CAPÍTULO 42
El subinspector Pedro Sierra entra en El Apeadero, un puticlub ubicado en un piso de la calle Serrano de Madrid.
No es la primera vez que va allí, se puede decir que es un cliente habitual.
A veces pide follar con Laura, otras que se la chupe alguna de las que hay por ahí, pero para charlar la mejor es Sonia.
Se conocen desde hace seis años. Ella le transmite confianza y paz, y cuando habla con ella siente una tranquilidad que no puede ni siquiera describir. Y hoy, quiere hablar. Lo necesita.
—Pedro, ¿qué tal? —le dice la madame .
—Todo bien. ¿Está disponible Sonia?
—Dale diez minutos, está con un abuelo, pero ese solo quiere que le acaricien.
Sierra se espera en la sala. No es muy grande, imagina que hace años sería una enorme habitación, quizá de matrimonio. Hay una pequeña barra con una chica que sirve las bebidas, a la de hoy no la conoce, pero parece colombiana. Es bajita y con grandes pechos.
—¿Te sirvo algo, amor? —le pregunta ella.
—Un whisky, cariño, con hielo.
La colombiana se lo sirve y le acaricia sus partes por fuera del pantalón.
—¿Dos mil pesetas y te hago mamada rápida?
—Joder, aprovecháis cualquier oportunidad, eh —añade Pedro—. No, encanto, estoy esperando a Sonia.
Sonia tiene el cabello moreno, es alta, y tiene unas piernas que sería imposible que te las pudieras acabar en una sola noche.
Sus pechos son naturales, y eso es lo que más le gusta a Pedro.
Sus labios son carnosos y tiene unos dientes bien cuidados.
El culo es para admirar, Sierra se lo ha tocado muchas veces, y le encanta.
Sus ojos son verdosos, y tiene una mirada enigmática.
Es preciosa. Sonia entra por la puerta y el subinspector la contempla de arriba a abajo.
Viste con lencería de encaje de color rojo y tacones negros, nada más.
—Amor —salta ella al verlo—. Pasa.
Pedro la sigue hasta la habitación, la del fondo.
La llaman La consentida: es la más grande, una cama doble, un jacuzzi y ducha con un hidromasaje que, según dicen, lo han traído desde China.
Al entrar ella le pide que se desnude y se tumbe en la cama, según Sonia la mejor manera de charlar es estando como Dios nos trajo al mundo.
—¿Cómo estás, corazón? —le pregunta ella mientras acaricia su abdomen y su sexo.
—¿Puedo serte sincero? —salta él.
—Siempre.
—Necesito ayuda, Sonia. —Pedro se derrumba y se pone a llorar como si fuera un niño pequeño y ella lo abraza acurrucándolo contra su cuerpo.
—Bebé, ¿qué te ocurre?
—Tengo un problema con el alcohol, Sonia, y bastante grave.
—Tú siempre has bebido…
—Pero esto es diferente —la interrumpe—, una cosa es tomar una cerveza o una copa de vez en cuando, o incluso cada día, pero esto no solo es a diario, Sonia, es a todas las putas horas del día. Y creo que me está afectando al trabajo.
—Y a la salud, querido —le corrige ella—. ¿Por qué no lo dejas sin más?
—¿Crees que no lo he intentado? No es tan fácil. Lo necesito, es como que no puedo vivir sin beber… es una locura, lo sé…
—Escucha, Pedro, ¿tienes algún problema para estar así?
El subinspector Sierra se queda pensativo durante unos segundos.
Sabe que tiene muchos problemas, uno de ellos bastante jodido, pero no se los puede contar a nadie, tiene miedo de que si lo hace lo puedan llegar a juzgar.
Se siente aterrado y no puede evitarlo. Por eso, prefiere no decirle la verdad a Sonia, aunque su intención fuera charlar, no quiere decirle la verdad, por eso opta mejor por mentir.
—No, no tengo ningún problema —acaba diciendo—. Simplemente estoy muy enganchado.
—Yo soy puta, no psicóloga. Te voy a escuchar, te voy a mimar, hablaré contigo todo lo que necesites, te daré miles de abrazos, puedo follarte y chupártela, pero si esperas que yo te ayude a dejarlo creo que me será difícil, no quiero esa responsabilidad.
Sonia es tajante, ella puede ser muchas cosas, pero también es muy clara en todo lo que dice.
Si alguien viera desde fuera esta situación podría pensar que ella es injusta o que no actúa como debería hacer una amiga, pero la verdad es que no son amigos.
Pedro paga para que Sonia la escuche, ya está.
Pero para ayudar a alguien a dejar una adicción has de estar especializado en ello.
—Ya sé que no puedes ayudarme —añade él—. Pero como bien has dicho, puedes escucharme.
Los dos se besan, como muchas otras veces, pero no hay sexo, al igual que otras tantas.
Lo único que hacen es quedarse tumbados en la cama y abrazarse.
La charla continúa. Lloran y ríen, pero Pedro Sierra tiene una cosa clara, jamás le contará a nadie qué problema tiene, no puede ir explicando por ahí que alguien lo tiene amenazado de muerte, a él y a alguien muy cercano.
Sierra vivirá con ello, al menos el tiempo que le quede.