CAPÍTULO 46
La grabación muestra a un chaval de unos veinticinco años saliendo de la casa del abogado Rafael Pomares.
El chico viste con un pantalón de pana, camisa blanca que parece quedarle como un guante y una cazadora de piel marrón que parece muy cara.
Va repeinado con mucha gomina y anda con seguridad, como si se creyera el rey del mundo.
—Tiene que ser el que lo mató —indica el inspector que les está enseñando la grabación.
—¿Se le ha podido identificar? —quiere saber Amaia.
—Todavía no. No sabemos quién es.
—Una cosa —salta la agente Rocío Contreras—. Podríamos retroceder la grabación, quizá veamos salir a Beatriz, la chica interna del abogado.
—Buena idea, Rocío —le dice la inspectora—. Retroceda la grabación, por favor.
El inspector obedece lo que la vasca le ha dicho que haga. Ahora están en casa del vecino que tenía instalada la cámara de seguridad, con la que han conseguido un gran avance. Unos segundos después, pueden ver como la chica sale de la casa con una maleta a su espalda.
—Es ella —señala la agente—. Se dirige calle abajo, pero se pierde al salir del objetivo de la cámara. ¿Hacia dónde llega esa calle, inspector?
—A la salida de la urbanización —responde el policía—. En la carretera hay una parada de autobús, o cogió el transporte público o caminó por el arcén.
—Bien —acaba diciendo Amaia—. Mándenos a nuestra comisaría esta grabación lo antes posible, inspector.
Al salir de la casa, Amaia se enciende un cigarrillo y se sienta en un banco que, en una de las esquinas, está repleto de chicles pegados y nombres escritos con rotulador. Es consciente de que incluso en una urbanización de lujo pasan esas cosas.
—Puta sociedad —suelta—, lo ponen todo lleno de mierda.
La agente Contreras no dice nada. Está callada como si hubiera visto un fantasma.
—¿Estás bien? —le pregunta la inspectora.
—Sí… es que… es solo que…
—Joder, Rocío, habla de una vez… ¿qué te ocurre?
—Perdona… es que estaba pensando en que a ese chaval, el de la grabación, lo he visto en alguna parte.
—¿De qué hablas?
—Sí, Amaia, creo que nos seguía. Y creo que una de las últimas veces que lo vi era cuando salíamos de comisaría. Lo vi, estoy segura, y en más de una ocasión. Una de las veces estaba junto a la sucursal bancaria que hay frente a la comisaría. Nos miraba.
Veintisiete minutos después, la inspectora y la agente han entrado en la sucursal bancaria frente a la comisaría. Piden hablar con el director urgentemente.
—El señor Tapia está reunido ahora mismo —les indica la mujer que hay en el mostrador.
—Mire, señora, es urgente, ¿entiende? Dígale que la policía necesita ver unas grabaciones.
La mujer hace una llamada, es la segunda que le hace. En la primera, el director de la sucursal la ha colgado al instante.
—Nieves, sabe usted que estoy en una reunión importante, ¿qué ocurre? —añade él al descolgar el teléfono del despacho.
—Hay aquí dos agentes de policía, piden hablar con usted, es muy importante.
—Joder, ¿y tiene que ser ahora?
—Parece ser que sí.
Al señor Tapia, director de la sucursal, le ha dado igual que fuera muy urgente, ha salido de su despacho junto con otro hombre trajeado veinte minutos después, y con una sonrisa falsa ha saludado a las de la brigada de homicidios.
—Era urgente, señor —le dice Amaia.
—Bueno, lo mío también era muy urgente… ahora sí estoy por ustedes.
—Colaboración ciudadana, señor —salta Rocío devolviendo también otra sonrisa falsa.
—No perdamos más tiempo, agentes, ¿qué es lo que quieren?
La inspectora Garmendia pide ver las grabaciones en las que Rocío cree que el chaval repeinado de pantalón de pana las estaba observando justo desde el exterior de la sucursal.
Y, ahí está, lo ven. Es cierto, las observa desde la distancia y de vez en cuando hace alguna llamada desde un teléfono móvil.
Graban en un CD y la llevan a comisaría.
Pide a los del departamento tecnológico y equipos informáticos que se pongan a ello e intenten averiguar quién es.
—Lo quiero para ayer —ordena Amaia.