La Vasca: El Caso Hans CAPÍTULO 50
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CAPÍTULO 50

La inspectora Amaia Garmendia cuelga el teléfono.

Clava su mirada en las sábanas revueltas, en las que minutos antes han hecho el amor ella y Rocío.

Da un puñetazo en la pared y tira la lámpara al suelo.

Despotrica por su boca todo tipo de insultos.

Sale de la habitación y camina hacia recepción.

El tipo de la entrada tiene que haber visto algo, tiene que tener alguna puta cámara, piensa ella.

Al acceder a recepción no hay nadie. La inspectora busca al recepcionista desaliñado por toda la entrada, abre todas las puertas y, al abrir una de ellas, ve que es uno de los lavabos que hay junto a una sucia cafetería, y se encuentra al dueño sentado en el retrete, cagando.

—Acompáñame —le dice Amaia cogiéndole de la camiseta.

—¡Eh, suéltame, joder! —grita él, con los pantalones bajados y el culo lleno de mierda.

La vasca lo lleva hasta la recepción y señala la cámara que hay junto al mostrador.

—Esta de aquí enfoca hacia el parking que está al lado de las habitaciones, ¿dónde puedo ver la grabación?

—¡Joder, tía, estás como una puta cabra! ¿Puedo subirme los pantalones?

—Sí.

—El grabador está en un altillo de arriba, se puede subir por ahí —indica, señalando hacia unas escaleras.

Cuando suben, el tipo del motel pone en marcha el televisor y comienza a apretar botones en una pequeña consola que hay junto al grabador.

—Retrocede una hora y media más o menos —le ordena Amaia.

El tipo desaliñado obedece, y al llegar a la hora indicada es la inspectora la que se hace cargo del control de cámaras, y, cuando una furgoneta plateada Mercedes Vito llega al aparcamiento, se detiene.

—Joder, es la furgoneta con la que me crucé —susurra ella.

—¿Y la otra chica? —pregunta—. La compañera con la que llegaste al motel…

—Cierra el pico, necesito concentrarme.

Del vehículo salen dos hombres de unos cuarenta años, los dos visten de negro y con botas militares, seguidos de otro más joven. Amaia lo reconoce, es el chaval que salió en la grabación de la casa del abogado Rafael Pomares, el que las había estado siguiendo, a ella y a Rocío.

—Mierda —suelta ella—. Hijo de puta.

La grabación continúa, y los tres se dirigen hacia la habitación en la que estaban ellas dos.

Uno de los dos hombres que visten de negro golpea con los nudillos la puerta, a los pocos segundos la agente Contreras abre y los tres entran de golpe al interior de la habitación.

Ya no se ve nada de lo que ocurre. Se la imagina tirada en la cama forcejeando con ellos.

Siente rabia e impotencia. Muy pocos minutos después salen de la habitación, se llevan a Rocío en brazos y la meten en el interior de la Mercedes, ella parece estar inconsciente.

El vehículo se pone en marcha y se pierde en la lejanía.

Amaia tiene un problema, ¿cómo explicar que ella y la agente Contreras estaban en ese motel?

No puede decir la verdad. Si dijera que se había puesto caliente y necesitaba un poco de intimidad con su “pareja”, seguramente le abrirían un expediente o algo peor.

Lo que hace es llamar a Martín y pedirle ayuda.

—¿Qué te ocurre, Amaia? —le pregunta él al otro lado del teléfono.

—Ven a la dirección que te acabo de pasar por mensaje, es urgente —le pide la inspectora—. ¿Estás ya con Pedro?

—Casi —le responde Osorio.

—¿Casi?

—Sí, no te preocupes, luego te cuento. En cuanto esté con él vamos para allá, jefa.

El subinspector Martín Osorio cuelga el teléfono móvil y se apoya en el coche.

Frunce el ceño y mira hacia arriba. El bloque de pisos de la calle Serrano es majestuoso, no comprende cómo es posible que en uno de sus pisos haya un prostíbulo.

Minutos antes ha subido, ha charlado con la madame y ella le ha explicado la situación: le ha dicho que Pedro está con Sonia, charlando en una habitación, y que no cree que estén follando, pero que irá a buscarle y le avisará de que su compañero está abajo, esperándole.

Osorio debería de haber buscado primero en ese piso, pero ni siquiera había caído.

No se había imaginado que en mitad de la investigación en la que están, se le haya ocurrido dedicarse a hablar con su prostituta de confianza; como siempre dice él.

Seis minutos después de haber hablado con Amaia, el subinspector Osorio ve como el subinspector Pedro Sierra sale del portal con cara de avergonzado. Al menos eso piensa, que la cara que lleva su compañero es de estar avergonzado.

—¿Qué cojones hacías ahí arriba, Pedro?

—No estaba follando, eh, solo charlaba con Sonia…

—¿Charlando? Me cago en tu estampa, cabrón. Si quieres charlar te vas a una iglesia y hablas con un cura, joder. Estamos en mitad de un caso importante, ¿qué mierdas tienes en la cabeza? Además, apestas a alcohol.

—Lo siento, Martín, no volverá a ocurrir.

—Y una mierda, tío, siempre dices lo mismo. Cuando acabemos con el puto caso te llevaré a un médico para que te ayude a controlarte con el alcohol…

—¿Podéis dejar de tocarme los huevos? —le interrumpe Pedro.

—¿Eres imbécil, o qué? Lo hacemos por ti, porque nos importas. Sabes que puedes contármelo todo, Pedro. Solo quiero ayudarte, amigo. Hace ya muchos años que nos conocemos para que sepas que puedes confiar en mí.

El subinspector Sierra tiene ahora la mirada perdida, como si quisiera contarle a Osorio la mierda en la que lleva tiempo metido. No se atreve.

—Ya hablaremos cuando terminemos el caso, ¿te parece? —acaba diciendo Pedro, mintiéndole.

—Bien, te tomo la palabra. Sube al coche, vamos con Amaia, necesita nuestra ayuda.

—¿Qué le ha ocurrido?

—Es Rocío, está en problemas.