La Vasca: El Caso Hans CAPÍTULO 43
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CAPÍTULO 43

Al subinspector Martín Osorio le acaban de entregar el listado de llamadas telefónicas y visitas recibidas del preso Felipe Carrera. Llama a la inspectora para informarle de los datos obtenidos y quedan en el bar del Luque para hablarlo.

En este momento, el bar está vacío, se hace raro estar sentado en una de las mesas sin que se oiga el sonido de la tragaperras.

Amaia está bebiendo una copa de Bourbon y Rocío una caña. Martín se pide un carajillo de coñac.

—¿Qué tienes? —le pregunta la inspectora—. No perdamos más tiempo.

—Esta puta mierda ha tardado, pero al final la tenemos —le dice Osorio—. Mira esto.

Martín muestra el documento a la inspectora y a la agente.

El listado de llamadas podría parecer normal si no fuera porque la llamada que más se repite es a un teléfono fijo de Madrid, uno que todavía no han podido saber a quién pertenece.

El resto de llamadas son a amigos de Felipe y varias llamadas a la residencia dónde su madre octogenaria vive.

Las únicas visitas recibidas por Felipe son de su abogado, de un amigo, algún que otro vis a vis con una rumana y, más de tres veces, cinco para ser exactos, ha ido a visitarle un hombre llamado Tomás Blasco.

—¿Quién cojones es ese Tomás? —quiere saber Amaia.

—He pedido la grabación de las cámaras. La última vez que vino a verle fue hace unos veinte días, y todavía conservan la grabación —explica Martín—. Las tendremos, pero tardará.

—¿Has metido el nombre en el sistema?

—Sí. En Madrid ahora hay ciento trece Tomás Blasco, y en España ya ni te cuento, jefa. Estamos haciendo una criba para descartar.

—Y el teléfono fijo ¿qué?

—Lo que te he dicho, todavía no se sabe a quién pertenece, pero la orden ya está emitida.

—Joder. ¿Puede que ese Blasco sea nuestro asesino roba cerebros?

—No lo sé —se sincera Osorio—. Pero cuando sepamos quién es tendremos que ir a verle.

—Bien. ¿Y Pedro? —quiere saber la inspectora.

—Ni puta idea. Lo he llamado a su móvil y no me lo coge.

—Pedro no está bien —añade ahora Rocío.

—Ya te dije, Rocío, que de eso me ocupaba yo —señala la inspectora—. Ya sabemos que Pedro puede ser algo inestable, pero tengamos paciencia, es un buen policía.

—¿Dices que no está bien por la bebida, Rocío? —dice Martín.

—Exacto. Hay algo en él que no está bien, sé que le ocurre algo grave que no nos quiere explicar…

—Ya está bien —interrumpe la vasca —. Dejadme a Pedro a mí y pensad en el puto caso, joder. Su madre está en el hospital y no estará pasando por un buen momento.

Martín se termina el carajillo de un sorbo y decide cambiar de tema, no conviene nunca llevar la contraria a Amaia.

—¿Qué tal os va a vosotras? He oído que el abogado ese se ha suicidado.

—Jodido, Martín, muy jodido —se sincera la inspectora—. Y no se ha suicidado, apostaría a que se lo han cargado.

—Es un puto callejón sin salida —suelta ahora la agente Contreras.

—¿Por qué? —Martín sabe que su jefa y Rocío están con el caso que el comisario Faustino Mendoza les encargó investigar, el de encontrar a Noelia Crespo, una niña desaparecida cuatro años atrás en el que parece que la policía está involucrada. Y en el que hay todavía muchísimas incógnitas.

—Porque tenemos muchas preguntas y ni una puta respuesta —le indica Amaia.

—¿Todavía no sabéis quién asesinó al ex comisario Ríos o al abogado?

—No —le aclara Amaia—. Lo que está claro es que los han querido callar, no hay otra explicación.

Rocío y yo coincidimos en que hay algo muy turbio detrás de todo eso.

Hay una chica, se llama Beatriz, trabaja…

trabajaba como interna en casa del abogado Rafael Pomares, el que libró de la cárcel al colombiano que nos atacó.

Esa chica ha desaparecido, no sabemos dónde está.

La melodía navideña del teléfono móvil de la inspectora comienza a sonar.

Al estar el Luque vacío, se oye por todo el local.

Pero para el dueño no es desagradable, tachan a su bar de antro, que siempre van los mismos y que está sucio y más vale que no te pidas ni un bocadillo, por eso, cuando suena ese politono le reconforta.

—Hola —responde Amaia.

La vasca se ha quedado unos segundos con la mirada perdida, como si le estuvieran informando de un hallazgo sobrenatural o algo parecido.

Rocío y Osorio la observan con detenimiento.

La agente Contreras intenta disimular su mirada hacia la inspectora, las dos lo tienen claro, nadie puede saber lo que hay entre ellas.

En lo que dura esa llamada que parece bastante importante, Rocío recuerda la primera vez que nació algo entre ellas.

El equipo salió una noche a cenar por Madrid, invitaba Amaia.

Habían resuelto un caso bastante complicado sobre un hijo de puta que asesinaba a ancianas en sus casas.

Después de la cena salieron a tomar algo a uno de los clubs de moda con más encanto de Madrid, por el barrio de Salamanca.

Osorio, Sierra, Rocío y la inspectora estuvieron bailando y bebiendo hasta que prácticamente se les hizo de día.

Al salir, cada uno se fue por su lado, excepto Amaia y la agente, que se quedaron hablando sobre un asunto familiar de la joven.

Un problema que había tenido con su madre unos días atrás que la tenía algo desconcentrada en el trabajo.

—No te preocupes —le dijo la inspectora—. Tu madre te llamará. Las madres siempre lo hacen. Siempre piden perdón.

—Eso espero.

Amaia ya había coqueteado con mujeres, sobre todo en las noches madrileñas en las que se perdía por la capital buscando un bar en el que beber.

En cambio, Rocío nunca había sentido nada parecido por alguien de su mismo sexo.

Las únicas relaciones que había tenido en el pasado eran con un tío al que llamaban Torito , y un chico bastante guapo que al final terminó poniéndole los cuernos.

Ninguna de las dos supo el por qué, pero allí, apoyadas en un portal de la calle Hermosilla, se besaron.

Esa misma noche hicieron el amor, y los días siguientes, también.

Rocío admira a su jefa y la respeta, pero también la quiere, nunca se lo ha dicho, y, al menos en ese momento, cree que nunca lo hará.

—¿Quién era? —le pregunta Martín al ver que la inspectora ha colgado la llamada.

—Algo bueno —comenta—. Se descarta el suicidio del abogado, un vecino tenía una cámara instalada en la entrada y se ha grabado a un chaval joven saliendo de la casa de Rafael Pomares.

Te vienes conmigo, Rocío, y tú, Martín, saca a Pedro del agujero en el que se haya escondido y ocupaos de lo de Tomás Blasco y encontrad al puto asesino.