CAPÍTULO 49
Cuando Beatriz Cortijo ha colgado la llamada se ha puesto a temblar.
La voz al otro lado del teléfono le ha facilitado una dirección y un nombre, nada más…
Exactamente igual que la anterior vez, y ese día terminó en casa del abogado Rafael Pomares, ahora no sabe si esa dirección será mejor o peor.
Sube a un autobús que la llevará directa al lugar que le han indicado.
En una media hora llega a la urbanización Valdelagua, no es la más bonita ni la más cara de Madrid, pero sí es la más segura y blindada.
Rodeada de cámaras en todas sus calles y vigilada veinticuatro horas por guardias de seguridad que tienen controlado todo el perímetro.
Sus casas acogen a celebridades y a la élite española, también políticos y famosos de todo tipo.
Beatriz está ahora en la entrada, junto a la garita del vigilante.
—Vengo a ver al señor Pelayo Íñiguez —le indica al segurata.
—Un momento, por favor. —El guarda hace una llamada y la otra mano no se despega de su revólver reglamentario—. En seguida vendrá un coche a recogerla.
Beatriz espera junto a la garita y observa las casas que hay a su alrededor. Enormes chalets que deben de costar un ojo de la cara. Está nerviosa, tiene miedo, pero ha de disimularlo como sea. No la pueden ver así.
A los pocos minutos un coche de alta gama con los cristales tintados aparece por la calle hasta que llega a la barrera de la garita.
El vigilante le indica que puede subirse ya al coche y que la llevarán hasta una casa.
Ella obedece y se sube. El conductor no le dice nada, solo arranca y vuelve a subir calle arriba.
Es un hombre joven, de unos treinta años, cabello corto engominado y una barba perfectamente afeitada.
Beatriz lo observa desde el asiento de atrás, y él, que lleva gafas de sol, la mira desde el retrovisor, pero ella no lo sabe.
Dos minutos después de haber recorrido un par de kilómetros por la urbanización, el coche para junto a una enorme mansión de fachada blanca.
El perímetro está protegido por cámaras de seguridad y la valla es tan alta que sería muy difícil saltarla.
Cuando una verja se abre, el conductor accede a la vivienda y deja el vehículo junto al garaje que está muy cerca de la enorme piscina.
—Sube por las escaleras y espérate en el salón —le ordena el chófer señalándole con el dedo el camino que ha de seguir—. Ponte cómoda y espera a que venga el señor.
Beatriz sale del vehículo y camina por el estrecho camino, llega a una puerta abierta y sube por las escaleras.
Parece un pasillo de servicio. Vuelve a abrir otra puerta y accede al salón.
Observa el sofá enorme de piel marrón, un piano de cola, cortinas de terciopelo y un enorme ventanal con vistas a un jacuzzi y a una terraza.
En ese momento, suena la canción My heart will go on de Céline Dion, parece provenir de una habitación contigua, de un tocadiscos quizá.
Aparece un hombre de unos cincuenta años, con traje, cabello canoso y barba bien arreglada de varios días.
Su voz es penetrante e impone bastante, y en sus manos lleva una flor.
—¿Te gusta Céline Dion? —le pregunta él a Beatriz—. Toma, esta flor es para ti.
Ella está parada, no sabe ni qué decir. Seguramente porque es la primera vez que la reciben así. Huele la flor y decide responder.
—Sí, me gusta. La he escuchado alguna vez por la radio. Pero no he visto la película Titanic. Sinceramente no he tenido la oportunidad.
—¿No? Eso tiene solución. La tengo en VHS. Una noche la veremos. Podremos preparar palomitas y con una manta tumbarnos en el sofá.
Ella asiente sin decir nada. La canción ha terminado y él la invita a sentarse en el sofá. Beatriz se sienta. Pero no se siente cómoda, realmente tiene mucho miedo.
—Imagino que sabrás que yo soy Pelayo, y ahora esta es también tu casa, ¿de acuerdo? Hay normas, claro, pero ya las irás descubriendo a poco a poco.
Pelayo Íñiguez da la sensación de ser un hombre muy respetuoso, muy diferente al abogado Rafael Pomares, pero no por eso Beatriz va confiar al cien por cien, nunca lo ha hecho, y en este caso no será la excepción.
—Cuéntame algo de ti, Beatriz, ¿o prefieres que te llame Bea?
—Me da igual, puede llamarme como quiera, señor —dice ella.
—No me hables de usted, por favor, quiero que tengas confianza conmigo y que nos podamos tutear. Venga, cuéntame qué es lo que te gusta hacer. Siéntete libre de poder explicarme lo que quieras.
—Me gusta el cine… y cocinar.
—Eso está bien, Bea. ¿Qué más?
—Leer también me gusta mucho —confiesa ella.
—¿Qué te gusta leer?
—Novelas de romance.
—Interesante. Entonces, ¿eres romántica?
No es la primera vez que Beatriz está en esa situación, una situación de calma, pero quizá sí sea la primera que un hombre la trata con esa delicadeza, pero no puede fiarse, ella sabe que ese tipo que tiene a su lado es un cerdo, exactamente igual que los otros, que para eso paga una gran cantidad de dinero.
—Sí, soy romántica —dice al fin.
