La Vasca: El Caso Hans CAPÍTULO 48
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CAPÍTULO 48

—¿Qué dice el informe de todo eso? —le pregunta Rocío.

—En el caso de Vicente Prado la puerta no estaba forzada —explica—, pero hay que ser gilipollas para decir eso.

Cualquiera podría abrir una puerta sin forzarla.

Y en el caso de los de narcóticos ocurrió en una nave abandonada, a las afueras de Segovia.

Según parece fueron a comprar droga a un clan de rumanos y todo acabó a tiros.

—No me creo nada —confiesa Rocío.

—Ni yo. Se los han ido cargando a todos: Vicente Prado, Santiago Ríos, a los de narcóticos que se llevaron a la niña y también querían matarnos al comisario Mendoza y a mí por investigar.

—Y al abogado Rafael Pomares.

—Exacto.

La inspectora recibe una llamada a su teléfono móvil, cuando ve en la pantalla quién la llama no sabe si alegrarse o ponerse de los nervios. Lo primero que hace antes de descolgar es encenderse un cigarrillo.

—Hola —responde.

—Por fin, Amaia, ya me han dejado llamarte. —La voz al otro lado suena reconfortante, ahora sí. Quizá en otras circunstancias no lo sería, pero ahora es la mejor persona a la que puede oír.

—Mendoza, qué alegría —añade ella—. ¿Cómo estás?

—Como si me hubieran pegado un tiro en la cabeza.

—Un poco más y no lo cuentas, Mendoza.

—Lo sé… Bueno, cuéntame, ¿cómo va todo?

Se oye una voz de fondo, Amaia cree que es el médico, que le avisa al comisario que no le conviene llevarse disgustos en estos momentos.

—Prefiero que no sepas cómo va —indica ella—. Haré caso a lo que está diciendo el médico.

—No hagas caso del doctor —le dice el comisario—. Este hombre no sabe que tengo al ministro dándome por culo…

La llamada se corta después de que Amaia escuche: «Le he dicho que no hay más llamadas, tiene que descansar».

—Joder —salta la inspectora, riendo—. Creo que ese médico le ha colgado el teléfono a Mendoza, no sabe lo que ha hecho.

Amaia sabe que lo que está a punto de hacer podría llevarla a la ruina, o peor aún, dejarla sin trabajo.

Pero no lo puede resistir, es superior a ella.

Cuando han llegado a Segovia para investigar lo acontecido con Vicente Prado y los de narcóticos, ha visto junto a una gasolinera un motel que se cae a trozos, pero es suficiente para lo que quiere hacer.

—¿Dónde vas? —le pregunta Rocío.

—Ven conmigo, tengo una idea —le ha ordenado su jefa.

Al entrar en el motel, las suelas de los zapatos se te pegan al suelo. Huele a comida de hospital y a fritanga. El hombre que hay en el mostrador está desaliñado, y su actitud es de la de alguien que querría estar en su casa tumbado en el sofá tocándose los cojones todo el santo día.

—Hola —saluda Amaia.

—¿Qué hay? —les pregunta el hombre con dejadez.

—Somos policías —le suelta la inspectora enseñándole la placa—. Queremos una habitación, tenemos que hacer un seguimiento y nos vendrá bien quedarnos escondidas durante una hora. ¿Tiene alguna libre?

—¿Esto me va a buscar problemas? —pregunta el tipo.

—En absoluto, caballero, la colaboración ciudadana siempre viene bien. Se lo garantizo.

El tipo les hace entrega de una llave, la de la habitación número seis. La que da a los surtidores de la gasolinera.

Cuando Amaia y Rocío entran en la habitación, es la agente la que se queda extrañada al ver la situación en la que se encuentran.

La puerta de la habitación del motel se cierra con un leve chasquido. Durante unos segundos ninguna de las dos dice una palabra. Solo hay silencio.

La luz tenue de una pequeña lámpara medio destrozada por el desgaste del tiempo que hay junto a la cama envuelve la estancia en un ambiente cálido. Es de día, pero está encendida.

Amaia deja la pistola reglamentaria sobre la mesilla llena de polvo y se pasa su mano por el cabello.

—¿Por qué estamos aquí? —indaga la agente Contreras.

Están una frente a la otra, apenas un paso las separa. Hay tensión entre ellas, una tensión sexual.

—Me la estoy jugando con esto, Rocío —dice Amaia—, pero necesitaba estar a solas contigo, aunque solo sea por una puta hora.

Rocío sonríe y es la que rompe la distancia.

Se acerca a la inspectora y la besa. Roza con la yema de los dedos la mandíbula de Amaia, recorriéndola lentamente hasta detenerse bajo su barbilla.

La besa con pasión, jugando con la lengua en el interior de la boca de su jefa.

Sus miradas quedan ahora atrapadas, la una de la otra.

Se miran como nunca lo han hecho. Hay amor, demasiado.

Los besos siguen, hay pasión, muchísima.

Ahora el tiempo deja de importar. Se besan con más pasión, pero hay momentos en los que también existe la ternura.

Es como si hubiera una necesidad contenida, como si cada beso compensara todas las palabras que nunca han pronunciado mientras están con la investigación.

