CAPÍTULO 45
Tomás Blasco se está haciendo una paja en el sofá. No está viendo porno, pero la presentadora que sale ahora en televisión le ha puesto cachondo.
—Que buena estás, joder —susurra.
Su momento de placer es interrumpido por la entrada del verdadero secuestrador. Acaba de llegar con una bolsa repleta de comida del supermercado, lo que ha obligado a Tomás a dejar de masturbarse y subirse el pantalón.
—¿Alguna novedad?
—No —responde Tomás—. Todo bien.
El secuestrador deja sobre la encimera de la cocina la compra. Llena un vaso con agua e introduce el somnífero para dormir a Sandra. Lo remueve con una cucharilla y le prepara el sándwich.
—¿Vas a bajar? —quiere saber Tomás.
—Sí —le confirma el hombre.
—Déjame bajar a mí, por favor —le pide.
—No, estás más salido que una perra en celo, esa chica tiene que ver serenidad. Con lo cerdo que eres, serías capaz de hacerte una paja delante de ella. Ya bajaste con la otra, con Cecilia…
—Pero fue para matarla —le interrumpe Tomás.
—Pues ya es bastante, y para eso estás, no lo olvides, que se te meta en la cabeza.
Tomás sabe que ese hombre tiene razón. Es un cerdo y un depravado, y está muy salido. Las veces que ha ido a ver a su amigo Felipe Carrera a la cárcel no comprende cómo puede estar encerrado sin ver a una sola mujer allí dentro.
—¿Te han follado aquí? —le preguntó en una de las visitas a prisión.
—¿De qué cojones hablas, Tomás? —saltó Felipe al oír esa pregunta.
—Por lo que he oído a veces, los presos os soléis aliviar entre vosotros, ¿no? En las duchas…
—Eres un hijo de puta asqueroso, Tomás —le recriminó Felipe—. Porque estoy aquí dentro, sino ahora mismo te pegaría una paliza que te dejaría en una silla de ruedas, cabrón.
—No te enfades, Felipe, solo era una curiosidad.
A Tomás le gusta hablar de sexo, eso le pone cachondo. Es un maldito depravado que ni siquiera sabe hacer una multiplicación de dos cifras, pero es capaz, hoy en día, de descuartizar un cuerpo como si fuera un experto cirujano. Años atrás no hubiera matado ni a una mosca.
Felipe y Tomás se conocen desde pequeños.
Su juventud no fue fácil, los dos venían de familias desestructuradas, adictas al alcohol y las drogas.
Cuando tenían unos ocho años se dedicaban a matar gatos a pedradas, o a coger perros callejeros para atarlos a las vías del tren.
El padre de Tomás un día le dio una paliza cuando se enteró que había entrado en casa de una vecina para hacerse una paja mientras ella dormía.
Casi lo deja inválido. Felipe comenzó de bien joven a hacer pequeños hurtos en bares y gasolineras.
Su primer asesinato lo cometió con diecinueve años.
Salió a una discoteca y se llevó a una chica a un descampado, le dijo que quería follar, pero la ató a un árbol, la violó y la mató a pedradas.
Encontraron a la joven seis días más tarde medio comida por los bichos.
Felipe solo había sentido cariño por una persona: por su abuela.
La pobre mujer lo quería como a nadie y se preocupaba por él.
Un día le regaló a su nieto un periquito.
Y para su sorpresa, no lo quiso matar. Ese pájaro que su abuela le había regalado era su mejor amigo y confidente.
Su amigo Tomás nunca había matado a nadie, excepto a algún que otro animal al igual que hacía Felipe, pero su amigo sí había sentido la sensación de arrebatar la vida a alguien.
—¿Cómo lo haces? —le preguntó un día Tomás.
—¿El qué?
—Matar a una persona. ¿Qué se siente?
—Te sientes Dios —le dijo Felipe—. Estás quitándole la vida a otra persona, y te sientes poderoso. Sus padres y Dios le dieron la vida, tú se la arrebatas.
—Yo quiero saber que se siente, Felipe.
—Hacen falta un par de huevos para hacerlo, y tú no tienes lo que hay que tener.
—Sí lo tengo.
—Demuéstramelo, amigo.
—¿Cómo te lo demuestro?
—Sal a la calle y coge a quien te dé la gana y te lo cargas. Sin que te vea nadie, lo coges, te lo llevas a un lugar apartado y le clavas un cuchillo en el cuello o lo haces como te salga de los cojones, pero le quitas la vida.
Solo de pensarlo, Tomás se ponía nervioso, pero a la vez también se excitaba.
Quería ser como su amigo, necesitaba tener esa necesidad de matar y, una noche, salió a buscar a una presa por las calles de Madrid.
En la calle de Camarena, en Aluche, vio a una chica de no más de veinte años.
Iba vestida con ropa de un obrador de pan, imaginó que, dadas las horas que eran de la madrugada, la joven iría a trabajar a alguna de las panaderías del barrio.
Se acercó por detrás con decisión, le tapó la cara con la mano y, con un golpe, la dejó medio inconsciente.
La llevó a una fábrica abandonada en un polígono, una que se había quemado dos meses atrás.
Utilizó dos correas de perro y una cuerda roída para atarla a un poste de hierro cerca de la oficina donde había comenzado el incendio.
Al despertar, ella gritó hasta dejarse las cuerdas vocales en ese grito que no le iba a servir de nada.
—Aquí no te va a oír nadie —le dijo Tomás—. La suerte tuya es que vas a a ser la primera a la que me cargue.
En ese momento comenzó a reír a carcajadas. Era más una risa diabólica que otra cosa. La chica, a causa del miedo, se orinó encima.
—¿Qué vas a hacerme? —le preguntaba ella, aterrada.
Él sonrió y se sacó la polla para violarla.
Cuando Tomás se había corrido ya no le dijo nada más, pero ella vomitó del asco que le dio.
Después, con una piedra, Tomás le machacó la cabeza.
Era como solía hacer Felipe, matar a gente a pedradas, o como hacían los dos con los gatos callejeros cuando eran niños.
Tomás le propinó tantos golpes a la chica, que su cabeza y la cara quedaron irreconocibles.
Sintió tanto placer al hacerlo que quería volver a repetir.
Lo había hecho, al fin había conseguido lo que ansiaba: arrebatarle la vida a alguien. Y sí, se había sentido como un dios.
A partir de ese día todo cambió para Tomás Blasco.
Ya no fue el mismo. Su mirada, su voz, la forma de expresarse, todo era diferente.
Incluso su forma de andar. Era un hombre que se sentía más seguro de sí mismo, y eso, Felipe lo percibió al instante.
Sus caminos se fueron separando, pero algo más cuando Felipe Carrera entró en la cárcel, ahí fue cuando se acabó su relación de amigos.
Hasta que, un día, sin ni siquiera esperarlo, Felipe hizo una llamada a Tomás desde la cárcel.
—¿Por qué me has llamado? —le preguntó Blasco.
—Hay algo importante de lo que tenemos que hablar —le explicó Felipe—. Hay alguien que necesita tu ayuda.