— Eso me gusta.
Pelayo la mira directamente a los ojos y ella aguanta la mirada.
—Eres muy bonita, Bea —añade él con una enorme sonrisa mostrando sus dientes blancos.
—Gracias.
—No quiero que me tengas miedo, ¿entendido? Quizá vayamos a estar mucho tiempo juntos, por eso es mucho mejor que nos llevemos bien. Así podré intervenir cuando Alex quiera hacerte cosas malas. Hay veces que lo puedo controlar, otras no.
—¿Alex?
—Mi hijo. Tiene diecinueve años, es joven, guapo.
—No entiendo, señor Pelayo.
—Me lo imagino —le dice pasando sus manos sobre su cabello—. Es normal que nadie te haya explicado nada. Pero has de confiar en mí, bueno… en nosotros, ¿entiendes? Alex llegará en media hora, ¿por qué no bailas un poco para mí mientras te quitas la ropa?
Beatriz está, quizá, más asustada de lo que nunca lo ha estado. Ese hombre, el tal Pelayo, le habla de Alex, su hijo. No entiende nada. ¿Qué está ocurriendo? Ha trabajado para hombres que estaban solos, esa situación es nueva para ella.
—¿Me has oído? —suelta él—. Baila para mí mientras te desnudas. Quiero ver cómo te mueves.
Ella obedece, no tiene otro remedio. Se levanta del sofá y comienza a bailar sensualmente, intenta hacerlo lo mejor que puede. A poco a poco, se quita la ropa hasta que se queda completamente desnuda.
—Tienes un cuerpo precioso, Bea. Tus pechos son muy bonitos. Pero tendrás que rasurarte toda, ¿entendido? ¿Ves la caja que hay encima de la estantería? La que hay junto a la chimenea.
La joven observa hacia donde le indica Pelayo y afirma que sí, que ve la caja. No es demasiado grande, pero parece robusta.
—La veo.
—Bien. Ábrela y coge lo que hay dentro, es una sorpresa para ti.
Cuando Beatriz abre la caja se queda aterrada. En el interior hay, cubierto con un pequeño pañuelo de seda de color rojo, unas tijeras.
—¿Para qué es esto? —indaga ella, aterrada.
—Córtate el cabello.
—¿Qué? —Beatriz no entiende nada, ahora sí está asustada.
—¿Estás sorda, Beatriz? Te he dicho que te cortes el cabello… no todo, varios mechones, tú ves haciendo, ya te diré basta cuando yo crea conveniente.
A Beatriz le tiemblan las manos, las tijeras se le mueven como si tuviera párkinson.
—¡Hazlo! —le grita él, enfadado.
Ella comienza a darse tijeretazos en su cabello, se va cortando varios mechones de diferentes medidas y los va tirando en el suelo. Lo hace a ojo, no tiene ni idea de dónde corta. Cerca de una estantería, al lado del sofá, hay un espejo, pero Pelayo no deja que se acerque para poder mirarse.
Beatriz ya no es la que era, se ha cortado tanto su cabello que ahora no sabrías ni reconocerla.
Ella pensaba que Pelayo le diría basta al cortarse solo un poco, pero no ha sido así, se lo ha cortado prácticamente todo, a un ochenta y cinco por ciento, más o menos.
Hay zonas que se le incluso ve el cuero cabelludo.
—Ya está bien —le indica él—. Puedes dejar las tijeras en la caja.
Ella obedece y, repleta de pelos por todo su cuerpo y alrededor de ella en el suelo, se cruza de brazos tapando do sus pechos y abrigándose del frío.
—La cocina está allí, entra y coge una escoba que hay detrás de la puerta. Barre tus pelos, por favor. El suelo siempre ha de estar limpio.
Ella quiere llorar, lo desea con todas sus fuerzas, pero una vez lloró delante del abogado Rafael Pomares y él le dio una paliza que casi la mata, por eso evita volver a hacerlo. Ha aprendido a ser fuerte, al menos por fuera.
Beatriz obedece y coge la escoba que hay en la cocina, y cuando está barriendo todo el suelo del salón, un joven que ella cree que debe de ser el tal Alex, entra en la casa.
—Hola —saluda el chaval con seriedad.
—Hola, hijo —le dice Pelayo, su padre—. Te presento a Beatriz, pero puedes llamarla Bea.
El chico no dice nada, solo la observa de arriba a abajo y lo hace con cara de repugnancia. Como si se tratase de un nazi admirando a un judío.
—Ni siquiera te ha saludado, Bea… —añade Pelayo.
Ella está, si cabe, todavía más aterrada. Siente escalofríos de terror recorriendo toda la piel de su cuerpo.
—… si mi hijo no te ha saludado —prosigue el señor Íñiguez— quiere decir que hoy no lo podré controlar. Ya te dije que hay veces que puedo hacerlo, otras no soy capaz.
Alex tiene la mirada perdida, pero refleja una perversión en sus ojos. Observa de nuevo el cuerpo de Beatriz y le echa un nuevo vistazo, dejando la mirada fija en los pechos. Y ahora es cuando el hijo de Pelayo suelta la frase que podría hacer que ella se orinase encima:
—Sube por las escaleras, vamos a mi habitación. Me lo voy a pasar en grande.