Se separan unos centímetros, su respiración es agitada. Rocío apoya la frente contra la de Amaia, se miran y vuelven a besarse.

—Te deseo —le susurra la vasca.

Vuelven a besarse, esta vez con más seguridad, con más pasión, dejando que el mundo exterior desaparezca tras esos besos.

Las horas de tensión, el peso del caso Hans, la losa del caso de la niña de Segovia, y el miedo constante parecen haberse quedado en el exterior. Dentro de la habitación no hay nada de eso, solo hay pasión y mucha excitación.

Se desnudan, se rozan los pechos y se tumban en la cama. Se abrazan y se convierten en una sola persona. Los besos son cada vez más intensos, el roce entre sus sexos también. Hacen el amor, sintiéndose la una a la otra más que nunca.

Amaia ha tenido que llamar a recepción y decirle al tipo desaliñado que necesitaban una hora más para el ficticio operativo.

El hombre les ha dicho que no hay problema, asegurándole la vasca que tendrá una buena propina de parte del Cuerpo Nacional de Policía, algo que la hundiría mucho más si alguien se entera por esa mentira.

—Voy a ir a buscar unas cervezas —añade la inspectora.

—Vale —le dice Rocío, sonriendo—. Te espero aquí.

La vasca se ha vestido y ha salido de la habitación.

Ha evitado pasar por delante de recepción y así poder ir hasta la gasolinera a comprar cervezas.

Mejor eso que pedírselas al tipo del motel, no estaría bien visto que en un operativo dos agentes de policía se pongan a beber.

Además, piensa que seguro estarían caducadas.

—¿Tienen cervezas? —le pregunta Amaia a la mujer del mostrador.

—Sí, pero hay un problema, guapa —le dice mientras masca un chicle—. No están frías. Las acabo de meter en la nevera.

—Joder, ¿en serio?

—Sí, y al motel ni vayas, el idiota de allí no tiene ni refrescos. Pero si cruzas la calle, al final del puente hay un supermercado.

—¿Está lejos?

—No, unos cinco minutos caminando.

La inspectora Garmendia cruza la calle y una furgoneta Mercedes Vito plateada casi la atropella.

—¡Hijo de puta! —le grita al vehículo.

La inspectora cruza el puente y, junto a una plaza, ve el supermercado.

Entra, coge un par de latas de cerveza y una bolsa de patatas.

Paga en efectivo y vuelve a salir a la calle.

Un matrimonio pasa junto a ella, llevan de la mano a una niña pequeña, de unos cinco años.

No puede evitar pensar en Noelia, no sabe dónde puede estar, pero ha de encontrarla, sea como sea.

Quiere que vuelva con sus padres, Jaime y Margarita.

Detiene su marcha y se enciende un cigarrillo, lo necesita.

También se abre una de las latas y se la bebe casi toda de un trago.

Cinco minutos después vuelve a entrar al supermercado y coge un par más.

La que le ha quedado de antes ya se le ha ido un poco el frío.

Ahora sí, vuelve a cruzar el puente y camina hacia el motel.

Evita, de nuevo, pasar por la recepción, bordeando el lugar hasta poder llegar a la entrada.

No le hace falta llamar a la puerta, está abierta.

No puede evitar sonreír al pensar que Rocío la está esperando desnuda, quizá junto a la entrada, o tumbada en la cama.

Pero cuando Amaia entra en la habitación solo existe el caos.

La lámpara está en el suelo, la mesilla también.

Hay sangre en las sábanas y en una de las paredes.

Amaia tiembla de miedo. Entra en el lavabo, no hay nadie.

Solo sangre. La suficiente como para pensar que las heridas pueden haber sido profundas.

Avanza por la habitación con su arma en la mano, el pulso ni le tiembla.

—¿Rocío? —suelta.

La agente Contreras no está. La habitación está vacía. En ese momento suena un teléfono móvil, no hay melodía navideña, ni la melodía de alguna película. Es solo un sencillo politono que suena bajo las sábanas. Amaia coge el teléfono y descuelga, con temor, la llamada.

—¿Quién es?

—Hola, inspectora. —Es la voz de alguien joven, al menos eso cree ella.

—¿Quién cojones eres?

—Verás, no podíamos perder más tiempo, ha sido una lástima que no estuvieras en la habitación, pero no podemos tenerlo todo, ¿verdad? Así que tenemos que cambiar de planes.

—¿Qué quieres? ¿Dónde está mi agente?

—Venga, Amaia, los dos sabemos que tu agente es mucho más que eso… presta atención: no trates de buscarnos, hazme caso, no lo hagas. Espera instrucciones y todo saldrá bien. Y para que no se te olvide quiero que escuches esto…

La voz ya no dice nada, pero lo siguiente que Amaia escucha por el teléfono es el grito de Rocío. Un chillido tan fuerte parecido al que emiten los cerdos cuando los están degollando. La inspectora oye el grito de la agente Contreras y no puede evitar llenarse de rabia.

—¡Hijo de puta! —grita ella.

—Nueve, Amaia —le dice de nuevo la voz—. Le quedan nueve dedos. Recuerda, espera instrucciones.