La Vasca: El Caso Hans CAPÍTULO 41
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CAPÍTULO 41

Beatriz Cortijo está sentada en la terraza de un bar.

A pesar del frío ha preferido quedarse fuera.

Durante todo el tiempo que ha estado en casa del abogado Rafael Pomares prácticamente no ha salido, y estar sentada ahí, tomándose una Coca Cola es para ella un lujo.

Ya ni recuerda cuánto tiempo ha estado allí.

De lo que sí se acuerda es de las veces que ha tenido que hacerle mamadas a ese hijo de puta, o la de veces que se ha tenido que poner a cuatro patas para que él la embistiera por detrás una y otra vez sin parar hasta correrse, y de muchas cosas más que prefiere ni acordarse.

Observa con temor el teléfono móvil que el chaval repeinado le ha entregado en la casa de Rafael.

Lo deja encima de la mesa de la terraza y lo mira con temor, como si fuera una bomba.

Y realmente lo es. No se sabe cuándo comenzará a sonar, pero tiene claro que un día lo hará.

Puede ser que la llamada entre en una hora, o quizá en cinco minutos, también podría ser que la llamen un mes después.

Da igual el tiempo, cuando suene, ha de responder.

Si no lo hace sabe que la buscarán y la matarán, y ellos encuentran a todo el mundo.

Porque tienen a gente en todas partes y siempre lo saben todo.

De mientras, dormirá donde pueda, comerá lo que pueda y hará lo que sea necesario para sobrevivir. No le queda otra.

El recuerdo más antiguo que tiene es el estar en un columpio, feliz y sonriente.

Un hombre la columpiaba, cree que era su padre, pero no está segura.

Después tiene otro bonito recuerdo: el de una comida familiar.

Unas diez personas alrededor de una mesa, comiendo, bebiendo y riendo.

Y una música de fondo, una mujer cantando una canción pegadiza.

No sabe cuál. Sonríe al recordar esos momentos.

Son buenos, no como los de ahora. También tiene otro recuerdo, el que más le hace sonreír.

Es uno con su madre, ella explicándole una anécdota muy graciosa, ella riendo sin parar mientras se come un helado de chocolate.

Ya está, Beatriz no tiene ningún recuerdo más.

Tampoco puede asegurar que Beatriz sea su verdadero nombre, eso no lo sabe. Quizá fuera otro, o quizás no.

Mientras se termina el refresco ve a la gente caminar.

Los observa con atención, podría decirse que incluso los admira porque está segura de que han tenido una mejor vida que ella.

Cuando un abuelo pasa por delante de la mesa con su nieta comienza a sonar el teléfono móvil.

Lo pensó, pero no imaginó que podrían llamar tan rápido.

El móvil vibra, por un segundo duda en responder, pero sabe que si no lo hace está muerta. Entonces, responde con temor.

—¿Diga?