pintura roja por encima.
Antes de llegar a los últimos escalones observa hacia el comedor.
Pelayo está sentado en el sofá con el mando del televisor en la mano.
Ha dejado el candelabro en la habitación, quizá ha sido un error, pero ni siquiera lo ha pensado.
Necesita encontrar algo que poder utilizar contra ese hombre, quiere matarlo, igual que ha hecho con su hijo.
Tiene que acabar con todo, ha de salir de ahí, quiere desaparecer de una vez por todas y sentirse a salvo.
Ya todo le da igual, no ha podido evitarlo.
Mientras baja por las escaleras, en el rellano, ve un jarrón de cerámica de decoración, grande y robusto, lo suficientemente grande como para matar a alguien golpeándolo en la cabeza.
Lo agarra con delicadeza, le pesa en las manos, demasiado, pero tiene que hacer un último esfuerzo para salvarse.
Necesita que ese hijo de puta que está en el salón, desaparezca para siempre.
No quiere volver a verlo nunca, solo muerto.
No tiene ningún plan, ni siquiera tiene apenas dinero, pero le da igual, ha de alejarse de ese mundo, cueste lo que le cueste.
Beatriz se acerca, en completo silencio, por detrás.
Coge fuertemente el jarrón con las manos y se prepara para el impacto pero, hay un problema en su plan, no ha contado con su propio reflejo en el televisor.
La pantalla está encendida, pero al ponerse en negro, Pelayo ha visto el reflejo de ella, él ha sido rápido y se ha apartado en un segundo, después se ha levantado del sofá y, abalanzándose sobre Bea, la ha tirado al suelo.
El jarrón se ha hecho añicos, y él la tiene en el suelo con sus manos en su cuello.
La quiere matar asfixiándola, ha pagado mucho dinero por ella, pero le da igual, es muy arriesgado tenerla ya en la casa.
Sabe que si la mata y explica lo ocurrido a La Corporación, le darán otra a cambio, de todas formas, en el sótano de la casa tiene algo muy especial, por eso no le preocupa perder a Beatriz. Lo del sótano es mucho mejor.
La joven se está quedando sin aire, ya no entra oxígeno en sus pulmones, sabe que va a morir, pero, un golpe de suerte hace que pueda agarrar un trozo del jarrón que está muy cerca de ella.
Consigue cogerlo con el dedo índice y medio, se lo coloca bien en la mano y se lo clava en la sien a Pelayo, no demasiado, lo suficiente como para hacer que se desestabilice y caiga hacia atrás.
Beatriz aprovecha para coger aire y así llenar sus pulmones de nuevo, se incorpora y se pone encima de Pelayo, y con ayuda de otro trocito de jarrón, un poco más grande que el anterior, se lo clava en el cuello rajándoselo de un lado hacia otro.
La sangre le salpica la cara y ella la escupe, cayendo encima de la cara del señor Íñiguez.
Beatriz lo acaba de degollar y ese cabrón muere, igual que su hijo, que yace arriba sobre un enorme charco de sangre.
—¡Hijo de putaaaaa! —le grita ella.
Siente la misma necesidad que ha tenido con Alex, por eso coge el trozo de jarrón y se lo continúa clavando en la cara a pesar de estar ya muerto. El rostro de Pelayo es ahora puré.
Beatriz no tiene tiempo que perder. Sabe que la urbanización es demasiado segura, y si sale de la casa las cámaras la verán, por eso necesita tener un plan.
Decide registrar todas las habitaciones de la casa buscando algo que la pueda ayudar a salir de allí.
Quizá algún objeto o prenda de ropa que haga que a ella se le encienda la bombilla de la imaginación y así tener un plan seguro para desaparecer de ahí.
Pero no encuentra nada. En esa casa solo existe la depravación.
Beatriz abre una puerta que hay junto a la cocina, una que la lleva directamente al sótano.
Al abrir hay unas escaleras que bajan, son de madera, parecen endebles.
Decide bajar, y lo hace lentamente. Al llegar abajo le viene un olor muy fuerte a humedad que se mezcla con un hedor a orina y heces.
Frunce el ceño, hace tiempo que no olía algo así.
También hay un olor a podrido, horrible, putrefacto; como si algo se estuviera muriendo ahí abajo.
Beatriz avanza lentamente, entra algo de luz por unos pequeños ventanales, unos que parecen dar al jardín.
Y, es en ese momento cuando lo ve. Hay una figura humana, sentada en un rincón.
Está atada con unas cadenas en brazos y pies, apresada con unas arandelas que están clavadas en la pared.
La llave parece estar colgada junto a la puerta.
Se acerca hasta esa figura y la observa.
Se queda horrorizada. Tiene el cabello grasiento, da la sensación de tener piojos.
Su tez está sucia. Junto a esa figura hay un bol en el que le han dejado trozos de pan y zanahoria.
Muy cerca hay un cuenco con agua sucia, y una mosca mojándose las patas en él.
Al fondo hay una pizarra, como las del colegio.
Cuando Beatriz contempla más de cerca a esa figura humana, ve que no es más que una niña, de unos diez u once años.
—¿Quién eres? —le pregunta a la niña.
—Me llamo Noelia… Noelia Crespo —responde con voz quebrada.