La Vasca: El Caso Hans CAPÍTULO 47
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CAPÍTULO 47

Hay momentos en los que Tomás Blasco se siente repugnante, en cambio, hay otros que se siente poderoso.

Depende todo de su estado de ánimo. Continúa en el comedor viendo a la presentadora que le pone cachondo, le encanta mirar como se mueve.

De vez en cuando, ha estado observando al hombre en la cocina, ya tenía preparado el sándwich y el vaso de agua para bajar, y al final lo ha hecho.

Ahora está abajo, con la chica guapa. Sabe que le ha dejado la comida y el agua para que se quede inconsciente, cuando lo esté, bajará y la violará.

A Tomás le encantaría poder hacerlo, pero él no está para eso.

Dos minutos después el hombre vuelve a subir arriba y se mete en en el despacho, el que está cerca de la entrada.

Tomás quiere masturbarse, son seis metros los que le separan de ese hombre, pero no quiere que lo pille. Varios minutos después de haber subido lo ve salir de la habitación.

—¿Quieres bajar, Tomás? —le pregunta.

Blasco se queda sorprendido, no pensó que le iba a dejar, pero no sabe que todo es una estrategia.

El secuestrador, desde el despacho, ha podido ver, por la cámara que tiene escondida en el zulo, como Sandra Vega ha vomitado toda la comida y el agua.

Por eso, tiene un plan, no quiere arriesgarse a ser golpeado por ella, y, además, mata a dos pájaros de un tiro.

Es una buena manera de acabar con Tomás de una manera sencilla y práctica, siempre y cuando ella lo mate, claro.

—Sí, quiero bajar —responde, excitado.

—Pues prepárate —le indica—. Tendrás que ponerte la máscara.

—¿Me la podré follar?

—Claro, Tomás, para eso bajas —le miente—. Te la follas las veces que quieras.

Blasco está más excitado que nunca. Ahora sí se siente poderoso. Siente que es Dios.

Cuando abre la puerta que da a la escalera para bajar, lo hace con nerviosismo.

Lo único que piensa es en llegar a la sala y encontrarse a la chica inconsciente.

Se la imagina dormida, relajada. Sabe cómo lo quiere hacer, lo tiene todo planeado.

Entrará y la acariciará, y después la penetrará.

Lo desea con todas sus fuerzas, pero al final, no todo sale como él esperaba.

Lo único que le espera detrás de la puerta del final del pasillo es la muerte.

Sandra Vega espera a su secuestrador tumbada en la cama, fingiendo estar inconsciente, y cuando entra lo mata dándole con la bandeja metálica.

Le destroza la cabeza. Ahora, Tomás Blasco ni siente ni padece. La vida ha terminado para él.

Sandra observa sus manos, están llenas de sangre, incluso cree ver un trocito de sesos del hombre en uno de sus dedos.

Cuando sale al pasillo ve un rostro que le produce terror: el del verdadero secuestrador.

Ahora sí, ese cuerpo es el que ha estado viendo los últimos días, y sabe que la ha engañado.

El hombre corre hacia ella y la coge con violencia.

La vuelve a meter en la habitación después de darle un bofetón.

Observa el cadáver de Tomás, le resulta repugnante.

—Te quedarás aquí con el cuerpo —le dice a ella—. Tendrás que oler el cuerpo putrefacto.

—¡Por favor! —suplica Sandra—. ¡Sácame de aquí!

—Dentro de un rato volveré con otro sándwich y un vaso de agua, y esta vez no habrá tonterías.

El secuestrador no dice nada más. Cierra la puerta de un portazo y se marcha.

Sandra se queda en silencio, sola. El cuerpo de Tomás todavía no huele, pero a ella le da la sensación de que sí.

Está segura de que cuando pasen veinticuatro horas olerá a podrido, cuando se liberen los gases de las bacterias del muerto.

Ya no hay más ideas, ya no existe un plan B.

Sandra Vega sabe que ahora sí es el final.